Crisis sin calefacción

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Una crisis económica jamás será un recuerdo pasajero porque deja demasiados damnificados y pobreza a su paso. Tener trabajo y con ello seguridad cotidiana son aspiraciones esenciales, porque en ello te va pagar las facturas del agua, la luz y el gas de la calefacción. De lo contrario, te cortan el suministro sin contemplaciones, a sabiendas de que en esta crisis ha habido demasiados excesos, incluido el mayor enriquecimiento de las compañías que suministran los denominados recursos energéticos básicos, evitando así morir por el incendio de una vela como la anciana de 81 años de Reus a la que se privó de electricidad.

Al escribir su libro ¡Acabar ya con esta crisis!, el economista Paul Robin Krugman (Albany, 28 de febrero de 1953) se muestra rotundo: “La crisis que estamos atravesando es fundamentalmente gratuita: no hace falta que suframos tanto ni destruir la vida de tanta gente”. Coincido plenamente con el Nobel de Economía de 2008, y también cuando dice esto otro de que “para meternos en esta depresión han hecho falta décadas de malas ideas y políticas”.

Mientras hemos asistido durante años a recortes, ajustes y despidos masivos, Krugman predicaba en el desierto cuando repetía sin cesar que para combatir esta tremenda crisis había que iniciar proyectos como inversiones en carreteras o mejoras en los ferrocarriles, pero sobre todo aumentar las partidas de gasto social destinadas a las clases más necesitadas. No se siguieron ni éste ni otros buenos consejos, y al drama del paro en muchas familias se sumaron la subida de impuestos, de los alimentos, la gasolina, los medicamentos y, por supuesto, las energías básicas como la electricidad y el gas. Con una de las graves crisis económicas más feroces que se recuerdan, las multinacionales energéticas han cerrado balances anuales de beneficios que han marcado más distancias entre ricos y pobres, ganadores y perdedores dentro de una recesión que no ha acabado porque, entre otras cosas, ha creado una nueva y deprimida clase social sumida en la pobreza energética, concepto que se explica básicamente en que hay millones de personas vulnerables que no pueden pagarse la luz, el agua y la calefacción.

El frío puede tener diferentes orígenes y definiciones, según se trate de tener una vida de mierda, a lo que se puede sumar tiritar ante las bajas temperaturas del invierno, sensación corporal que no puedes contrarrestar al calor de una calefacción que está permanentemente apagada ante lo prohibitivo que es para tantas familias la factura eléctrica que no ha sido nada solidaria en toda esta crisis económica.

 “La factura eléctrica no ha sido nada solidaria en toda esta crisis económica”.

La anciana de 81 años muerta en Reus, a quien se le había cortado la luz por impago, y cuya vivienda se incendió a causa de una vela, formaba parte de esta lista excluyente que conforman quienes no pueden pagar la cara energía española. Ya sabemos cómo es este país ante un suceso de estas características. Unos días de eco en la televisión, unas cuantas entrevistas y declaraciones bien intencionadas, promesas vagas de revisar otros casos, pero la noche es noche durante las veinticuatro horas en la vida de muchas familias que no tienen luz en sus casas. En esos pisos viven con sus padres muchos niños sin derecho a hacer unos simples deberes con la luz artificial que produce una bombilla. El profesor Krugman habla de la destrucción de las vidas de tantas personas, porque esta gravísima crisis económica se ha dejado en gran media en manos de onegés que son las que de verdad han arrimado el hombro para ayudar a comer y pagar sus facturas a miles y miles de ciudadanos. Lo siguen haciendo aún, aunque desde los gobiernos se entone tenuemente el mea culpa mientras se aumenta el presupuesto para ayudas sociales.

Se vuelve al concepto de que lo primero es la persona, que tanto se abandonó en la crisis. En la Unión Europea todo era recortar (ahora se inicia un cambio de rumbo), mientras desde el Banco Mundial y el Europeo todo era apretar las tuercas a las maltrechas economías nacionales. Será difícil de olvidar lo mal que lo han pasado los ciudadanos más desfavorecidos de Grecia, España o Portugal. Incluso para esto Europa tiene velocidades, aunque no le ha salido gratis porque mucho del descrédito y desconfianza que ahora hay hacia la Comisión Europea viene por el abuso y permitir que unos países vivieran la abundancia y otros la pobreza. Si de verdad Europa y sus señas de identidad están vivas, lo primero que habría que sepultar son estas dos palabras de pobreza energética.

 “Hay muchos niños sin derecho a hacer unos simples deberes con la luz artificial que produce una bombilla”

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