Como carne, ¿pasa algo?

Tom Fiedmann

Más aficionado como soy a verduras, ensaladas y chicharro al horno con patata panadera, esta semana he hecho la excepción de comer toda una parrillada de carnes, morcilla y chorizo incluido, y llevar así la contraria a la Organización Mundial de la Salud (OMS). Pinta a que se ha puesto la venda antes de la herida, al declarar el alto riesgo cancerígeno de consumir salchichas, hamburguesas, mortadela o salchichón, como ejemplo que pongo de embutidos. Esto es como asegurar que, dentro de cien años, todos seremos calvos. Han llegado a la conclusión ellos solitos.

¿Por qué hace sonar, precisamente ahora, la OMS semejante alarma social? ¡Paso palabra! Vaya usted a saber el por qué de asegurarnos que el filete puede llegar a ser tan malo como el tabaco, el alcohol, las drogas y hasta la radioactividad. Además lo dicen mientras son los Estados quienes más se benefician vía impuestos de la fabricación de los productos chungos para la salud (los cigarrillos). El sexo y el juego, por ahora, lo han dejado fuera de la larga lista de costumbres perniciosas elaborada por estos sesudos de la ONU.  Resumo: no me creo nada, y menos con unas Navidades a las puertas que incluyen nuestras simpatías culinarias por los solomillos, el entrecot, el chuletón o el lechazo, que tampoco se salva de la quema. Si picamos y les hacemos el juego, mañana serán las castañas las que produzcan cáncer.

Lo que hace la Organización Mundial de la Salud no es presentable. Es  vergonzoso que no paren de anunciar (especialmente usando la televisión) que el cáncer es una enfermedad casi curada, y no frene la mortandad de gente y más gente por este motivo. Hay noticias falsas que producen más enfermedad que la salchicha envasada al vacio. Si quieren que les tomemos en serio, la OMC debe velar especialmente porque los alimentos de siempre conserven su sabor, porque queda prohibido manipularlos en laboratorios. No hay guapo que coma hoy un tomate en condiciones; la carne no sabe a nada, y los pescados de piscifactoría están mejor en la gran bañera donde se crían que en el estómago de uno. Esto es lo que produce enfermedad con sólo pensarlo, sin olvidar los altos precios de los alimentos, hecho que no respeta si quiera la época de vacas flacas en la que vivimos desde hace siete largos años de crisis.

Esta organización que dice llamarse de la salud, lo que debe realmente hacer es trabajar por evitar casos como los del aceite de colza, las vacas locas o la gripe aviar. La alimentación mundial lleva años a cuestas con estos problemas, como para que ahora salgan diciendo que las carnes procesadas son cancerígenas. El mejor chorizo y el mejor jamón, tampoco se libran, ¡qué casualidad! En la moderación de alimentarse con un poco de todo está el término medio. Debemos asumir una dieta equilibrada, que contenga un poco de esto y de lo otro. No hace falta exagerar con la carne, sea del tipo que sea. La Organización Mundial de la Salud, dependiente de la ONU, que para poco vale ya, debería prodigarse en educar para comer mejor y lo más saludable. Tiene que exigir a los países ricos que propicien una alimentación básica en los países más pobres de la tierra, lugares en los que no han visto una salchicha en su vida. ¿Dónde se han quedado los Objetivos del Milenio? Y deberían demostrar independencia en cada una de sus informes, evitando las suspicacias que ahora hay por los anuncios que hacen y cómo los hacen. Cuando se salvaguardan publicitariamente unos alimentos sobre otros, los mosqueos son normales porque cuesta creer que no existan manipulaciones informativas propiciadas por intereses comerciales concretos. Más claro, el agua. Seguiré comiendo carne, cuando me apetezca.

 

 

 

 

 

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