CUANDO PEDIR PERDÓN YA NO VALE

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Perdón se pide a alguien por pisarle o chocarte sin querer. Tras una vida de equivocaciones, el perdón se busca casi siempre al final, en el lecho de la cama, cuando le dices a alguien muy directo que en la otra vida lo harás mejor, y que él o ella no cometa jamás los mismos errores. Perdón es una palabra universal, y la más repetida por cualquier religión que se practique: “perdonar al prójimo”, “poner la otra mejilla”. Es el destino: alguien malo, siempre se aprovecha de alguien bueno, incluso para retorcer el perdón a su conveniencia, lograrlo, y retomar el comportamiento bastardo que aplasta y trata mal a los demás. Hace una veintena de años, sacar en España un perdón a un político o empresario corrupto era imposible. Hoy es otro cantar, porque no dejan de pronunciarlo (creo que sin sentirlo de verdad) corruptos, empresarios chorizos, blanqueadores de dinero, mafiosos, ladrones con su dinero a buen recaudo en paraísos fiscales, folclóricas que andaban con bolsas de dinero público o toreros piripis que embisten con el coche a un ciudadano, lo matan, y luego la justicia se ceba más con el pobre de la gallina robada para comer, que con el rico estafador y huido que deja en la calle a doscientos trabajadores.

El perdón tiene que llevar una cara y una voz sinceras. A muchos de estos que aparecen en la relación no les hago corazón, sentimientos profundos, aunque la indigna televisión les rehabilite contantemente con programas que son una auténtica basura. El perdón se reserva para los que lo merecen, y ni siquiera un gobierno, con indultos que representan un insulto en toda regla a la sociedad, sabe en ocasiones distinguir entre el bien o el mal. España es un país de amigos, de chanchullos, de chiringuitos financieros, y de pagar justos por pecadores en demasiadas ocasiones. La juventud es sabedora de todos estos agujeros mugrientos, y es la que más debe tirar para adelante por un cambio real hacia lo ético, lo honrado y lo justo. Una vida sin valores es una auténtica porquería. Cuando no los hay, las depresiones se agudizan, sean económicas, sociales, culturales o personales. Y eso que hay algo infranqueable que al final pone a todos en su sitio: la muerte. Irte de este mundo como un cerdo a hacerlo como un hombre o una mujer que siempre que pudo hizo el bien, es lo mejor de esta existencia. A los buenos se les puede perdonar cualquier desliz, porque además son los primeros en dar un paso hacia adelante, sin vacilar, para reconocerlo. Para los sucios, ladrones, avaros, estafadores y demás sinvergüenzas, cuya petición de perdón suele ser fruto de un asesoramiento pervertido (y no devuelven todo el dinero robado), no lo deben tener.

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