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El regreso de Cantabria a la identidad industrial

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Los jóvenes se marchan mientras los padres nos hacemos a la idea de que nuestros hijos van a trabajar fuera del territorio en que han nacido y quieren vivir. El conformismo se ha impuesto por encima de inculcar región y apostar por ella poniendo en marcha ideas y proyectos. Antes lo hicieron otros, y por eso hay que rescatar aquella identidad industrial que nos legaron grandes nombres de la empresa cántabra, que siempre creyeron en nuestras posibilidades de crecimiento y prosperidad.

Kotler, el padre del marketing, nos legó una sabía herencia para los negocios con no pocas consideraciones a la hora de emprender, triunfar y también  fracasar. Como cuando señaló que hoy tienes que correr más rápido para permanecer en el mismo lugar.

El curriculum empresarial de una región se redacta en base a los reiterados aniversarios de existencia que cumplen fábricas, talleres, oficinas, en definitiva, marcas. Cada vez estoy más convencido de que una tierra, para ser próspera, tiene que producir, y todo lo que sea dudar a qué se tiene que dedicar esencialmente (turismo, cultura, servicios y otros menesteres), es una letal pérdida de tiempo y de oportunidades. No niego lo interesante de estas actividades, depende del dónde y del cómo, pero lo que nos ha sacado las castañas del fuego durante lo largos años de crisis han sido las exportaciones de todo tipo de productos y materias, y desde entonces nuestras empresas ya no dejan de mirar hacia el exterior.

Ellos no se siente reconocidos como tal, pero uno de los grandes potenciales que ha tenido siempre Cantabria son sus empresarios. Nombres cántabros engrosan lo mejor de la banca, la industria, la empresa o la Administración a nivel nacional, pero también internacional. Nuestros empresarios son referentes en países como Méjico o Argentina, les consultan sobre cuestiones económicas, y aquí les miramos de reojo cuando lo que hacen es trabajar duro por crear una riqueza que va más allá de pensar simplemente en beneficios, ya que se materializa mediante miles de puestos de trabajo. Lo he escuchado demasiadas veces, y pone de manifiesto una manera de ser que nos daña y perjudica porque, desde luego, lo que no sobran son las iniciativas de instalarse en Cantabria, hacer aquí emprendimiento y apostarlo todo por esta comunidad.

 “Nuestros empresarios son fundamentales en Méjico o Argentina, y aquí les miramos de reojo por trabajar duro por crear riqueza”

Las ideas, aunque muchas no triunfen, es algo que también hemos tenido a gala tradicionalmente. Uno puede dedicarse a lo que sea, pensar en llevar a cabo un plan, pero debería tener siempre la oportunidad de construirlo en su tierra de origen. Nos hemos acostumbrado como si nada a comentar que el futuro de nuestros jóvenes pasa por marcharse de Cantabria. Entonces, ¿para qué sirve todo lo que construyeron nuestros ancestros? Reflejamos cansancio, porque no somos capaces de apoyar a diario nuestras propias iniciativas y hablar ante todo de perspectivas reales de presente y de futuro. Cualquier experimentado empresario, de los que sigue cogiendo el coche o el avión todas las semanas para vender aquí y allá, secundaría esta afirmación que hago. En una escuela nos educamos, y en una universidad o formación profesional aprendemos un oficio concreto. Pero al acabar esta primera etapa de ser alguien en la vida, deben tener cercanas las oportunidades de llevar a cabo todo lo que han estudiado o en lo que se han formado. Por mucho que hablemos de una sociedad digital, del saber y del conocimiento o de nuevas tecnologías, siempre vamos a necesitar producir bienes de consumo de todo tipo y a las personas que las fabrican. Cantabria debe volver así a su senda industrial, y para ello hay que proporcionar planes, infraestructuras, suelos, polígonos, y ayudas que supongan en sí la total convicción de que creemos en nuestra gente. No cabe mirar atrás, ni lamentar lo que falló porque un determinado proyecto no prosperó. Nuestros jóvenes se quejan de la mentalidad y el conformismo imperantes, y creo que llevan mucha razón.

 

Cantabria tiene que saber lo que quiere, pelear día a día por ello, y no dejar de venderse nunca, interior y exteriormente, como la mejor tierra posible para levantar proyectos de todo tipo. Otra cuestión a la que nos hemos acostumbrado es que haya grandes empresas que nos dan sus servicios desde regiones limítrofes, aunque buena parte de sus jugosos beneficios salga de los bolsillos de los cántabros. Es lo que se llama nuestra tradicional pasividad ante casi todo, y lo que choca frontalmente con el planteamiento de que debemos volver a impulsar un desarrollo industrial propio que proporcione oportunidades aquí, para dejar atrás la escena habitual, cada fin de semana, de jóvenes que emprenden viaje para acudir a su trabajo en Valladolid, Aguilar, Logroño, Pamplona, Zaragoza o Madrid. Estas regiones crecen y proporcionan empleo a residentes y foráneos. Son un ejemplo claro para nosotros a la hora de pensar en lo que estamos fallando y todo lo que podemos mejorar.  Hemos perdido demasiados trenes en el pasado que, quizás, nos hayan llevado a la situación actual. Pero querer es poder. La mejor demostración es la reputación que nuestros empresarios tienen allá donde hacen negocios. Y por eso hay que seguir sus pasos, aprender de sus iniciativas y conocimientos, para que nuevos nombres se sumen a esta lista de personajes únicos creando industrias, empresas y empleos seguros.

 

“Grandes empresas nos dan servicio desde regiones limítrofes, aunque buena parte de sus jugosos beneficios salga de los cántabros”

 

 

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Los españoles ante la España del 18

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Los españoles no estamos hechos de la misma pasta que los italianos, a la hora de vivir inmersos en constantes crisis políticas o de gobernabilidad. Puede que los cambios que se avecinan nos lleven a  escenarios hasta ahora desconocidos. En todo caso, cabría esperar de todos los partidos la adopción de los necesarios reajustes en el sistema para abordar nuevos tiempos, sin perder nunca de vista que lo principal son los problemas y demandas ciudadanas, que crecen, para vivir mejor de lo que lo hacemos ahora.

La España de 2018 está repleta de problemas políticos y sociales, y son muchos los españoles que se preguntan hacia dónde caminamos y cuál es el porvenir inmediato con tantas crisis a cuestas. Hay cinco sectores de población que se lo pueden cuestionar con más razón. Primeramente está el 22% de los hogares que no llegan a final de mes. Después los desempleados de larga duración, algo de lo que casi ya no se habla, pero ahí está. Siguen los jóvenes en busca de trabajo y el que encuentran es de una calidad pésima. Hay que pararse obligatoriamente en las mujeres y sus derechos a cobrar lo mismo que los hombres. Y terminamos el circulo con los pensionistas y sus muchas y razonables preocupaciones.

Es obvio que hemos vivido cuarenta años de asentamiento democrático, satisfactorio funcionamiento de nuestras principales instituciones de Estado y territoriales, y un desarrollo y despegue económico sin precedentes en toda la España anterior a los años 70, con la llegada de la anhelada transición de la dictadura a la democracia. Soy de los partidarios de que cuando todo funciona bien no hay que tocarlo, pero ya no es nuestro caso. Gran parte del periodo democrático lo vivimos con todo el dolor por los sistemáticos asesinatos de la banda terrorista ETA en su intención de un País Vasco independiente. Con sangre, sudor y lágrimas superamos esa etapa, y hoy vivimos hasta el hastío el separatismo catalán que nos pone contra las cuerdas a nivel interior y exterior, principalmente dentro de una Europa en la que cada país miembro va por libre. Lo que era una política común, hoy es más individualista, y todo por el Brexit o abandono de Inglaterra de la Unión Europea, que supone el fin de lo que era una Europa como bloque político, económico, social, migratorio, judicial y militar.

“El separatismo catalán nos pone contra las cuerdas a nivel interior y  exterior, dentro de una Europa en la que cada país va por libre”

La gran inestabilidad política que vivimos hoy no tendría mayores consecuencias, si nuestra experiencia histórica fuera similar a la de otros países que la viven de habitual. Me viene a la memoria Italia, Bélgica o la actualidad diaria en Estados Unidos, con un hooligan de la constante provocación política, a través de Twitter, como es Donald Trump. Aunque nosotros no estamos hechos de este árbol. Quizás nos lo tengamos que hacer mirar, máxime entre tanto vaivén de cambios, y lo que está por venir, que me temo irá a peor. Cabría estar totalmente preparados ante estos nuevos escenarios políticos, porque la soledad impera cada vez más en las relaciones internacionales, y solo hay que ver el brusco giro, del tuteo al usted, entre países como Estados Unidos, Rusia, China, Alemania, Francia e Inglaterra. No son enemigos, pero ya no tan amigos. La irrupción en la política de personajes incontrolados y nacionalismos intolerantes y racistas, no hablan bien del futuro. Seguramente muchos ciudadanos no lo expresan de habitual, pero sienten añoranza de la política que arregla problemas en vez de crearlos. Y es aquí donde volvemos a los asuntos de casa, mirando a los  hogares, sus  ingresos, el acceso a la educación, la sanidad y el bienestar general, tan incierto ahora. Este lenguaje ha sido sustituido por los casos de corrupción, el enfrentamiento total, los juicios continuados, además de las formaciones favorables y contrarias a las reformas del sistema que nos hemos dado. Si no estamos ya en el límite, poco falta. Es cierto que España ha sabido salir de muchos de los laberintos en los que se ha visto inmersa, y el más reciente ha sido una dramática crisis económica que ha dejado demasiadas secuelas que también requieren de compensaciones.

Para todo, la política se ha de normalizar, porque a los problemas de casa se suman los que nos pueden crear nuestras viejas enemistades exteriores que, a lo que se ve, no han cambiado con el tiempo. El caso es que España y su sistema democrático no pueden estar en entredicho, sea por lo que sea. Lo que está en juego no es solo la fuerza y seguridad como país. Nos interesa, en primer y último lugar, el bienestar general de todos los españoles, sean jóvenes o mayores, trabajadores o parados, hombres o mujeres. Así se funciona en la Europa más fuerte, que sigue desprotegiendo en lo político, social y económico a los países del sur. La crisis económica fue el punto de partida, y ahora estamos en la fase política de quien es más democrático que quien. Mal rollo al que sumamos una gran inquietud política interior, que no debe olvidar nunca la mejor gobernabilidad para el conjunto de los ciudadanos, sus preocupaciones y aspiraciones, sin desdeñar a las nuevas generaciones que no se conforman con votar cada cuatro años, porque exigen cambios reales que nos acomoden mejor a estos  nuevos escenarios mundiales que tanta incertidumbre y preocupación crean.

 “Muchos ciudadanos no lo expresan de habitual, pero sienten añoranza de la política que arregla problemas en vez de crearlos”

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¿Ética, dónde andas?

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Dedicado a Tom Wolfe

Aunque no se la cita de habitual, la cuestión ética resulta primordial para terminar de una vez por todas con comportamientos que los ciudadanos deploramos. No debería caber duda alguna sobre lo que es hacer algo que está mal y perjudica a lo colectivo, pero vivimos en un país en el que las falsas interpretaciones distorsionan lo que, a todas luces, es nada más que la verdad. Y ahí entra el periodismo para denunciarlo.

Acaba de morir Tom Wolfe. Los periodistas estudiamos con uno de sus grandes libros: El nuevo periodismo. Ni siquiera tras el éxito reiterado de sus obras fue arrollado con tantas entrevistas como en estos últimos años, preguntado a cerca de su opinión sobre el mundo, hacia dónde va y si los seres humanos tenemos solución. Al igual que usted o yo, Wolf veía mucha hipocresía a su alrededor, y lo relataba en sus increíbles reportajes con los que hoy se enseña en muchas universidades del periodismo. Cuando escribió La hoguera de las vanidades ya tenía suficientemente claro lo que diferentes poderes pueden hacer para distorsionar determinados hechos, que son sobre los que hablamos cotidianamente. Concreto más. Tienen que ver con la política y sus secuencias, la economía y sus avaricias, y las consecuencias de haber estudiado ética para luego no aplicarla. Es entonces cuando nos topamos con individualismos muy preocupantes relativos a corrupción, caciquismo, injusticias, discriminación y una disparatada educación que no ahonda para nada en auténticos valores que un día nos puedan salvar de nosotros mismos. Es eso que el desaparecido padre del nuevo periodismo señalaba como que, a menos que una persona se muera de hambre o esté en peligro inmediato, de alguna u otra manera está controlada por la preocupación hacia su estatus social.

En general, hemos avanzado poco a la hora de cambiar esas perversas tendencias sociales que buscan atajos (trampas) para casi todo. Hace casi treinta años que en España se bautizó como la cultura del pelotazo –hacerse rico rápidamente y como fuera-, pero los debates actuales en los que estamos inmersos se parecen bastante a todo aquello. Solo tienes que oír a los jóvenes hablar de los mayores para darte cuenta de que, más que el buen ejemplo, cunde el malo. Oyen lo de los masters universitarios, lo de los juicios interminables por corrupción que emiten a diario las televisiones, o el último caso que salta a la actualidad como la sociedad incansable que somos a la hora de dar la nota en todo. También ven ejemplos buenos, especialmente en el deporte, y ahí están los casos de Nadal, Iniesta o Torres, ensalzados tanto por una trayectoria como por un comportamiento siempre intachable dentro y fuera de la pista de tenis o el campo de fútbol. La escasa ética que se enseña en este país se hace a base de infringir a los alumnos sesudos exámenes, cuando de lo que se trata es de inculcarles lo que está bien o mal, lo que es ético y lo que no y también saber diferenciar, sin mentiras ni excusas idiotas, lo que es moral y lo que es amoral. Memorizando a todos los filósofos no se alcanza esta meta, que es realmente la que interesa. Porque luego hay que trasladar esos conocimientos-sentimientos a la política, a la empresa, a la educación, a la gestión de nuestras Administraciones, detrás de las cuales hay unos Gobiernos. No quiero dejarme a la banca, muy culpable de la última gran crisis económica que parece que no hubiera existido, pero sus consecuencias para largo ahí están. Cuando quebró Lheman Brothers y se llevó por delante la pensión de tantas personas, o cuando se denunciaron las Preferentes en España, mucho se propagó el mensaje de que había que recuperar la ética en todo. Transcurrido un tiempo, aún cabe preguntarse: ¿ética, dónde estás? No nos damos cuenta, o no queremos, de que hay muchas cuestiones sociales que están cambiando. Aunque seguimos afrontándolas con las viejas maneras de siempre. No hay término medio: o política de avestruz, de mirar hacia otro lado, nadie darse por aludido, o hacer todo lo contrario de lo que es entendido mayoritariamente como lo ético.

 “Hemos avanzado poco a la hora de cambiar esas tendencias sociales que buscan atajos para casi todo”

Nunca doy por hecho que tenga toda la razón en las cuestiones sobre las que escribo, pero hay comportamientos cotidianos que vemos y de los que nos enteramos, igual que pensaba Tom Wolf, que justifican sentir asco.  Es más fácil terminar viendo un perro verde que escuchar decir: “no, esto no se puede hacer porque no es ético”. Las excusas vacías que encontramos de habitual ante esas malas prácticas sociales, no habría ni que buscarlas a nada que nos planteemos lo que es ético de lo que no.  Por eso son tan necesarios los medios de comunicación, para denunciar lo que está mal y quien lo lleva a cabo. La libertad de información ha quedado un tanto mermada con la última gran crisis, y muchos de los contrarios a lo ético lo saben. Son los mismos que acostumbran a tergiversar las cosas; a embellecer con palabras biensonantes lo que es irregular; a escudarse en que hay una campaña montada contra ellos, o a buscar notoriedad en los platos de televisión, hasta que te pillan con una suculenta cuenta en Suiza. Esto es lo que ven y aprenden nuestros jóvenes, y es lo realmente preocupante, mucho más que Torra elija consejeros presos y huidos para el nuevo Gobierno catalán. Eso sí, reconozco que todos estos casos hay que medirlos por el mismo rasero que no es otro que tener o no tener ética.

 “Los medios de comunicación son muy necesarios para denunciar lo que está mal y quien lo lleva a cabo”

 

 

 

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Cuando el adversario habla inglés

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Europa se siente cada vez más traicionada por Estados Unidos. Antes formaban un bloque político-económico que se diluye, aunque la mayoría de los ciudadanos vivamos sin notarlo (aún), preocupados más por los problemas cercanos que los lejanos. Razonable pensamiento que debe contribuir a desenterrar el viejo espíritu europeo, aunque sea a costa de enemistarse con el país que nos ha venido dirigiendo, en inglés, desde el final de la última gran guerra. 

Tras el abrazo del oso que supone para Europa la salida de Inglaterra de la Unión, es ahora Estados Unidos quien quiere darnos la puntilla, con la única finalidad de restar al Viejo Continente poder político y poder económico. La actual apuesta de Bruselas por la paz mundial, la democracia, el desarrollo de los pueblos o la conservación de su medio ambiente, poco tiene que ver con lo que se plantea para las mismas cuestiones desde Washington, Londres y Moscú. Es lo que Jacques Delors, uno de los grandes europeistas, explica en el sentido de que Europa no es solo un resultado material sino más bien un estado de la mente. Muy cierto: esto es lo que nos distingue, incluso cuando se pueden calificar los tiempos de muy convulsos, por una desunión patente entre los que antes se hablaban y tuteaban como aliados.

Resulta fácil y rápido dirigir las culpas hacia gobernantes egocéntricos como Trump o Putin. Demasiado simple. Más bien, tanto cambio viene provocado  porque atravesamos nuevas situaciones, que tienen que ver con los efectos de la crisis. Los ciudadanos hablamos a diario cuestiones relativas a lo que pasa en nuestras ciudades, pueblos y barrios. Por supuesto, también está nuestro trabajo. Y, finalmente, aquello que nos influye tras leerlo, verlo y escucharlo en  los medios de comunicación. Nuestra afinidad con la política nacional está clara, pero no tanto cuando se trata de visualizar todo aquello que traspasa  fronteras. ¿Nos inquietan las situaciones en Corea del Norte, Irán o Venezuela? Eso se lo dejamos a los diplomáticos, pese a que no deberíamos perder de vista un concepto reavivado desde que entramos en el 2000. Ese concepto es la desconfianza. Que países concretos vayan por libre en aquellos temas que son del interés común no es bueno. Pasa ahora con Estados Unidos, del que ya se empieza a hablar en París y Berlín como el amigo que fue pero ya no es.

“La apuesta de Bruselas por la paz mundial es lo que Jacques Delors llama el estado de la mente europea”

Se han dicho tantas cosas sobre los amigos y los enemigos que muy pocas me convencen ya. Reconozco, eso sí, el gran valor que tiene aquí, en Europa, donde hemos ganado a través de la historia las cotas más altas de libertad. Hablando sobre nuestros errores (todos), es como debemos seguir siempre hacia delante. Nos lo predijo Schopenhauer al escribir que los amigos se suelen considerar sinceros, los enemigos realmente lo son, y por esta razón es un excelente consejo aprovechar todas sus censuras para conocernos un poco mejor a nosotros mismos, algo similar a cuando se utiliza una amarga medicina. Tuvimos al filósofo alemán hasta 1860, año de la Guerra de Secesión entre el norte y el sur de Estados Unidos, pero pareciera que vaticinaba ya entonces como nos íbamos a encontrar hoy dentro de Europa, en la necesidad de redefinir y fortalecer el término unión y nuestra relación con las primeras potencias que hablan en inglés. Lástima que Donald Trump o Vladimir Putin no hayan leído nada de Arthur Schopenhauer.

El pasado 9 de mayo conmemoramos el Día de Europa, y he de decir que agrada comprobar la especial implicación de nuestros jóvenes con lo que es una patria de todos. Me da igual que lo hagan mediante estudios, viajes o búsqueda de trabajo, pero al menos existen todas estas posibilidades. El miedo real europeo no debe ser perder como aliado a Estados Unidos, un país que va a su aire. El problema más serio sería perder nuestra identidad, de ahí que debamos autochequear todo lo malo que tenemos ahora e intentar ponerle solución. Si los norteamericanos hablan de muros con México, Europa debe derrumbarlos. Si Washington incendia cada vez más todo Oriente Medio, Bruselas debe sofocar los fuegos con tan buena diplomacia que sea más visible la paz que la guerra. Si el presidente norteamericano no quiere oír hablar de Cambio Climático, la UE debe poner freno a los desmanes de un desarrollo altamente contaminante que no conviene a nadie, empezando por el planeta.  A fin de cuentas, bien o mal, mejor o peor, con crisis o sin ella, Jacques Delors expuso una gran realidad al mezclar el sentimiento europeo con el alma.

 “Si los norteamericanos hablan de muros, Europa debe derrumbarlos, y si no hablan de Cambio Climático, la Unión debe frenar la contaminación”

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José María Íñigo en pantalla

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El gran periodista que fue Kapuscinski mantenía que los cinco sentidos del buen comunicador son estar, ver , oír, compartir y pensar. No se si José María Iñigo, con el largo bagaje que tenía, llegó a entrevistar al escritor y poeta bielorruso, pero se le pueden aplicar sus pensamientos como un  profesional querido y admirado que nos acaba de dejar. Lo he visto otras veces: cuando son buenos referentes, difícilmente se olvidan, entre otras cosas, porque José María Íñigo ya forma parte de la historia del periodismo español y sus grandes maestros.

Sienta bien a la mente pensar en lo que haría determinada persona de estar en tal o cual situación personal o profesional. Les decimos a nuestro jóvenes, y yo también voy por aquí, que hay que tener referentes, máxime en tiempos tan decadentes, casposos e inmorales (de ética). Últimamente, seguramente por cosas de la edad, me viene mucho a la memoria los años 70, 80 y 90. No viviremos nada igual, y es de entonces cuando me viene la imagen de José María Íigo, haciendo una televisión entretenida a la vez que honesta. Hoy el sensacionalismo está en todas partes, en la política, en la economía, en el deporte, e incluso en el denominado periodismo social, que se ha topado con determinadas ONG que se gastan el dinero donado para los pobres del mundo en copas y juergas sexuales.

Los aspirantes a ser periodistas, mayormente los que estudian ahora para ocupar el día de mañana las redacciones y los estudios de radio y televisión, tienen en personajes como J.M. Íñigo a lo que debe ser esta profesión de contarles a los demás la verdad de las cosas que ocurren a diario. Si encima lo haces con personalidad, con saber estar, y con un estilo basado siempre en la honradez, pues chapó. Me gustan muchas cosas de las que dice Gay Talese de habitual, uno de los padres del Nuevo Periodismo. Pero se equivoca cuando diserta por las grandes universidades del mundo y asegura que los periodistas actuales no tienen ninguna tentación por ser reconocidos como estilistas de la claridad y narradores con las técnicas de los escritores con imaginación. No conoció a José María Iñigo en pantalla. Esta maravillosa profesión de contar cosas pierde mucho sin él, pero es reconfortante comprobar que son muchos los españoles que sienten que se les ha ido de repente un pasaje trascendente de su vida en el que el periodista de gran bigote estaba ahí, especialmente en la televisión.

 “Hoy el sensacionalismo está en todas partes, en la política, en la economía, en el deporte, e incluso en el denominado periodismo social”

En unos momentos en que todo dios sueña con prejubilarse por si las moscas, admiro a estas personas para las que la edad no es un inconveniente, hasta que una de las enfermedades innombrables te llevan, porque no tienen cura, y aún no somos capaces de darle solución ya que los países que pueden conseguirlo prefieren gastarse el dinero en tanques y cohetes antes que en investigación. Seguramente me había hecho a la idea de que José María Íñigo era eterno, como los grandes comunicadores de un siglo, el XX, que ha sido sencillamente alumbrador de hombres y mujeres decisivos cuya biografía se estudia posteriormente en las escuelas. Estaban en la pantalla, les oías por la radio, les leías en los periódicos y sus libros nos restaban sueño en cualquier noche recomendable de esas que ya no quedan, porque era costumbre leer antes de acostarse. ¡Ahí si todo el mundo leyera un poco más de lo que lo hacemos! Entonces no existiría tanta mediocridad contaminante. Entonces la televisión no seria el bodrio actual que es. Entonces y solo entonces el mundo daría un giro tras preguntarse cómo es posible que determinadas personas no leídas (y por lo tanto sin cultura) hayan llegado a ocupar el poder de algunos de los países más poderosos del mundo. Doy la pista pero pongan ustedes los nombres.

Nunca escuché nada a Íñigo sobre el Twitter. Es seguro que no lo consideraba como una comunicación elegante, contrastada y, sobre todo, útil a la sociedad en cuanto a aprender. Pienso que su gran virtud, tan escasa entre nosotros, era reconocer la labor de los demás. Aquí se estila alagar cuando estas arriba y machacar cuando tienes un traspiés. Lo raro es estar siempre a la altura, y es a esto a lo que se le llama referente, algo que solo tienen los auténticos líderes, comunicadores y las grandes personas, todas ellas con cabeza, corazón y alma. Nadie borró del mapa profesional a José María, y mira que tenemos ejemplos para dar y tomar de todo lo contrario. Ha quedado muy claro, él era él: único. Se ha dicho todo y se dirá más con su marcha definitiva. Este recuerdo, claro está, va para él, pero también pretende ser un alegato para todos aquellos que anhelan emular a los mejores profesionales, en este caso del periodismo. Las claves hay que buscarlas en el trabajo, tesón, aprendizaje continuo, escuchar y un comportamiento humilde y sencillo (esto último muy difícil de encontrar en una sociedad cada vez mas engreída de si misma). Al acabar, no me extraña recordar tan intensamente los 80 y 90, ya que en aquel ambiente había algo difícil de explicar que no se aprecia ahora. Antes de la gran crisis económica, ya estábamos inmersos en ella sin saberlo. Cuando Lehman Brothers quebró arruinando a tantos ahorradores y futuros pensionistas, ya estábamos escasos de buenos referentes. Con la muerte de José María Íñigo la lista se acorta más porque hizo rematadamente bien eso que decía Molière sobre esforzarse en vivir con decencia, dejando a los murmuradores que dijeran lo que les viniera en gana.

  “Aquí se estila alagar cuando estas arriba y machacar cuando tienes un traspiés”

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