Deseos envenenados para el año entrante

Ni los mejores adivinos saben lo que nos depara el futuro cercano. Para recoger, primero hay que sembrar. Esto no se hace hoy en España, ni tampoco en otros muchos países, inmersos en duras confrontaciones internas. Por lo tanto, hablar de economía, empleo y desarrollo, especialmente mirando a  los jóvenes, exige recuperar sosiego y diálogo, que desemboquen en acuerdos constructivos. Si no es así, las predicciones se quedarán solo en meros deseos.

Quien afirme que no le importa cómo le va a ir en el siguiente año, una de dos, o es un descreído, o miente. Despejar los acontecimientos que pueden venir en el futuro ha estado siempre en la agenda de Gobiernos, científicos, estudiosos, magnates, pitonisas y periodistas. De esta manera se inventaron los planes. Los hay a corto, medio y largo plazo. Cierto: también hay muchos que no se hacen, no existen, y por eso hemos entrado en el gigantesco agujero de crisis creado por el Covid-19, que no tenía protocolo gubernamental alguno, y, de ahí, estar  organizada la protección sanitaria y civil. Para no agradecerlo, como siempre ocurre en este país, los nervios disparados en marzo con la declaración de pandemia, y la gran subida de muertes y contagios en España, en medio de una gran desorganización, no empezaron a calmarse hasta que el Ejército se sumó a los sanitarios, tomando parte en la contención del virus en las calles.

A mí, los reconocimientos en España, principalmente a los sanitarios, pero también al resto de profesionales que han estado en primera línea, plantando cara al  coronavirus, me han dejado muy frio.  Lo bueno o malo que hagamos en el pasado, indudablemente, va a marcar el futuro. Basta revisar nuestra historia como pobladores de este bello planeta para confirmar lo que digo. Siempre hemos sido belicistas, colonizadores de lo ajeno, inconformistas, avaros y especialmente exagerados sobre lo que creemos que somos frente a todos los demás. Algo así como autoproclamarse los mejores del mundo mundial. Hasta que llegan acontecimientos como el aún investigable coronavirus (por qué se ha propagado), y nos damos cuenta, a base de tragedia, que somos una sociedad con pies de barro.

Puestos a elegir una palabra que resuma lo que nos espera en 2021, elijo incertidumbre. España empezará a recibir fondos de ayuda de la Unión Europea, previa presentación de proyectos concretos que se quieran llevar a cabo en cada comunidad autónoma. Lo elegido no es más que la reactivación de la inversión pública, tan falta de recursos económicos, para que nuevas infraestructuras sean visibles e inauguradas como es menester. Pero queda la gran duda de cómo le irá a las empresas, y a los trabajadores cuando concluyan los actuales ERTE en vigor, que pueden desembocar en un paro insostenible para nuestro país. Antes de la primera crisis económica del 2008, y esta nueva del coronavirus, que no se sabe cuándo acabará, la UE tenía pendiente hacer mejor los deberes sobre planes de empleo, con  fuerte inversión en ellos, para que la juventud tenga su futuro asegurado. Este es sin duda uno de los grandes retos a los que nos enfrentamos de manera inmediata, mejorar el trabajo y el sueldo de los profesionales noveles o si lo quieren más claro, terminar con las partes injustas de la Reforma Laboral española.

“Puestos a elegir una palabra que abarque lo que nos espera, elijo incertidumbre. Queda la duda de cómo le irá a empresas y trabajadores”

En esto debería centrarse especialmente España, aunque mucho me temo que la economía y el impulso de la sociedad no resultan prioritarios, a tenor de tantos y tantos debates estériles dentro de un país marcado sobre todo por la confrontación. Últimamente, no dejan de ser curiosos los anuncios publicitarios de grandes marcas, emitidos por televisión, donde, al hablar de su producto, critican abiertamente la falta de acuerdos políticos sobre aquellas cuestiones de Estado que son las más urgentes, y poniendo a los ciudadanos como prioridad de las decisiones y gestión de crisis tan seria y profunda.

No me consuela, pero el otro virus que sufre ahora España, el del surrealismo, se repite en otros puntos del mundo, se hable español, inglés o francés. Nadie sabe a ciencia cierta lo que nos va a deparar este irritante siglo XXI. Ha empezado por quebrar la economía. Ha seguido con la declaración de una pandemia. Y ha continuado con el deterioro de la sanidad general de los países, y quién sabe si se podrá reponer para seguir ofreciendo a los ciudadanos el estado del bienestar al que nos habíamos acostumbrado. ¿Puede haber un año peor a 2020? Pues, francamente, y con los antecedentes que cito, no lo sé. No es cuestión de mostrar optimismo sin datos concretos en que apoyarse, pero sí de hacer un llamamiento a todos los líderes y sociedades mundiales, de cara a sentar nuevas bases que establezcan por dónde debemos ir, en paz, concordia y acuerdo político. De no hacerse, los sobresaltos seguirán siendo la tónica en nuestras vidas, y no se nos puede olvidar lo bello que, de por sí, es vivir.

No dudo que tendrán que surgir nuevas corrientes que impulsen el modelo de concordia perdido,  a la hora de afrontar cualquier cuestión nacional o internacional. Lo cierto es que, hoy por hoy, los deseos de cara al futuro que nos espera están demasiado envenenados. Los ciudadanos somos muy dados a echar la culpa de todo lo que nos pasa a quienes ya saben, pero ¿qué hacemos nosotros?, ¿en qué nos implicamos?, ¿somos realmente lo reivindicativos que requieren los tiempos actuales y los que están por venir? Estas son algunas de las preguntas y las respuestas que interesa abordar, si queremos que el 2021, y más allá, sea mejor que este tétrico 2020.

  “Los ciudadanos somos muy dados a echar la culpa de todo lo que nos pasa a quienes ya saben, pero ¿qué hacemos?, ¿en qué nos implicamos?”

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