Coger el tren de la vida

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Conviene no jugar con las frases hechas para decir que nos va a ir bien. La realidad es tozuda y se vive día a día. Por ejemplo: cuando tiramos del deseo de un tren imaginario con destino al futuro, no debemos olvidar que en sus vagones van jóvenes que quieren un mejor país, más dialogante, con más oportunidades y menos paro, y de paso más justo con las facturas de lo básico, que muchos no pueden pagar porque suerte tienen de llegar a fin de mes.

 Tarde o temprano, llegamos a la conclusión de que la vida pasa en un pis pas. Nos educan con frases grandilocuentes como esta de que “el tren pasa sólo una vez” o esta otra de que “hay que saber aprovechar las oportunidades que se nos presentan”. Más tarde, resulta que bastante tienes con saber distinguir que una cosa es el tren de vida que te puedas o no permitir, y otra bien distinta que puedas coger un tren que te lleve a tener buen trabajo con sueldo digno. Nos frena demasiado un diálogo de sordos permanente, que se puede resumir en que, con todo, se generan más expectativas de las que realmente hay, unido a la falta de buen rollito entre nuestros dirigentes, pequeña gran cuestión esta última que choca frontalmente con el desarrollo, el progreso general, y las oportunidades individuales.

Por el contrario, España se ha convertido en un país caro y sufrido, con mucho paro, con malos sueldos, con las facturas del agua, la luz y la calefacción por las nubes, y con un empresariado que dice estar a la expectativa. El titulo de este artículo y una expectativa, en realidad, quieren decir la misma cosa: esperanza o posibilidad de conseguir un reto personal o colectivo. Hace tiempo que ya no se habla del milagro económico, algo que empieza en cada casa y cómo le va a sus ocupantes. El desahucio perturba, al igual que las posibilidades de nuestros jóvenes de hacerse un hueco en el mercado laboral. Ellos, la juventud, dan más de sí de lo que puede su propio país. Ahora estamos sin gobierno, pero hay que seguir pagando la hipoteca, sacar la cartera en la caja del super, y hacer los mileuristas el pino con las orejas para llegar a fin de mes.

                                                 Tenemos un empresariado

                                               que dice estar a la expectativa

Cuando se habla de confianza y serenidad en el ambiente político, social y económico, hay que diferenciar muy bien entre las multinacionales del IBEX y el vecino del quinto  que habita en cincuenta metros cuadrados a las afueras de una gran ciudad. Vive bien el que dispone, pero estar a la espera de un tren, cogerlo o perderlo, es otro dicho de calle que forma parte de los buenos propósitos. La primera lección en educación infantil debería ser que los niños pinten un tren. Del resultado de sus láminas, la buena explicación de sus maestros les enseñaría que si el tren echa humo es buena señal; si lleva pasajeros, tres cuartos de lo mismo; y si discurre por bonitos parajes significa también la prosperidad de los pueblos por los que circula el convoy. Ya me gustaría, ya, decirles que este es el panorama que pinta ahora, pero una cosa es ser optimista y otra bien diferente un gilipuertas. No sé muy bien en qué momento de nuestra historia estamos. Antes también se decía que ocupamos el vagón de cola de tal o cual causa. Hoy tampoco se ponen al principio de la lista los problemas que de verdad preocupan a la gente. La televisión saca más minutos a Otegui que enviar reporteros para ver el estado diario de las colas en las oficinas de empleo. Supone coger atajos para no tener que dar la cara frente a las cuestiones que más angustian a los españoles, según el CIS. Y ahí es cuando regresan las grandes pero vacías frases: “Este es un gran país”; “lo mejor de este país son sus ciudadanos”; “la juventud de hoy es el mañana de España”; “hay que creer en nuestras posibilidades y coger el tren de las oportunidades”. Nuevamente, volvió a aparecer el tren, del que no se come, porque, en concreto este, nos lleva a la nada.

                                                          Vamos a dejarnos ya de frases

                                                           bonitas que no dan de comer

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