Docentes: ¡gracias a la educación basada en valores!

Cada nueva legislatura asoma la tentación de una nueva ley nacional de educación. No haría falta si apoyáramos como es debido a nuestros docentes. Porque son los que saben de la educación que vale, la de la cortesía, tolerancia, ética y valores. Precisamente, todo de lo que adolece hoy nuestra sociedad.

Nos quejamos cada vez más de que atravesamos tiempos extraños, pero no es culpa ni del Gobierno ni de los partidos que lo conforman. En España, casi desde tengo memoria, hay un problema que se llama educación. Hablo de la educación de base, esa que nos hace pensar, ser amables, coherentes, hablar menos y escuchar más, practicar la tolerancia y, por supuesto, vivir en base a una ética y a unos valores, a la cabeza de los cuales están la democracia, la igualdad, la justicia y la solidaridad. Esto último es fundamental y, hoy, en muchos campos y actividades, se han perdido las reglas que funcionan como GPS para ir por el buen camino y esquivar el malo, ese de la avaricia, la mentira, el sectarismo, incumplir la ley o ejercer la corrupción.

Aunque los profesores lo celebran como Dios manda, el Día del Docente debería tener mucha más repercusión social, porque estos hombres y mujeres que se dedican a enseñar tienen en sus manos una impresionante responsabilidad, que muchas veces se ve ninguneada porque los Gobiernos, el central y los autonómicos, no están a la altura en materia de poner por encima de todo lo demás (ideologías, adoctrinamientos o intereses diversos) a la educación.

Quienes enseñan te hablan, con toda razón, de recuperar el esfuerzo, el respeto, empezando hacia ellos mismos, y los valores, como me ocurrió a mí, sin ir más lejos, cuando de pequeño acudía al colegio. Hoy se agrade verbal y  físicamente al profesorado y el sistema no sabe o no quiere responder a semejante acto, tan deplorable, de faltar al respeto a un maestro. No quiero mezclar asuntos ni profesiones, pero en este país nuestro también se agrede con más frecuencia a médicos, enfermeras y demás trabajadores sanitarios, y todo son promesas de ponerse a ello y erradicarlo pero luego, si te he visto no me acuerdo. En España todo tiene que ser políticamente correcto, no vaya a ser que alguien se moleste. Así nos va: no hay seriedad.

“Se agrade verbal y físicamente al profesorado y el sistema no quiere responder a semejante acto deplorable de faltar al respeto a un maestro”

Otro asunto clave, fundamental, esencial, vital, es que sin el compromiso directo de las familias, poquito pueden hacer los profesores a la hora de inculcar en sus alumnos una forma de ser y de pensar que el día de mañana contribuya a hacer una mejor sociedad. Me parto de risa cuando ahora la moda publicitaria televisiva para vender refrescos o lácteos es que nos tenemos que llevar mejor entre nosotros. No sé si se hace por lo de Cataluña o por el estado de las relaciones políticas entre partidos, pero al diálogo, la comprensión y el entendimiento no se llega mediante un anuncio visual de unos minutos. Esto se mama desde pequeños, en la escuela y los institutos, pero, ante todo, en casa. Debo recalcar mil veces lo de la enseñanza en el hogar. Los padres no podemos aceptar, bajo ningún concepto, la intolerancia de nuestros hijos en la materia que sea, y por eso hay que explicárselo hasta que lo comprendan y asuman en su comportamiento. Se conoce como respeto a los demás. Evidentemente, de un padre o una madre intransigentes, podemos esperar un hijo semejante, aunque prefiero pensar que pudiendo haber miles de cuadriculados, son más los que hablan, escuchan y razonan.

Desde luego, ahora mismo, y no solo en España, la sociedad en general está enferma, porque tiene muy dejada de lado, sino abandonada, la ética. Esa ética que se define como pautas que dirigen o valoran el comportamiento humano dentro de una comunidad. O la moral, como el conjunto de normas que se consideran buenas para juzgar el proceder de los ciudadanos. Y los valores, como guías reforzadoras de la justicia, la libertad, la responsabilidad, la integridad, la lealtad o la honestidad. ¡Qué palabras, qué términos más maravillosos y trascendentales!  De manera muy importante, llegamos a su conocimiento por nuestros docentes en todo el mundo, salvo en aquellos países regidos por dictaduras, que suponen todo lo contrario al pensamiento y las actuaciones libres. Aunque, ¡mucho ojo!, porque cada vez estamos más acechados por los cesarismos que contagian la intolerancia y la falta de entendimiento. Que acarrea además arrinconar lo que realmente queremos los ciudadanos, que no es otra cosa que paz social, trabajo y prosperidad para los que vienen detrás. Estos que nos suceden son precisamente los escolares que forman nuestros profesores y profesoras. Deberíamos reconocer su trabajo a diario, pero no es así. Lejos de aplaudir y apoyar su labor, hay muchos momentos en que se sienten demasiado solos e incomprendidos. En la búsqueda del por qué, algo ha quedado dicho en este artículo, más lo que seguramente no he tenido en cuenta.

“Debo recalcar mil veces la enseñanza en el hogar. Los padres no podemos aceptar la intolerancia de nuestros hijos en la materia que sea”

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