Combatir el asco presente

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Trump, por parte de Estados Unidos, May, Inglaterra y Le Pen, a la espera en Francia, conforman la política de muros y beligerancia que si bien crea rechazo, no está teniendo la respuesta adecuada. Bajo la excusa de que son los pueblos los que votan a sus líderes, algo que no deja de ser cierto, aumenta el temor a las ideas de ultraderecha que se identifican sin ambages con el racismo y la xenofobia. Ante semejante panorama, se demandan respuestas que devuelvan la confianza de los ciudadanos hacia lo más conveniente para todos, y podamos alejarnos así del asco que producen mensajes y mensajeros, cuyo lenguaje recuerda a lo ya vivido por el mundo antes y durante la Segunda Guerra Mundial.

 

 Ziglar, un orador motivacional estadounidense (tendría que vivir para asesorar mejor a Donald Trump) decía que el carácter nos saca de la cama, el compromiso nos mueve a la acción y la disciplina nos permite continuar. Las noticias actuales, los vaivenes del mundo, producen mucho asco pero también desazón. Hasta Gorbachov, que llevó la antigua Unión Soviética a la actual Rusia, dice que se habla un lenguaje bélico. Me resisto a pensar que sea así, aunque no dejo de reconocer que hay cuestiones más que preocupantes como el regreso a unas ideas totalitarias y fascistas, que sonrojaron tanto a Europa en un pasado no tan lejano, visible de ver en los campos de concentración y exterminio que aún hay levantados para que nunca más vuelva a suceder algo semejante. ¿Cómo y por qué hemos llegado a la situación presente? Puede haber más motivos de los que voy a esgrimir, pero yo destacaría tres principalmente: la corrupción generalizada, el inmovilismo de los gobiernos en asuntos políticos y sociales vitales, y el desequilibrio creciente entre ricos y pobres, que ha hecho avanzar aún más a los primeros frente a los segundos.

Llegamos de esta manera a un escenario político muy preocupante, integrado principalmente por formaciones de ultraderecha que esperan dar el salto en próximas elecciones a la primera línea de llegar a mandar en importantes países europeos. Este es el caso del Frente Nacional en Francia, alimentado por el temor al terrorismo yihadista y apostado en la expulsión de inmigrantes, más si son de origen musulmán, y el rechazo frontal a los refugiados aparcados literalmente en Turquía. Son postulados que se repiten en los grupos de ultraderecha existentes en toda la Unión Europea, con un mensaje que cala y se propaga. Con la posibilidad de que sean más los gobiernos europeos que sigan los pasos de Inglaterra y se marchen del Mercado Único actual, resulta inexplicable el inmovilismo de las principales instituciones europeas como son la Comisión y el Parlamento Europeo, que no hacen nada realmente perceptible para frenar esta ola antidemocrática que amenaza con la ruptura de lo que son hoy los principales derechos y libertades de los ciudadanos.

 “Hemos llegado al hoy por la corrupción,  el inmovilismo de los gobiernos y el desequilibrio creciente entre ricos y pobres”

El Brexit se ha quedado en una excusa para ver posteriormente a un gobierno británico que radicaliza sus posturas de acceso al trabajo y la ciudadanía en su territorio, y que de inmediato ha regresado a la vieja fórmula del imperio vinculado únicamente a su socio y amigo norteamericano. Por eso no resulta extraño que el primer gesto diplomático del nuevo presidente de Estados Unidos, Donald Trump, sea despreciar a su vecino México y, en cambio, poner la alfombra roja a Theresa May, primera ministra del Reino Unido. Los imperios quieren regresar y poner todo patas arriba: la Unión Europea, los tratados políticos internacionales y también comerciales, la ONU, la OTAN, y esgrimen como solución a los problemas migratorios la construcción de nuevos muros, que también nos retrotraen al Muro de Berlín y a las divisiones de pueblos y familias con vínculos territoriales e incluso culturales y lingüísticos. La jugada se llama mandar por encima de todo y de todos, pero no puede ser. En la reacción a semejante y oscuro contexto, España no esta ni se la espera. Antes de que sea demasiado tarde, las naciones y sus ciudadanos con mayor tradición democrática debemos reaccionar frente a los peligros que se nos presentan, ante los que solo hablamos, especulamos, pero sin hacer nada más.

Nuestra forma de vivir en libertad y concordia exige un nuevo compromiso con la democracia y la solidaridad entre las naciones. Por supuesto que siempre será mejor solución que cerrarse a un proteccionismo económico, levantar un muro entre México y Estados Unidos, y que estos rancios postulados se propaguen como la espuma en los actuales y paralizados países y gobiernos europeos. Ver y esperar no resulta una fórmula de reacción apropiada. Puede que la confrontación diplomática vaya a ser a partir de ahora el pan nuestro de cada día. Pero Europa debe dar una vez más ejemplo, un gran ejemplo. Y sin demagogias ni populismo barato, como hace Trump, May o Marine Le Pen, hay que recuperar con hechos la confianza y acabar con el divorcio existente entre instituciones, gobiernos y ciudadanos. El pueblo tiene que percibir que el poder se distribuye bien, especialmente con justicia y con medidas que benefician a las mayorías frente a las minorías que más tienen y acaparan. Solo así viviremos sin mayores sobresaltos, que quieren identificarse como destructores de lo construido socialmente hasta ahora para levantar lo que denominan un nuevo orden, que no  es, ni mas ni menos, que la vuelta de las ideologías totalitarias que llevaron al mundo a los mayores desastres de su historia.

 

 “Hay que recuperar con hechos la confianza y acabar con el divorcio existente entre instituciones, gobiernos y ciudadanos”

 

 

 

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