El idioma retorcido de los pactos

La democracia genera unión y desunión, pactos que gustan o disgustan y debates encendidos con decisiones que toman Gobiernos y Parlamentos, que han de procurar, ante todo, que la gente viva cada día mejor. Creo que nadie, salvo los intransigentes, discuta este principio, con una salvedad: que los ciudadanos deben tener una información clara y concisa de lo que se pacta, con quién y a qué precio.

Cuando publiqué en el año 2008 el libro “Manual para comunicar bien”, un importante periódico tuvo la gentileza de entrevistarme al respecto del trabajo editorial que llevé a cabo, y muy atinadamente tituló la entrevista así: “Lo fácil es comunicar mucho para luego no decir nada”. Aquella obra sigue intacta respecto a determinados preceptos que conviene seguir para hablar, escribir y convencer, aunque resumiría de entre todas sus páginas otra idea: hay dos formas de comunicar, bien y mal.  

Viene a cuento la introducción al presente político español, donde los pactos suscritos se cuentan de manera absolutamente diferente en cada periódico, radio y televisión, algo que hace pensar que los acuerdos para alcanzar una investidura y conformar luego un Gobierno están precisamente redactados para que no se entiendan.

Culpar a los partidos firmantes de tan insuficiente trasparencia sería quedarme muy corto con lo que viene ocurriendo desde hace mucho tiempo respecto a cómo se cuentan las cosas, y los medios se limitan a reproducir el mensaje y, sin más, publicarlo. La retórica, que es el arte de hablar o escribir con corrección para convencer al público, es hoy muy pobre, como consecuencia de admitir ruedas de prensa sin preguntas, ofrecer alguien  declaraciones a medias, además de que el leguaje con el que se hace resulta incomprensible, pese a lo cual la queja social es muy tibia. En resumen, que las palabras se retuercen de tal manera que se convierten en enigmáticas a la hora de hablar del presente y futuro de España, de su unidad territorial, del problema de Cataluña y de lo que reciben como contraprestación unas comunidades y otras a cambio de sus votos, en momentos decisivos como los que vivimos.

“Los pactos suscritos se cuentan de manera diferente en cada periódico, algo que hace pensar que están redactados para que no se entiendan”

Me gustaría escribir con más información sobre la mesa bilateral a crear entre el Gobierno Central y el autonómico de Cataluña, para al final llevar a cabo una consulta, solo en aquella comunidad, sobre lo que se acuerde. En su día me resultó surrealista que el Govern catalán pidiera la figura de un relator para contar las cosas tal cual se decidieran, fruto de las conversaciones para un referéndum, una autodeterminación o una independencia, como se quiera llamar, que a fin de cuentas todo es lo mismo, y no hay por qué retorcer palabras que significan una misma cosa. Y, mira por dónde, ahora necesitaríamos de este relator para que se nos aclare a los españoles lo que realmente se ha acordado a cambio de la abstención de Esquerra Republicana de Catalunya, aunque en este país, tarde o temprano, todo se termina sabiendo.

Hasta que ese día llegue, se está angustiando en demasía a los ciudadanos con la trayectoria política actual. Se habla de igualdad, de bienestar y recursos, de hacer una sociedad más justa para todos y, entretanto, se acompaña de incertidumbre y desasosiego por decisiones, como Cataluña, que deberían contar con el más amplio consenso de todas las fuerzas políticas, ya que en definitiva esto es hablar en nombre del pueblo.

El lenguaje retorcido en torno a palabras y términos acuñados para pactar no hace sino incrementar una preocupación creciente, y se palpa en las conversaciones dentro de los autobuses urbanos, en los bares y cafeterías y en los centros de salud, escuchando discusiones entre pacientes, antes de que les llegue el turno de ver a su médico. La única mesa negociadora de España debería ser esta, junto al buen rumbo de la economía, tener un trabajo digno, sin incrementar las diferencias de unos y otros, algo que ha sido santo y seña durante muchos años, más conocida como la solidaridad interterritorial.  Nada de esto es negociable, y mucho me temo que el resultado de  tanto lenguaje retorcido va a dimensionar aún más un problema de por sí ya complejo, el catalán, que requiere ante todo de unión (el nacionalismo radical se alimenta sobre todo de la desunión), claridad y decisión, porque Puigdemont y compañía han vuelto a las andadas, que es recuperar protagonismo.  

“La única mesa negociadora en España es no incrementar las diferencias, algo que ha sido santo y seña durante años, la solidaridad interterritorial”

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