Donald Trump, los refugiados y la hipocresia

TRUMP, LOS REFUGIADOS Y LA HIPOCRESIA

El multimillonario norteamericano Donald Trump, a pesar de ser descendiente de inmigrantes, es el ejemplo más claro de que este mundo está dividido entre excluyentes e integradores. Huelga decir que los poderosos, porque tienen el poder y el dinero, porque imponen las reglas de convivencia, son los primeros, y el resto (que no son pocos), estamos tibiamente por un mejor equilibrio de lo que pasa a nuestro alrededor, especialmente en lo que es acabar con la pobreza allá donde campa a sus anchas.

 El republicano Trump, con millones en la cartera, con millones de seguidores y medios de comunicación que le hacen la ola, propugna echar de Estados Unidos a todos los inmigrantes, y levantar un muro gigantesco en la frontera con Méjico. Sí, lo he contado tan cual es. Un personaje así existe y tiene el altavoz potente que tiene, porque encuentra seguidores en cada rincón de su país. Le da también oxígeno una opinión pública internacional dividida, que tiene como peor escenario de pruebas a Europa, al comprobar que los compromisos de solidaridad a los que estamos dispuestos a llegar aquí con los inmigrantes son más de boquita que de otra cosa.

 Es evidente: estamos mareando la perdiz y regresando a aquellos viejos mensajes de que hay que crear riqueza y futuro en los lugares de los que huyen sus ciudadanos, cuando sabemos a ciencia cierta que esto ya se ha hecho y fracasó. Estamos igualmente en punto muerto, negando cuotas de inmigrantes para cada país europeo, sin ponerse de acuerdo los gobiernos, pasando los días y los meses, en un claro desprecio a la vida de los cientos de miles de seres humanos que se agolpan frente a las alambradas de Alemania, Hungría, Austria, Croacia, Ceuta o Melilla. No se llega a nada porque no se quiere abordar en absoluto el problema. Es una quimera ponerle una solución común, coordinada, y respaldada por los países que pueden, pero tampoco quieren. Donald Trump gana puntos dentro y fuera de su país, porque hay una gran hipocresía con los refugiados. Que se les ayude, pero que no vengan a nuestro país. Que tengan aquellos recursos de primera necesidad, pero que no tengan que proporcionárselos en la ciudad en que vivo.

El problema sólo hay hecho que empezar. Irá a más en la medida en que los conflictos, el hambre, la necesidad y el desempleo castiga más y más en los lugares de siempre. Casi al tiempo que escribo este artículo, leo la noticia de que en la India se suspende una oposición de escasamente cuatrocientas plazas para la que se presentan dos millones de personas. Así están las cosas, lo comentamos ya sin extrañezas, pero asistimos inmóviles a cómo cada día empeora la situación de los refugiados en las fronteras europeas, mientras nuestros gobiernos no mueven ficha y el mensaje de Trump se hace cada vez más fuerte. La hipocresía es un hecho que se reitera en la convivencia diaria y a través de los acontecimientos que se han sucedido en nuestra historia. Con los refugiados, hay mucha. El entrenador y su hijo a los que puso la zancadilla la mala reportera Petra Laszlo han llegado a España y han visitado un gran campo de fútbol, recibidos por su presidente que les ha enseñado las copas de Europa ganadas. ¿Y qué, esto es todo? Como mensaje de que es posible alcanzar la meta soñada está bien, pero no podemos olvidar la cifra de necesitados de una solución urgente, para lo que no es necesario el boato pero sí tomar ya decisiones. Las ciudades españolas están empujando para abrir sus puertas a todo este llanto y dolor, pero las cortapisas que se están poniendo desde tantos centros de poder son infranqueables. Pasa el tiempo y Donald Trump sigue su campaña hacia la Casa Blanca; los refugiados están tirados en suelo de nadie; y los integradores nos debatimos entre la rabia y el inmovilismo que a fin de cuentas bien se puede tornar igualmente en hipocresía

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