Convicciones acerca de la felicidad

Pedimos tantas cosas a la vida, que nos olvidamos que la felicidad forma parte más de nuestro interior que de todo lo que depara el exterior.  Más bien, lo he aprendido de lo que dejan escrito los filósofos, pero también de hombres y mujeres coherentes, que no abundan en esta sociedad actual en la que la política, a la que no culpo en exclusiva, protagoniza y confronta casi todo.

De Sócrates a Kant hay un gran salto en el tiempo filosófico, máxime cuando se habla de felicidad. El griego decía que el secreto de la felicidad no se encuentra en la búsqueda de más, sino en el desarrollo de la capacidad para disfrutar de menos. Por su parte, el prusiano defendía que la felicidad, más que un deseo, alegría o elección, es un deber. Son por conclusiones como estas que nacen tan pocos filósofos, y los que hay, por mucho que se rebatan entre ellos, deberíamos cuidarlos como el agua de un oasis en medio del desierto.

Un personaje de nuestro tiempo que me agrada escuchar es José Múgica. Fue ex presidente de Uruguay. Muchos mandatarios en activo deberían enmarcar en sus despachos una de sus opiniones más esenciales: “La política es la lucha por la felicidad de todos”. Viene muy a propósito ahora que en España se constituyen Gobiernos autonómicos y municipales, a la espera del nacional. Siempre he pensado que para las auténticas preocupaciones de los ciudadanos, como el empleo, el paro, las pensiones, la educación o la sanidad, el mejor antídoto es hablarlo y solucionarlo, aunque, al respecto y sin salir de España, iniciamos una nueva andadura llena de obstáculos, zancadillas y, por lo tanto, incertidumbres. En una de las muchas reflexiones de Winston Churchill llegó a la conclusión de que el político debe ser capaz de predecir lo que va a pasar mañana, el mes próximo y el año que viene, y de explicar después por qué no ha ocurrido”. Qué falta haría hoy a sus compatriotas ingleses y no ingleses, desunidos y desorientados, sin saber lo que tienen por delante de bueno, malo o ir a peor.

“Nacen tan pocos filósofos, que deberíamos cuidarlos como el agua de un oasis en medio del desierto”

Hemos limitado tanto la felicidad a lo material (primero fue el dinero y ahora es lo tecnológico), que raramente la contemplamos cuando nos da por enumerar mentalmente los deseos que nos gustaría alcanzar en la vida. Se aprecia mucho más en los jóvenes y lo que tienen pensado hacer. Pocos se plantean, de entrada, ser felices. Claro que tendrás que hacer cosas para ganarte la vida y cumplir con esos planes que nos proponemos, pero hacemos un drama con todo lo que afrontamos al cabo del día, dejando muy de lado la simple felicidad que nos proporciona vivir, tan solo  vivir.

Otra muestra de nuestra desubicación la encontramos en lo que cuatro listos (que son los que realmente amasan dinero) denominan como nuevas ocupaciones. Tener miles de seguidores en Instagram para decirles lo que han de comprar, cómo vestir, la colonia a utilizar y los restaurantes a los que acudir, porque todo ello te hace más guay. Los filósofos contemporáneos, a quien tan poco o nada leemos, tratan de que nos conozcamos mejor y, de ahí, hacerlo bien en lo que son los grandes laberintos de la humanidad que siempre nos han acompañado, a lo que se suman nuevos retos muy preocupantes. La soledad es uno de ellos, la indiferencia, otro, pero no son menos inquietantes la depresión, la ansiedad y los miedos. Se dan mucho en las nuevas generaciones, y no encuentran las suficientes referencias, especialmente en los comportamientos, para darle la vuelta a cada uno de estos padecimientos. La educación actual tiene sus materias fijas, pero entre ellas no está la de aprender a ser, saber vivir y procurarse felicidad con lo que tienes y lo que haces. Por si fuera poco, las tecnologías conocidas no han venido precisamente para ayudar. Nos aíslan más, y nada aportan en ese camino hacia la felicidad que, como dijo Sócrates, es un deber que deberíamos exigir y autoimponernos con una decisión tal que sustituyera de forma radical al conformismo con que nos planteamos, ahora, casi todo.

“A los grandes males que siempre que nos han acompañado se suman la soledad, la indiferencia, la depresión, la ansiedad y los miedos”

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