EL DESTINO QUE VIENE

Publicado el 12 de noviembre de 2010 en el Diario Montañés

Cuando empezaba a pensar en el mío, leí que cualquier destino, por largo y complicado que sea, consta en realidad de un solo momento: el momento en que la persona sabe para siempre quién es. Los trabajadores y los jóvenes en busca y captura de su primer empleo asistimos con cierto pasmo al anuncio de que llega un cambio de modelo productivo, en el que el concepto actual de energía (petróleo) y la construcción como motor de riqueza irán abandonando paulatinamente la escena de la economía que ha primado a lo largo de todo el siglo XX. La política y la economía siempre han sido una cosa, y el día a día de la calle, otra. Pisando el suelo de las urbes y de los pueblos, ni dios tiene claro que es todo esto del cambio de rumbo y mentalidad, cuando las necesidades básicas como un sueldo, la hipoteca para tener piso y la cesta de la compra, siguen siendo iguales que ayer.

Valga que las energías cambian; valga que las nuevas tecnologías y los chips van ganando terreno dentro de una industria limpia que quiere hacer las paces con el medio ambiente; o valga que las decisiones comunes entre Gobiernos quieran atar más en corto a los llamados mercados, que a punto han estado de hundir en la miseria a más de un Estado. Como lo anterior, entiendo que del primer fuego se paso a la madera como combustible, de la madera al carbón, del carbón al petróleo, y como pinta este nuevo siglo, estamos en las aspas eólicas y el coche eléctrico. Pero, ¿eso es todo en la búsqueda de afianzar con paso decidido una nueva economía productiva que traiga más empleo?

Como Bob Esponja en su ciudad submarina de Fondo Bikini, tengo la impresión de haber nacido en un lugar donde las cosas prácticamente funcionan solas, pero con arreglo a una lógica que, ciertamente, no es la mía, y me temo que tampoco la de otros tantos asombrados o incrédulos por la situación, que se niegan a esperar sentados la llegada de soluciones. Esta impresión no se refiere a Cantabria, ni siquiera a España, sino a un panorama internacional que ha vuelto a las andadas, es decir, que está haciendo lo mismo que siempre ha hecho. Lentamente vuelve la calma, aunque no pueden decir lo mismo los parados, las familias desahuciadas, los desclasificados sociales en aumento o quienes siguen esperando en casa de sus padres a que se les convoque a un trabajo y empiecen a andar esa vida para la que se les ha educado en escuela y de la que tanto han oído hablar antes a sus mayores, porque pasamos por lo mismo.

Cuando se habla, y poco, del horizonte de una nueva sociedad productiva, se esquivan las promesas iniciales formuladas cuando la crisis más golpeaba a todos, acerca de que hay que desactivar las malas conductas económicas que han puesto en la calle a millones de trabajadores, y que anulan de facto que los países en desarrollo puedan abandonar alguna vez la lista de los pobres. Ya no se oyen, o son más escasas, aquellas primeras voces que en el epicentro de la crisis debatían sobre una economía cansada, esquilmada por un capitalismo feroz, falto de ética, al frente del cual muchas multinacionales, bancos y ejecutivos se habían pasado de rosca con respecto a las reglas del juego para ganar dinero, con el consiguiente hundimiento y ahogo de no pocos ciudadanos, pequeños empresarios, y, especialmente, trabajadores de toda clase. Sin duda, todos ellos son los menos culpables del enredo en que estamos metidos, a la espera de recuperar el terreno perdido, incluso, mejorar si es posible, con esta nueva economía productiva que se postula.

Soy de los que opino que no ha de haber temor a los cambios, siempre y cuando sean reales y vayan por el camino adecuado de beneficiar a todos. Los modernos molinos de viento recogen energía, pero no son de por sí la panacea en la que todos alcancen su propio espacio de vida y supervivencia asegurada. Corremos el riesgo de quedarnos cortos si no se ahonda en crear nuevas reglas del juego, que han de ser precisamente el motor de esta nueva economía productiva hacia la que nos dirigimos. Puede que sea un ingenuo, pero con nuevas energías que sustituyen al petróleo sólo se da solución a una mínima parte del problema. Esta crisis pasará (ya no sé cuándo.), pero tengo más claro que los países deben trabajar conjuntamente para que la peste del desempleo no se extienda, y, a ser posible, la exterminemos. Para ello, los Estados no deben estar en manos de los mercados y de los mercaderes, sino los mercados y los mercaderes en manos de los Estados. Cuando alguien no controla su presente, difícilmente puede sopesar hacer algo con respecto a su futuro. Esta crisis mundial se palpa aún mucho; y tiene demasiadas cuestiones sin resolver, con el empleo a la cabeza de todas ellas. La batalla decisiva no es sólo una cuestión de sustituir construcción por molinos.

La normalidad y la confianza se ganarán de nuevo el día en que desaparezcan las malas prácticas en las altas finanzas, y la regulación sobre las formas de hacer dinero sea más seguras que un banco suizo. Ya que lo cito, no se ha vuelto a hablar de erradicar los paraísos fiscales y los miles de millones que esconden, alejados de tributar en sus países de origen. Lo recuerdo porque en todos los países acuciados por la crisis ocurre igual: hace falta dinero para cumplir los muchos compromisos que tiene un Estado hacia sus ciudadanos, recaudado mediante los impuestos. El dinero que se evade de esta responsabilidad común está ensuciado por los muchos resquicios legales que aún proporciona una economía mundial, señalada ya con el dedo para recordarla que el trabajo, la ética y la responsabilidad deben ser los pilares sobre los que se reconstruya esta nueva economía productiva que se nos anuncia venidera 

 

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