Desasosiego ciudadano frente al televisor y los disturbios

¿Son más débiles los resortes del Estado, frente a una app impulsora del desorden público, denominada Tsunami Democràtic? Ahí están para comparar las imágenes que muestran cada noche las televisiones de los disturbios en Barcelona. Muy enfadados, los ciudadanos nos preguntamos por qué tanta impunidad hacia los radicales, cuya protesta es ya una excusa para instalar la violencia permanente en las calles.

Son las 20,30 horas del viernes 18 de octubre de 2019 cuando inicio la redacción de este artículo. Estoy sentado en el sofá de mi casa, viendo la televisión y los disturbios que acontecen, un día más, en Cataluña, especialmente en Barcelona. Llevamos así desde el lunes 14, día en que el Tribunal Supremo hizo públicas las condenas de los líderes del “procés”, aunque el fin de semana anterior ya había sido filtrada la sentencia a los medios de comunicación más importantes.  

Antes de seguir adelante con el relato de cómo nos sentimos los ciudadanos españoles frente al televisor viendo los disturbios de Barcelona, déjenme que me pare un instante en el 1 de octubre de 2017, fecha en la que se celebró, pese a la prohibición oficial, el referéndum de independencia de Cataluña (ilegal a todas luces). Por aquel entonces, se nos sometió a un tremendo desasosiego, que puso de manifiesto dos conclusiones. Una es que los resortes del Estado no son lo potentes que creemos ante hechos de extrema gravedad, como puede ser la rebelión y desobediencia continuada de unas autoridades políticas autonómicas. Y la siguiente, más grave que la anterior si cabe, es que el Gobierno Central presente una gran debilidad ante el hecho de contar con unas Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado, que se muestran ineficaces, esencialmente por un complejo que proviene del franquismo, relativo a lo mal que queda en televisión que la policía cargue y disuelva a manifestantes, que pasan olímpicamente de la  legalidad, y generan todo tipo de altercados que tienen como denominador común la violencia. Pues bien, en esta semana trágica del 14 al 18 de octubre, a expensas de lo que suceda en un fin de semana que aún no puedo predecir pero que, a buen seguro, seguirá en la misma tónica de disturbios, vuelvo a sentir aquel mismo desasosiego del 1-O.

Les diré algo más: los independentistas van ganando la batalla de acongojar a los ciudadanos, por decirlo de la forma más elegante, porque también hay otros términos más precisos como mosquear, cabrear, asquear, irritar, frustrar, desencajar y, por supuesto, enfadar. No entendemos la parálisis oficial de permitir agresiones a Mossos y Policía Nacional, de levantar barricadas convertidas en peligrosas llamas, tirar piedras y cócteles molotov, y de destruir tanto mobiliario urbano de las ciudades catalanas que, tan crecidos ya como están, se permiten hacer los fuegos frente a los mismos portales y ventanas donde viven indefensos ciudadanos. Sí, esto va de radicales, principalmente anti sistema, y del resto de una población pacífica catalana, que no puede ejercer uno de sus derechos más esenciales, como el gozar de libertad y de protección cuando su seguridad se está poniendo en riesgo una noche tras otra.

“Los independentistas van ganando la batalla de acongojar a los ciudadanos y no entendemos la parálisis oficial de permitir agresiones”

Abordar esta crisis con calma, mente fría y llamamientos a la sensatez está bien, pero debe tener un periodo de caducidad, porque de lo contrario pasa lo de ahora, que los ciudadanos encendemos cada día la televisión y el programa estrella son los disturbios de Barcelona (sobre la ética de los medios y determinados reporteros hablaré en otra ocasión). Esto no es bueno de ninguna de las maneras, ni para Cataluña, España y me atrevería decir Europa, donde no encontramos la comprensión de todos los países por igual, como nos sucede con Bélgica y su insolidaridad al dar asilo permanente al instigador Puigdemont. La Unión es ahora desunión, pero España está inmersa al tiempo en una gran debilidad institucional representada en elecciones constantes,  ausencia de un Gobierno de la Nación, con un Congreso de los Diputados y Senado cerrados y sin presupuestos. Es la tormenta perfecta que se enfrenta tan debilitada al Tsunami Democràtic, dirigido desde una simple app que moviliza con gran precisión todas y cada una de las protestas tan agresivas de los independentistas, que buscan desestabilizar a toda España.

Ante la inminencia de las elecciones generales del 10 de noviembre es difícil de prever si los españoles vamos a ver por televisión más conexiones en directo de las protestas en Barcelona, que mítines de los principales líderes políticos y sus partidos. Pero es lo que está en juego: la democracia en sí misma. En Cataluña, ahora, no se cumple. Para su Govern no existe la Constitución, ni las leyes, porque son españolas. ¿Vamos a dejar que esto siga así y crezca hasta que ya sea imposible pararlo? El Gobierno tiene la palabra y los medios para atajarlo. Otra cosa es que quiera hacerlo.

“España está inmersa ahora en una gran debilidad institucional. Es la tormenta perfecta que se enfrenta tan debilitada al Tsunami Democràtic”

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