El derecho de vivir en paz

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Nuestra reacción interior al conocer un nuevo atentado terrorista es pensar en el derecho de todos a vivir en paz. Cómo lograrlo es ya otra canción. Se debería, pero no está en nuestras manos, poner fin a las viejas hostilidades, y acordar que las superpotencias abandonen sus ambiciones geográficas. Porque es un hecho probado que arruina la normal convivencia entre los pueblos, hasta desembocar en conflictos donde no paran de morir inocentes, como los niños y mayores que el 22 de mayo de 2017 asistían a un concierto en el estadio Manchester Arena.

El cantautor chileno Víctor Jara interpretó por vez primera “El derecho de vivir en paz” en 1971. Como cada año hay una guerra, la del 71 fue la indo-pakistaní. Hubo en cambio hitos sociales como que las mujeres pudieran votar en Suiza o que fuera declarado Año Internacional de la Lucha contra el Racismo. En negativo, cabe rememorar que el 3 de enero de 1971 murieron en Glasgow 66 personas al ceder una barandilla del estadio del Celtic. Nacidas en los 70, de aquella Generación X comprometida y preocupada por el mundo, son Alison Howem (45 años) y Lisa Lees (47). Ambas madres murieron en el atentado del Manchester Arena. Todo ocurrió tras un concierto para adolescentes al que asistieron hijos y padres, sin que se cumpliera para 22 personas muertas y 59 heridas el vaticinio que Víctor Jara expresa sobre que una canción es fuego de puro amor, cadena que hace triunfar el derecho a vivir en paz. El terrorista asesino, Salman Abedi, con 22 años, no pensaba así, y el muy miserable ha segado la vida de criaturas que tenían toda una vida por delante.

La guerra del 2017 se llama locos que quieren acabar con todo y con todos. Uno ya no sabe dónde puede encontrarse con la muerte. Lo mismo da una sala de fiestas, un campo de fútbol, un autobús que transporta deportistas o a la salida de un concierto en el que tras cantar y bailar te topas con la tragedia a manos de una bestia controlada supuestamente por la policía, aunque no ha servido de nada. Por traer, Donald Trump ha traído hasta la filtración por parte de sus servicios secretos de las fotos del atentado mandadas por la Policía de Manchester. Los malos se frotan las manos al comprobar la desunión que hay en torno a cómo ofrecer la mejor garantía de seguridad, especialmente con un trabajo conjunto de los servicios secretos de cada país afectado. Una cosa es lo que se dice y otra muy distinta lo que se ve y se percibe, que no es otra cosa que desorganización. En Estados Unidos, más con Trump, van a lo de ellos, Inglaterra quiere seguirles y la prueba es el Brexit, Francia es una incógnita y con Alemania no sabes por dónde te puede salir en un momento dado. Un país asediado por el terrorismo, ya nos pasó a nosotros con ETA, al final siente mucha soledad con cada nuevo atentado. Les está sucediendo igualmente a franceses e ingleses, y los anuncios de actuar conjuntamente de una vez por todas se quedan en eso, anuncios.

 “La guerra del 2017 se llama locos que quieren acabar con todo y con todos”

Desde la irrupción  en nuestras vidas de este oscuro panorama, no hemos visto un solo gesto diplomático trascendente que suponga sentar las bases de un nuevo orden mundial que acarree un renovado respeto de los unos hacia los otros. Las grandes potencias responden al terrorismo con más expansión militar y estratégica que finalmente no van a ninguna parte, porque no disipan el terror de las mochilas bomba en cualquier calle europea. En la película Impacto Profundo (Deep Impact), Norman Freeman interpreta muy bien el papel de presidente de los Estados Unidos, y hay una escena para recordar en los peores momentos, porque habla las opciones que tiene la humanidad. No podemos acostumbrarnos al terror que implica en si mismo pensar cuándo, cómo y dónde ocurrirá la próxima vez. La convivencia está rota y hay que reconstruirla a base de acuerdos internacionales en los que todos participen. De seguir así, el populismo más rancio continuará metiendo miedo en el cuerpo a todo bicho viviente y terminará por quedarse con el poder. Así que, para evitar el racismo, la xenofobia o las expulsiones, no podemos estar a la suerte de que cada nuevas elecciones no terminen por triunfar las ultraderechas de los Le Pen en Francia o los Wilders en Holanda. Vivir en paz es un derecho a garantizar por muy largo plazo, y ahora ese derecho tiene enemigos muy poderosos que quieren exterminarlo. El escenario es más de odio que de paz, y con cada nuevo atentado se repite la pregunta: ¿Por qué? Como esos derechos simbólicos que se recogen en las constituciones (el derecho a la vivienda o a un trabajo digno), y que uno mismo debe alcanzar, vivir en paz no ha sido fácil en ningún tiempo pasado. En esas seguimos en forma de bombardeos, guerras civiles como la de Siria, refugiados sin patria, y jóvenes que se auto inmolan matando indiscriminadamente dentro de una historia de nunca acabar que enfrenta a mundos diferentes dentro de un mismo mundo hecho para que todos lo habitemos con respeto mutuo, ¡qué drama!

  “De seguir así, el populismo más rancio seguirá metiendo miedo en el cuerpo y terminará por quedarse con el poder”

 

 

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