El derecho a la intimidad, en peligro

Cada vez se encuentran en los medios de comunicación más noticias que incumplen el derecho constitucional a la intimidad.  Al final, muchas ni siquiera son noticia. Bueno, sí, recogen algo que ha tenido eco en las redes sociales y WhatsApp, y por eso hay que publicarlas.

La transmisión de una idea, un sentimiento o una actitud por influencias diversas, ciertamente define lo que es el contagio y, con ello, muchas de las cosas que pasan ahora en el mundo global y, sobre manera, cercano en el que nos movemos. Contagiarse de sabiduría debería ser lo más, pero, como las monedas que tienen dos caras, imbuirse de necedad es lo  preponderante a la hora del contagio. Antaño, los libros ejercían una labor primordial en la educación, el conocimiento y la propagación de pensamientos que acarrean aprender y crecer en un ambiente de libertad. Daban también miedo, según la ideología profesada. Baste recordar la quema de libros en la Alemania nazi, que consistía en echar al fuego de forma pública los títulos de aquellos autores considerados como peligrosos.

El salto en el tiempo nos ha traído las redes sociales y el WhatsApp, junto a su perniciosa influencia, por desgracia, en los medios de comunicación serios, y lo que publican al cabo del día. Para ir al detalle, la comidilla se impone, el cotilleo gana terreno y, con ello, el derecho a la intimidad de las personas está en serio riesgo de alteración, tal y como lo hemos conocido hasta ahora, incluso siendo en España un derecho constitucional. ¿Dónde está el límite de lo que debemos conocer acerca de otras personas, y más ahora con el intercambio de información, con rapidez vertiginosa, que se lleva a cabo mediante todos los dispositivos móviles conectados a Internet?

  “¿Dónde está el límite de lo que debemos saber de otras personas, y más ahora con todos los dispositivos móviles conectados a Internet?”

¿Necesitamos saber la causa concreta, familiar, por la que Luis Enrique ha dejado finalmente de entrenar a la Selección Española de Fútbol?; ¿es necesario rebuscar en lo más íntimo de los famosos, en sus propias depresiones, para airear sus padecimientos?; ¿los políticos, en su actividad de servicio público, deben ser también auscultados en sus relaciones íntimas? Esta es la nueva realidad que vivimos y, como lector empedernido, hay muchas noticias que no entiendo porque, sencillamente, no lo son.

Efectivamente: me temo que los llamados medios serios se han contagiado también de esta enfermedad social que consiste en saberlo todo de los demás. Antes, en las Facultades de Periodismo se estudiaba el sensacionalismo y el amarillismo, y ahora también si hay algún tipo de ética en las redes sociales (que va a ser que no) y las fake news o noticias falsas, de las que estamos inundados porque salen de todas partes. Es un decir que Rusia sea también la mayor fábrica de mentiras del mundo transmitidas vía Red, ya que de esta moda de distorsionar, manipular o maquillar los hechos participan todos y, cuando digo todos, es todos.

Hasta ahora se ha esgrimido que el cambio de rumbo de los medios en torno a las noticias en general, venía impuesto por la nueva era de Internet, las redes sociales y la crisis económica, dura y larga. Ya no son excusas; ni mucho menos que en nombre de dudosas audiencias de tuits y retuits hagamos de la actualidad una especie de Sálvame del corazón. Hasta Donald Trump, con toda la sarta de simplezas que puede soltar al cabo del día por Twitter, tiene todo el derecho a su intimidad personal, y lo digo porque determinados medios norteamericanos, en su cruzada contra este presidente, sobrepasan las líneas rojas de lo que es éticamente pertinente o no.

Si los medios no lo son, los lectores deberíamos ser todo lo exigentes que fuera necesario para recibir información veraz y precisa, sin la alteración que supone conocer detalles que no vienen a cuento. Estamos en 2019, y hoy se cuestiona totalmente cómo se hacía en España la información de sucesos, especialmente en la televisión, hace 20 años. Se denuncian mentiras, manipulaciones, exageraciones, sobreactuaciones e incluso falta de profesionalidad por parte de periodistas que entonces gozaban de fama y popularidad,  que hoy es menos. Dentro de otros 20 años puede resurgir la misma pregunta sobre cómo lo hacemos ahora, en total compadreo con redes sociales y WhatsApp. Pero esto no es periodismo.

“De esta moda de distorsionar, manipular o maquillar los hechos participan todos y, cuando digo todos, es todos”

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