Coronavirus, periodismo y desinformación

La forma en que el Gobierno informa sobre el coronavirus crea controversia. Vale aquello atribuido a Francis Bacon de que la información es poder, y que a la vez sirva para mantenerse en el mismo. Pero es que la relevancia de la noticia son los miles de muertos, cuyos familiares piden explicaciones y respuestas. Centrarte más en lo  sanitario y solidario, entrando así en los telediarios, da sensación de desinformación. Los portavoces de la comunicación deberían medir ya el hastío de los espectadores, y los medios, sobre todo las televisiones, meditar sobre la factura que les pasará en adelante su manera de informar.

Muchos de los wasaps que recibo al cabo del día durante este largo confinamiento provocado por el coronavirus proceden de periodistas. En general, les noto asombrados con la manera en que se informa de la pandemia, en especial las televisiones.Detecto igualmente reivindicación de uso de reglas básicas a la hora de contar la actualidad, que están perfectamente recogidas en el código ético de la profesión, que encabeza, como no podía ser de otra manera, la búsqueda en cada noticia de la verdad. Una veracidad que está ahora comprometida por los emisores y fuentes oficiales de la información, por los criterios que aplican los medios y sus propietarios, pero también por Internet, redes sociales, fake news o, directamente,los bulos, que se cuelan en cascada enviados desde los móviles.

El Nuevo Periodismo siempre lo han capitalizado nombres como Tom Wolfe o Gay Talesse (EE.UU). Los españoles, poco o nada sabemos de la vida y obra de un insigne periodista de esta misma corriente, como fue Manuel Chaves Nogales (1897-1944). Le saco a la palestra porque no solo le tocó vivir como periodista la peor época posible para España: la Guerra Civil y posterior Dictadura. Es que sus  admiradores, entre los que me encuentro, hablan de un periodista demócrata antes de cualquier otra consideración política, y “enemigo por tanto de los extremismos de izquierdas y derechas”. Por encima de todo, era  partidario del diálogo. ¿Les suena lo que recuerdo de la personalidad de Chaves Nogales? Claro, lo revivimos hoy.

Ante el coronavirus o Covid-19 de este 2020, nadie estaba ni está preparado. Evidentemente, miro más a los Gobiernos. Lo que están haciendo  desde Pedro Sánchez, a Emmanuel Macron, y no digamos Boris Jhonson, que lo padece en una UCI, o Donald Trump, el imprudente, pero que ahora ve horrorizado, como el resto del mundo, la fosa común abierta en un parque neoyorquino de la Isla de Hurt. Allí se entierran, dicen que temporalmente, cadáveres de personas que nadie reclama. En los digitales españoles encuentras de manera profusa fotos y datos sobre esta noticia, en si misma horrible, y la realidad informativa del terror que estamos viviendo. Lo que sucede es que aquí no hablamos, no abordamos los más de 16.972 muertos que  tenemos a 12 de abril, ni mucho menos el estado de sus familias, que ni se han podido despedir de sus seres queridos, ni tampoco enterrarles en condiciones. Aquí, esto es todo lo que se sabe al respecto, a pesar de ser uno de los países del mundo más castigados por este virus, sobre el que hay que investigar periodísticamente su procedencia, si ha venido de la propia naturaleza o ha sido elaborado en un laboratorio.

“Muchos wasaps que recibo proceden de periodistas asombrados con la manera en que se informa de la pandemia, en especial las televisiones”

La información preferente que leemos o vemos de los estragos de la pandemia en España es que contamos con unos sanitarios excepcionales, casi sobrehumanos, un sistema de salud nacional y autonómico sobrepasado, que acusa desde el  minuto uno la falta urgente de recursos básicos como pueden ser mascarillas, batas, gafas protectoras o respiradores. Se aprecia también la movilización por parte del Gobierno de España de una cantidad muy grande de recursos económicos, porque la economía ya está muy tocada y lo que viene en adelante, para todos los sectores productivos en general, no es nada halagüeño. Necesitarán del Estado y la dudosa Unión Europea en todo momento, hasta que se pueda volver a despegar, dentro de años. No tengo datos del exterior, pero hay otro hecho muy destacable en España, este para bien. Contamos con una sociedad civil volcada en todo lo que está pasando, que se ha puesto manos a la obra, a donar, a recaudar,  lograr, comprar y traer.  Son aspectos que no podrán olvidarse, ya que han paliado (y cómo) las escaseces iniciales para atajar la pandemia, así como las deficientes compras gubernamentales de los productos necesarios, mascarillas o test, adquiridos precisamente en China, país del que salió el Covid-19.

Honestamente, creo que todo lo que he narrado hasta este párrafo son,  simple y llanamente, los hechos, lo que ha ocurrido, sin  tener que maquillar, exagerar o rebajar intensidad al caos. Al principio citaba aquel Nuevo Periodismo que acarreaba investigación y reportajes en profundidad, que conseguían abrir portadas con casos como el Watergate, que terminó con la presidencia y carrera política de Richard Nixon. Hasta que llegamos a la primera parte de este siglo XXI. Por un lado, nos encontramos con la grieta profunda que la crisis económica ha dejado en los medios de comunicación, que les hecho más dependientes de la banca, multinacionales y grupos de inversión. Por otro, están las maneras o si quieren el estilo de hacer periodismo que, a fin de cuentas, es de lo que se trata, y no tendría que haber cambiado para mal.

No hay disculpa que valga, ni siquiera la irrupción de Internet y las redes sociales. Muy al contrario, se empieza por aceptar las ruedas de prensa sin preguntas, manera de informar ya extendida como una plaga, y se termina porque el poder informe a través de una televisión de plasma o mediante preguntas filtradas por el Gobierno, que para bochorno plantea el propio portavoz de prensa del presidente. La protesta formal o los manifiestos firmados por reputados periodistas y de diferentes medios resultan tardíos, pero al menos es un principio para devolver al periodismo su naturaleza que no es otra que la independencia. Una relación parecida a la separación de poderes. Nunca he tenido clara la idea extendida de la prensa como un cuarto poder. Si fuera así, no existirían estos ninguneos.Aunque sí creo que los medios y sus redacciones deban hacer escrupulosamente su trabajo, y hablar de lo que realmente está ocurriendo, que en este caso son miles de muertos a diario y dar además visibilidad a sus familias, que tienen mucho que decir al respecto. Las televisiones, sus editores y presentadores, por eso de la transparencia que propicia una imagen, deberían cuidar este extremo como nadie. Un informativo no pude repetir nada más lo que ha dicho el Gobierno. Debe ir más allá, contar los hechos, sacar a todos sus protagonistas, denunciar lo que sucede, y tratar que los responsables pongan soluciones porque se lo demanda la opinión pública, les vote o no. Al menos, este es el periodismo que a mi enseñaron.  

“Los medios y sus redacciones deben hacer escrupulosamente su trabajo,  hablar de los miles de muertos y dar visibilidad a sus familias”

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La meta improbable de vivir sin destruirnos

Con el coronavirus, 2020 suma a la historia destructiva del mundo, un nuevo capítulo letal. Si el planeta pudiera hablar, ni la propia Biblioteca Nacional de España, una de las más grandes que hay, podría archivar la devastación contra la Tierra acometida lo largo de los siglos. Somos así y así lo queremos. Lo preferimos a vivir en paz, equilibrio y erradicar la pobreza. ¿Qué va a cambiar con este virus? No hace falta ni responder.

Cuántas veces se lo oí narrar por radio y televisión al genial Andrés Montes: “La vida puede ser maravillosa”. Mal que nos pese, Agatha Christie, la autora de Asesinato en el Orient Express, lo veía de manera más fría al sentirse aprendida de que no se puede dar marcha atrás y sí ir para adelante.  Aún profundizaba más, como dejándolo en suspense hasta la última línea de una de sus novelas: “La vida, en realidad, es una calle de sentido único”. En la cronología de las pandemias, Andrés Montes vivió en una etapa de la historia que albergó virus muy mortales, como el SARS (2002), la Gripe Aviar (2005), y además murió en el año de la Gripe A (2009). Más difícil, por la inexistencia de vacunas, fue la época de Agatha Christie, que de 1890 a 1976, tuvo tiempo de vivir en escenarios mortales donde camparon la Gripe Española (1918) o el primer brote epidémico del Ébola (1976).

En todo caso, desde la Plaga de Atenas (primera fechada) a la Peste ha llovido mucho, aunque no hemos aprendido  lo suficiente. Me apoyo en que la ciencia y la investigación han avanzado vertiginosamente, al tiempo que el mundo se enrolaba en una era definida como global y digital, que ha descuidado no pocas cuestiones humanas, como el desarrollo de los países pobres, su hambre, sus muertes y falta casi total de sanidad. Esto queda lejos de las grandes capitales financieras del mundo. Esencialmente, en el Cuerno de África, y entretanto las afortunadas sociedades ricas, agraciadas con la educación, la sanidad y las oportunidades laborales, se permiten convivir en la seguridad que proporciona un robusto bienestar basado en trabajo, dinero, vivienda, salud, transportes, comunicaciones o pensiones. De todo ello se disfruta enciudades con todas las comodidades, donde el valor de mayor garantía es disponer de un sistema sanitario moderno y eficaz. Sin embargo,  en nuestro concepto cultural no entra la prevención ante posibles virus, como este Covid-19, que no distingue entre razas, ricos y pobres, mayores, medianos o pequeños. Solo se propaga, contagia y termina con la vida de la población.

Siendo tan listos, los humanos no dejamos de cometer estupideces. Todo lo malo siempre queda atrás, en todo caso para los libros de historia. Hemos  provocado dos grandes guerras mundiales, otras tantas civiles, masacrado con la bomba atómica, avergonzado con el Muro de Berlín, consecuencia de la Guerra Fría o mantenido el Apartheid durante demasiado tiempo,hasta su erradicación coincidente con la gran bonanza económica de los 8090, conseguida precisamente por los mayores que mueren ahora de coronavirus.

“La ciencia ha avanzado y el mundo global ha descuidado el desarrollo de los países pobres, su hambre, muertes y falta casi total de sanidad”

Como anotaciones en el calendario de las mayores catástrofes provocadas por la mano humana, hay etiquetadas dos fechas que pudieron ser el final de todo. Una fue el 26 de abril de 1986, en Chernóbil (Ucrania). La otra, el 11 de marzo de 2011, en Fukusima (Japón). En ambos casos, especialmente en el segundo, llegó a hablarse de “apocalipsis”, o el acabose de la vida como tal. ¡Sustos a nosotros! Así llegamos al coronavirus, que se identificó por primera vez el 1 de diciembre de 2019, en la ciudad china de Wuhan.

Nuestra forma de vida es hacerlo a todo trapo, mal, sin mirar atrás. Da igual en el plano que sea, el político, económico y social, que antepone el bienestar a cualquier otra cuestión, incluso si se trata de la supervivencia.Al tiempo, por hipocresía que no quede, y cuando la extrema gravedad del hecho lo requiere, como ahora, nos hacemos idéntica pregunta: ¿vamos a cambiar y en qué?

No hace tantos meses estábamos con lo del Cambio Climático, en una de esas últimas cumbres mundiales que hace tiempo que no sirven para nada, solo para gastar millones en su organización. Igual que cada final de un año, entramos en el siguiente, con propósitos. Por supuesto, lo del Calentamiento Global ya estaba olvidado. En marzo de 2020, demasiado tarde ya, nos topamos con la realidad del coronavirus y todo lo que puede llegar a hacer. Está resultando un auténtico horror, con la pérdida de miles de vidas, que ni siquiera tienen una despedida en condiciones.  ¿Por qué ha ocurrido esto del Covid?, se preguntan muchos. Algunos señalan a intereses retorcidos, otros ven premeditación, y otros simplemente lo achacan a que la naturaleza ha dicho basta de aplastarme y arrasarme como lo estáis haciendo. Por supuestísimo que necesitamos respuestas. Se lo debemos a todos los fallecidos en España y el resto del mundo, mayormente personas mayores. Me gustaría, eso sí, que mi profesión hiciera periodismo de investigación en vez de periodismo de salón, que se limita a anotar las respuestas a las preguntas anteriormente seleccionadas.

El virus pasará. Saldremos de nuestras casas. Poco a poco, se recobrará la normalidad, aunque con mucha prevención porque el coronavirus seguirá circulando. Algún día nos despertaremos con la noticia de que ya hay vacuna anti Covid. Y hasta la próxima que hagamos. Cierto que esta ha sido muy gorda porque nos ha confinado mucho tiempo en nuestros hogares, deja un país completamente doblado en lo económico y laboral, y el futuro, sobre todo si esperamos ayudas de nuestros socios de la Unión Europea, pinta muy gris. Aún así, seguiremos  adelante, que es mucho decir para una civilización que no sabe convivir en paz, sin estropearlo todo. Al final, ese boomerang destructivo, lógicamente se vuelve contra nosotros mismos, sin permitir que la vida pueda ser maravillosa que decía el periodista Andrés Montes

“Hemos procurado vivir a todo trapo. Al tiempo,  cuando la gravedad lo requería, nos hacíamos la misma pregunta: ¿vamos a cambiar y en qué?

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Europa aprieta y sí ahoga

Lo que toca ahora en Europa, no por el Brexit y sí por el coronavirus,  es su propia reconstrucción. Empezamos mal si determinados países se dedican a ofender al sur con su típica charlatanería engañosa de cómo gastamos el dinero y que hay que investigarlo. El ministro de finanzas de Países Bajos ha sido bien replicado por el primer ministro portugués: “Re-pug-nan-te”.

Hice letras pero siempre he tenido inclinación por saber de la Física Cuántica. Dicho así es una memez, si atiendo como suelo hacer al refrán que dice que “El saber no ocupa lugar”. Por eso releo las esencias y explicaciones básicas de la mecánica cuántica y me topo, tan oportuno ahora, con que trata de explicar el misterioso mundo microscópico, “un universo donde lo pequeño sigue unas leyes y lo grande otras totalmente distintas”. De una u otra forma,  toda catástrofe o calamidad genera los consiguientes daños colaterales. Los del coranivirus se van a contar a millones, lo que sumamos las personas, pero luego están los agujeros negros que diría el siempre citable Stephen Hawking, quien me viene que ni pintado para a utilizar su teoría de los agujeros negros para describir a la actual Europa.

Un tal Jeroen Dijsselbloem, exministro holandés de Finanzas, soltó con motivo de la crisis económica, que hay países como España que “no pueden gastar todo su dinero en licor y mujeres y pedir luego ayuda”. Tan corto pensamiento no ha resultado casual. Wopke Hoekstra, su sucesor en los Países Bajos, remata la sandez y pide “investigar por qué algunos países no disponen de margen presupuestario para afrontar una nueva crisis, pese a que la zona euro lleva siete años de crecimiento ininterrumpido”.

Dijsselbloem y Hokstra están como para que el periodista Manuel Vicent les escriba uno de sus famosos daguerrotipos o perfiles personales. Mal le podría yo imitar recogiendo adjetivos calificativos sobre el rostro de tan pintorescos personajes, pero quiero ser directo para señalarles como políticos sin talla alguna, aunque generadores de euroescépticos. Su  labor no son las cuentas, qué va. Su finalidad auténtica parece estar en que un día salte por los aires la actual Unión Europea.

“Dijsselbloem, holandés: “España gasta en licor y mujeres”. Su sucesor Hoekstra: “Investigar a países sin margen para afrontar una nueva crisis”

No es de extrañar, y le aplaudo como a los sanitarios, que el primer ministro de Portugal, António Costa, haya contestado a la insolidaridad de los representantes de Países Bajos silabeando una palabra: “Re-pug-nan-te”.

España ya pasó una crisis económica más dura de lo necesario, por las exigencias del Fondo Monetario Internacional, el que manda realmente, y la obediente Comisión Europea. Millones de españoles lo perdieron todo o casi todo y vuelta a empezar. ¿Qué pretenden ahora, en esta nueva crisis, más gorda aún? Es verdad que no estamos solos frente al norte, porque Francia e Italia son poderosas como fundadoras natas de lo que un día nació como la Comunidad Económica Europea. Pero semejante insolidaridad, y pronunciada además de manera tan despectiva, injusta y mentirosa, no se debería dar ni consentir. Vista la gestión sanitaria del Coronavirus por parte de la Unión, no espero mucho de las instituciones principales de ámbito europeo, que no han estado ni están a la altura de las circunstancias. Como europeo que vivo en Cantabria, España, es duro tener que reconocer algo semejante. La Unión Europea está tocada, pero no tanto por la marcha reciente de Reino Unido. Se resquebraja porque lleva tiempo siendo infiel a uno de sus principios fundamentales por lo que fue creada: la solidaridad. No cabe hablar de países de la UE insolidarios, si el mismo corazón del poder europeo, cobija apellidos como Dijsselbloem o Hoekstra.

La negociación para ver las ayudas a la reconstrucción de la Europa más golpeada por el Covid-19 ha empezado mal. Es verdad que España, Italia, incluso Francia, no se pueden permitir golpes encima de la mesa, porque manda don dinero, el que tiene Alemania. Con todo, no es lo peor. Lo fatídico es el futuro de Europa, tan unido como está ahora a un oscuro porvenir de millones de sus habitantes, que no van a perdonar el olvido, el abandono y lo que supone apretar y ahogar.

“Lo fatídico es el futuro de Europa, unido como está a un oscuro porvenir de millones de habitantes, que no van a perdonar el olvido y el abandono”

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No caminamos solos en esta pandemia

La mejor manera que tenemos ahora de ayudar a nuestro país y a nosotros mismos es quedarnos en casa. La pandemia del coronavirus ataca en todo el mundo, y se ensaña especialmente con contagios y muertes en Europa. Nunca antes habíamos vivido algo semejante. Soy optimista, pensando sobre todo en nuestro ejército de sanitarios. Pero les debemos ayudar obedeciendo todas y cada una de sus recomendaciones.

No sé si los británicos, con la temeraria idea de su presidente Boris Jhonson de que es mejor el contagio masivo por coronavirus para frenarlo, puedan abrazarse a esa letra tan conocida del himno del Liverpool, donde se canta lo de “Nunca caminarás solo”.  Por suerte, España es otra cosa. Y por desgracia, el exponente esencial de estos nuevos populismos es una política basada en mera propaganda y no en realidades y soluciones. De ahí queya empieza a vislumbrarse quién es quién, con ADN de liderazgo, para que un pueblo pueda sentirse seguro ante sus temores y adversidades, lo que le lleve directamente a creer en las palabras de esperanza reproducidas en el himno del momento: entre todos, haciendo piña, saldremosde esta gravísima crisis del coronavirus. No quita lo anterior, tan deseable, para que sea cuestión de análisis inmediato el comportamiento que lleva a la compulsiva compra de papel higiénico por parte de muchas familias españolas, algo que a falta de saber la causa concreta lleva irremediablemente a deducir lo mucho que usamos el retrete en España.

Tampoco quita que la altura de miras política, más claro, la unidad, ha de ser el faro que guie a este país en los meses económicos y sociales tan difíciles que nos esperan. No debería hacer falta que el presidente del Gobierno de España pida específicamente la aprobación urgente de unos presupuestos nacionales, porque de otra manera no va a ser posible inyectar la ingente cantidad de dinero y medios que ya está movilizando el Estado, con unos 14.000 millones de euros iniciales, que solo van a ser el principio.

Todos estamos viviendo un escenario nunca antes conocido. Nada será igual cuando acabe esta pesadilla, porque tendremos que haber tomado buena nota de lo que ha servido y lo que no a la hora de salir del hoyo. Doy por sentado el papel decisivo que van a jugar en esta crisis todos nuestros profesionales sanitarios. En un país olvidadizo y poco dado a reconocer lo bueno y a los nuestros, vayamos ya tomando buena nota de que las gracias y homenajes se van a quedar cortos. Lo que habrá que hacer es resituar a nuestro sistema sanitario en su verdadera dimensión y necesidades, las del continente, hospitales públicos, y las de su contenido, los magníficos profesionales con que cuenta nuestro sistema sanitario,sea cual sea su especialidad o cometido. ¿Se imaginan en estos momentos que se pusieran a hacer reivindicaciones laborales? Jamás sucedería porque los valores, ósea, los demás, son para ellos y ellas la regla de las reglas.

“La altura de miras política, la unidad, ha  de ser el faro que guie a este país en los meses económicos y sociales tan difíciles que nos esperan”

Como el miedo es ave de mucho vuelo y también cada uno, es dueño de sus miedos, cuando pase la pandemia (vamos a ver…), el mundo tiene que dejarse de cumbres y reuniones inútiles, y ponerse hablar y acordar cómo vamos a vivir en adelante. Que nadie sabe del futuro que nos espera da buena prueba una pandemia mundial de algo muy contagioso denominado Covid-19. ¿Por qué está pasando esto?; ¿cómo nace este coronavirus?, ¿qué o quién lo ha provocado?, ¿con qué intenciones o intereses?, ¿tiene vacuna?, ¿va a llegar pronto?, ¿qué precio en vidas humanas vamos a tener que pagar? Podríamos seguir y seguir, pero no hay respuestas. Ni siquiera estamos siendo capaces de atajar el coronavirus mediante un mundo unido, combatiéndolo juntos y con las mismas armas político-sanitarias.

La ONU, desaparecida, la Unión Europea, en shock, las grandes potencias, como Estados Unidos o Inglaterra, bastante tienen con soportar las paletas ocurrencias ante la enfermedad de sus máximos dirigentes, como Donald Trump o Boris Jhonson. Debería haber un comité político y científico mundial de crisis, pero cada país, caso de Italia y España, los dos peor parados en el Covid, atajan el contagio como mejor pueden, y ya ha llegado la reclusión en casa con el estado de alarma, para aligerar la tremenda presión que soportan los hospitales y sus trabajadores. Por cierto, qué garantía nos da a los españoles contar con una magnífica Constitución que prevé todo.

Pese a todo, siempre habrá incivilizados, descerebrados y avaros con los que no se puede contar, ni siquiera en momentos en que lo que está en juego es tan serio y grave como lo que vivimos en este terrible marzo de 2020. Va para largo, y tampoco hay que negar las evidencias. En España, el Gobierno Central y los autonómicos deberían haber empezado mucho antes con los Consejos de Ministros y los Consejos de Gobierno extraordinarios. Nunca es tarde si la dicha es buena, y tampoco es tiempo para reproches y sí para medidas respetadas por todos, y cuando digo todos, es todos. No se entenderá de otra manera, el día de mañana, cuando toque recordar lo que hizo cada cual. Por eso, ¡quédate en casa!, sé un ciudadano modélico, solidario, ayuda a los demás si te necesitan, más si son mayores. Acude si te piden colaborar,  conciencia a los demás y también estate a su lado, telefónico mejor, si les ves decaídos o con miedo. No hagas compras innecesarias de cosas que puedan necesitar en un momento dado nuestro Gobierno y los diferentes servicios públicos que lo integran. Algo más que pedir antes de terminar, debemos  velar como nunca antes por nuestros mayores. Y hacer posible que todos seamos uno, para no caminar nunca solos en la oscuridad de esta pandemia. 

“Quédate en casa, ayuda si te necesitan, más si son mayores, estate a su lado si les ves decaídos o con miedo, y no hagas compras innecesarias”

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La gestión del coronavirus genera inseguridad

Al aumento de contagios y muertes por coronavirus no se le puede denominar normalidad. No las tengo todas conmigo de que en España se esté haciendo todo lo debido para frenar la enfermedad, empezando y acabando en que, si hay que suspender eventos para mayor seguridad de todos, se hace y punto.

Truman Capote, grande entre los grandes del Nuevo Periodismo, solía decir que las palabras le salvaban de la tristeza. En los sesenta, cuando el periodismo pasaba por uno de sus peores momentos, como ocurre ahora, Capote y otros de la talla de Tom Wolfe, Gay Talese o Joan Didion (son muchos más), llegaron para contar mejor las cosas que pasaban, publicando los trapos sucios,tejemanejes del poder, y hacer dimitir incluso a todopoderosos presidentes como el norteamericano Richard Nixon, que practicaba espionaje y acoso con sus enemigos políticos. Esta última fue una exclusiva de dos periodistas veinteañeros, Bob Woodward y Carl Bernstein, un hecho que forma ya parte de la historia del periodismo y que lleva por nombre Caso Watergate.

En aquellos años del añorado periodismo que se apoyaba en la literatura, los virus más temidos eran la viruela, que mató en el siglo XX a 300 millones de personas, y el sarampión. No eran nuevos, ya que desde la prehistoria estamos acechados por las bacterias. Han ido en aumento a medida que la civilización humana prosperaba, primero con la agricultura y la ganadería, después con la industria, y hoy con las tecnologías para todo, que nos hace más incivilizados porque ya no leemos. Así entramo en el XXI, pariendo  uno nuevo, el cabrito coronavirus. Dicen que en el futuro conviviremos con él como si tal cosa, en una situación que los que saben de esto asemejan a la gripe común, que no tiene mejor cura que una semana en casita, con la bata puesta o metidos en la cama. También con el coronavirus te recetan aislamiento.

De todas formas, hasta llegar ese horizonte en que el coronavirus forme parte de los padecimientos habituales con tratamiento, antes tiene que dejar de acojonar, como ahora, en el mundo entero. Por eso, parecido a consultar una bola de cristal, se busca entender las prevenciones sanitarias oficiales, cumplirlas empezando lo primero por las Administraciones, hasta que llegue la vacuna que estabilice lo que ahora está descontrolado, por miedo al contagio, por temor al parón económico, por evitar desgastes políticos, y por desconocimientos que provocan esperar lo que se hace frente al también llamado COVID-19, en el país vecino, la ciudad o el pueblo de al lado. Los de hoy no son ya tiempos precisamente para seguir inmersos en aquello de hablar y escribir de forma políticamente correcta. Honestamente, pienso que ya no vale en el periodo presente, y a la improvisación hay que llamarle en voz alta eso, improvisación, e igual a la inseguridad.

“No son tiempos para escribir de forma políticamente correcta. A la improvisación hay que llamarle improvisación e igual a la inseguridad”

Cómo entonces se puede calificar que la población haya terminado con las existencias del gel limpiamanos, y no hablemos de las mascarillas, que se tienen más en casa a buen recaudo antes que ponerlas para ir por la calle, debido a la falta de costumbre, incluido el ridículo que se pueda llegar a sentir. Hay países, como el nuestro, en que lo cotidiano no es precisamente el lavado habitual de manos, y sí el saludo, tocar el brazo al que hablas, un beso al encontrarse con alguien conocido (o no), y llevarse las palmas a la cara.

Si las personalidades de la política, pero también los referentes sociales en diversos campos, ni lo hacen ni lo muestran, mejor por televisión, cómo lo podemos pedir de manera generalizada. Está visto que la urbanidad y el civismo deben volver a las escuelas y practicarse desde la infancia. Me espero que la nueva ley de educación, ¡otra!, no se parará en estos menesteres, en los que sí lo hace el coronavirus, que no para de contagiar, ya hasta en funerales.

De ahí que otra cosa que se hace mal en España es dudar con las concentraciones de personas, si hay que hacerlas o mejor no. La economía, precisamente las empresas, están dando el ejemplo en ello. Pero la Administración en general se ha instalado en la tardanza de hacer lo mismo, sobre todo cuando estamos hablando de actos innecesarios que no vienen a sumar nada más que la foto de rigor en los medios de comunicación. Aplazar eventos no es el final de nada, y si la prevención de todo. En este sentido, bravo por el ejemplo dado por los colegios de Médicos y Enfermería de Cantabria, suspendiendo todas sus actividades hasta que pase el peligro. Espero que no en mucho tiempo recordemos lo de ahora como una pesadilla pasajera, y también sintamos satisfacción de haber hecho lo debido. ¿Será así? Si se hace lo políticamente correcto, claro.

“Aplazar eventos no es final de nada, y sí prevención de todo. Lo recordaremos como pesadilla y satisfacción de haber hecho lo debido”

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