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13.245 QUEJAS EN CERCANÍAS RENFE CANTABRIA

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El título de este artículo es bien claro. Solo falta precisar que las 13.245 quejas de los usuarios de cercanías Renfe en Cantabria se produjeron durante todo el 2017. Es pronto aún para predecir lo que ocurrirá en este año, porque es cierto que hay un anuncio de llegada de 28 nuevos trenes, pero los problemas del sistema ferroviario cántabro requieren de una cirugía drástica. Esta urgente intervención viene avalada por el  diagnóstico actual más que preocupante: solo el 50 por ciento de estas reclamaciones tiene que ver con que los trenes fallan o se paran.

Es verdad que en España nos quejamos por todo, pero no es menos cierto que en Cantabria no es así. Por eso, cuando el 2017 arroja un total de 13.245 quejas motivadas por el mal funcionamiento o deficiente servicio prestado en los trenes con los que Renfe cercanías recorre esta comunidad autónoma, el dato y el hecho son dignos de un análisis en busca de soluciones. El cine siempre ha magnificado los grandes viajes en tren, porque es un hecho cotidiano en la vida de muchas personas. De cuarenta para arriba, quién no recuerda algunos de los títulos premiados del cine como “Asesinato en el Orient Express”, de Sydney Lumet, o “Alarma en el expreso”, de Alfred Hitchock. Sin necesidad de llegar a escenas de película, dentro de un vagón  piensas, reflexionas, lees, conversas y quizás conozcas a quienes pueden llegar a ser nuevos amigos o incluso futura pareja. Si cuando subes a un convoy, la paz y tranquilidad se ven superadas por el estar alerta frente al habitual retraso o avería, adiós al glamour.

 Bienvenidos sean pues los 28 nuevos trenes que van a ir llegando a Cantabria, para no quedarnos tan atrás en tantos y tantos asuntos relevantes, aunque hoy toquemos de nuevo el sinvivir ferroviario. Tras escribir este artículo, puede que un amigo que veo a diario se anime al enterarse que puede incluso que mejore el trayecto Santander-Torrelavega, que tanta contrariedad le produce de habitual. Le preguntaré de paso si se encuentra entre estos más de 13.000 cántabros que denunciaron el año pasado fallos en los trenes de cercanías. Valdría la pena conocer el contenido de tantas reclamaciones, ya que el 50 por ciento de ellas (es mucho) tuvieron que ver directamente con las averías en los propios trenes. El otro 50 por ciento hay que repartirlo entre el mal funcionamiento de los motores, trabajos en la vía, fallos de los operadores, la electrificación, etcétera, etcétera.

 “El 50 por ciento de las reclamaciones tuvieron que ver con las averías de los trenes”

Cuando se habla del abandono de los servicios ferroviarios de cercanías, por ejemplo en Madrid, se achaca mucho a los recortes y ajustes de la última gran crisis económica que hemos padecido. Pero es que lo de Cantabria viene de mucho más atrás. A la falta de un tren de alta velocidad, como tienen el resto de comunidades autónomas, aquí se suma un deficiente sistema de ferrocarriles de cercanías, una vía muy vieja y una catenaria, que a estas alturas, y de tanto que se habla de ella, merecería ya una canción por parte de Bustamante. Es un conjunto de todo, abandono durante demasiados años, y cuyo coste de puesta al día se menciona en demasiadas ocasiones como una cantidad muy respetable, que no justifica en absoluto que los habitantes de una región padezcan semejantes retrasos en sus transportes públicos. Al hablar de lentitud, son tanto por los modelos de trenes, así como su velocidad y eficacia en la llegada a cada punto de destino.

No es como para cruzarse de brazos, porque el trabajo que tiene por delante Cantabria para ponerse al día en infraestructuras ferroviarias es formidable. La disposición requiere de una inversión continuada, porque el último plan aprobado por el Ministerio de Fomento a nivel nacional lleva fecha de 2017, hasta el lejano 2028. Antes de la crisis ya había otros planes que cayeron en el pozo del olvido por los ajustes en todo que la Comisión Europea exigió a España para no rescatarla. Si se pretende que los usuarios crean, han de ver. Hay que empezar por agilizar al máximo la incorporación de los trenes más modernos de cercanías aprobados para Cantabria. En los últimos veinte años, nos hemos rasgado las vestiduras por la pérdida de viajeros en los transportes públicos, y especialmente en el tren. No hace falta ser adivino para averiguar las causas. Si sabes que vas a llegar tarde al trabajo, a la escuela o la universidad, no lo coges. Si no tienes seguridad alguna sobre la puntualidad en su salida o llegada a su destino, pues más de lo mismo. Quedarte ya tirado por el camino, y que suceda un mes sí y otro también, eso ya tiene delito. Exactamente, 13.245 quejas dirigidas a Renfe durante el 2017 son suficientes como para apremiar en los planes que hay para esta magnífica región maltratada históricamente en la mejora de todas sus infraestructuras, empezando por las carreteras. Ya veremos los cambios a mejor que podremos celebrar en este nuevo año, y que tendrán que ver con en el aumento, mantenimiento o descenso del número de quejas individuales por los disgustos de coger uno de estos últimos trenes que demandan un relevo inmediato. Acabar con los nervios de los usuarios bien vale la pena

  “La pérdida de viajeros está motivada en saber que vas a llegar tarde al trabajo, el colegio o la universidad”

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El despertar de Cantabria

Cantabria

Yves Sant Laurent, el gran diseñador de moda francés, dijo en cierta ocasión que lo único que lamentaba era no haber inventado el pantalón vaquero. Era puro talento, podía tener un sueño irrealizado, pero jamás se anclaba en las lamentaciones. Cualquier prosperidad se debe ante todo a las personas y sus aspiraciones. Así llegamos al despertar de Cantabria, una comunidad que no ofrece actualmente salidas a sus jóvenes en edad de trabajar, algo que no es irreversible porque anhelar es alcanzar, y persistir es despegar.

En una de las tantas lindas poesías escritas por el maestro Manuel Alcántara, lo deja dicho: “No hace falta salir de casa para hacer balance de lo nuestro”. Y es que el primer Premio Pick a los Valores Humanos también nos descifra que podemos tener la suerte de provenir de lugares dignos y desarrollados, en los que hay unos campos con sus correspondientes cosechas y, sobre todo, unos hombres y mujeres “con sus ríos, su sol y sus montañas”. Hasta aquí, todo idílico, pero el porvenir no crece en los árboles y los escritores recogemos los sueños, esperanzas y críticas en el papel o los digitales, aunque más seguro es pensar y decidir ahora lo que haya de venir mañana respecto a recuperar el crecimiento económico. En este largo impás estamos en Cantabria con respecto al futuro. Quienes mejor lo saben son los jóvenes que marchan en busca de las oportunidades que no les ofrece su propia tierra.

Dentro de la ética y los valores que nos inculcan desde pequeños, al menos en este lado del mundo, nos educan en pensar lo que queremos ser el día de mañana. Nuestros pensamientos habituales están en estudiar o trabajar, ir a la universidad o tirar por el emprendimiento de un negocio, formar una familia o al menos planteártelo siempre y cuando las cosas vayan bien, lo que significa tener un trabajo seguro. La crisis ha quedado atrás, pero  no sus consecuencias. Les concreto más a dónde quiero llegar. Fue insensato propagar la idea de que mejor tener un trabajo por horas y mal pagado, a no tener nada. Se extinguieron hasta los mileuristas, y nuestros jóvenes atienden hoy en gran medida ofertas laborales en las que no hay equilibrio justo entre lo que se pide y lo que se ofrece. Así, no es extraño encontrar denunciables exigencias para ocupar puestos de comerciales o repartidores, a comprobar que la siguiente fase a toda prejubilación de un trabajador es la contratación de personal que va a ganar mucho menos, y también le van a restar derechos laborales a los anteriormente conquistados. A esto habría que llamarlo ir para atrás; en cambio, se cuenta como avance, y así es como llegamos a la postverdad, que no es otra cosa que contar las cosas de manera falsa, imaginaria o mentirosa.

 “Cuando se dice que Cantabria será el lugar idóneo para una sociedad de pensionistas, nos hacemos un flaco favor”

La sociedad, pongamos a Cantabria como ejemplo claro, debe regresar a los tiempos en que el avance se media en planes, proyectos, innovaciones y en mejorar mucho más todo aquello que destaca dentro de la identidad de un territorio, sea la industria, sea la ganadería o sean las pymes. Nunca se gana llevando a cuestas cualquier tipo de pesimismo. No vale elevar solo a la barra de un bar el debate de lo mal que vamos, sin plantear cambios y aportaciones que hacen que una tierra rica lo siga siendo en el tiempo, porque se ha producido una combinación de ideas, impulsos y debates necesarios en pro de la prosperidad general. Cuando se dice que Cantabria será el lugar idóneo para una sociedad de pensionistas, nos hacemos un flaco favor, primero, porque no es verdad y, segundo, porque si nuestros ancestros oyeran semejante mensaje sentirían vergüenza al vernos quietos o conformados con lo que tenemos, incluidos los problemas, la falta de empleo o los graves déficits que tiene la región en infraestructuras.

Una comunidad es lo que fue y será lo que quiera ser. Cantabria siempre ha sido un valor dentro y fuera de España, porque es una tierra con unas peculiaridades muy especiales y voy a destacar una entre todas: aquí acogemos a todo el mundo. El despertar del letargo es como un impulso, una reafirmación de que podemos y lo haremos, sea en forma de contar con unas buenas dotaciones en turismo y ocio, tener mejores carreteras y trenes, potenciar aún más nuestra buena educación, las universidades que tenemos, e invertir tiempo y dinero para seguir levantando prósperas empresas en las que trabajen nuestros hijos. Augurar mejores años es no perder de vista jamás a la juventud que quiere abrirse paso, mejor aquí que fuera. Tenemos una deuda con todos aquellos que se han ido, porque deben vislumbrar oportunidades para regresar, y llegar a trabajar donde siempre pensaron hacerlo. No es un sueño, tampoco un deseo ni una frase hecha. Porque cuando el poeta habla de las bondades y añoranzas hacia una tierra determinada, entiendo que da por hecho que las raíces se fortalecen cuando los campos dan su fruto y la sirena de las rentables fábricas anuncian el fin de una jornada más de trabajo.

  “Esta es una tierra con unas peculiaridades muy especiales y destaca entre todas ellas que acogemos a todo el mundo”

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No hay problema mayor al paro

Los-Lunes-Al-Sol

Que se hable más de un prófugo instalado ricamente en Bruselas, que de los millones de españoles que demandan un empleo, denota la confusión en que nos encontramos. 2018 va a ser igual al 2017: dominará el relato manipulado. Puigdemont quiere controlarlo y con ello desgastar la cabeza, incluso de los que más fortaleza muestran. Siendo España uno de los países más democráticos del mundo, siempre se ha caracterizado por eternizar ciertos problemas. Y ahora este acomodado catalán errante lo es. ¿Hasta cuándo?.  ¡Menuda preguntita!

Hace ya muchos años que vi la película española “Los lunes al sol”, que tan bien refleja lo que es estar parado, querer trabajar, y que nada ni nadie te lo facilite. Opino que no hay peor gusto que soltar una frase grandilocuente sobre el desempleo ajeno, desde la posición cómoda que conlleva tener una ocupación fija. Por eso no veo conveniente recordar, aquí y ahora, lo que fulanito o menganito piensan sobre la economía, la superación de la crisis o la creación de empleo, porque lo que realmente asombra es lo mucho que se habla en los medios de comunicación de los problemas actuales que tiene el país, y parece como que el paro no está entre ellos.

Mientras Puigdemont se hace asiduo de los cafés de Bruselas, en el país más al sur de Europa todo son cábalas y predicciones, hechas en la mayoría de los casos por agoreros apocalípticos. El que vive a lo grande en Bélgica quiere ser como Tarradellas, pero no le llega ni a la suela de los zapatos. Dice un gran periodista, buen amigo mío, de los que aparece todos los días en las teles y las radios nacionales, que el catalán prófugo tiene al Estado en un puño. No creo que vayan por ahí los tiros, porque mi experiencia me dice que quien actúa de espaldas a la legalidad democrática, acaba mal, como va a terminar Puigdemont. Luego, no se acordará de él ni el tato, porque aquí, de norte a sur y de este a oeste, estamos hechos de esta pasta.

 “Cantabria es una damnificada de la situación catalana, al ser una región necesitada de mayor atención”

Pero mientras este turista rico en Bélgica decide si entra o no en la cárcel, es verdad que hay muchas cuestiones interiores que están en el aire, empezando porque un país como el nuestro no puede estar sin aprobar los Presupuestos Generales del Estado, del que dependen muchas políticas, empezando por el paro, el desempleo o las inversiones en infraestructuras en las diferentes comunidades autónomas. Cantabria, sin ir más lejos, es una damnificada de esta situación, porque de Cataluña se van las empresas, sí, y se ve venir que se irán muchas más, pero su situación económica privilegiada nada tiene que ver a otras que necesitan de mayor atención.

Por lo tanto: que nadie diga que hay problemas mayores al paro. Pero se habla solo de Cataluña. Pero Puigdemont se hace omnipresente. Pero no hay presupuestos. Pero parece que hay un frente común constitucional en contra de toda ruptura territorial en España, aunque hasta el inteligente discurso hecho por Felipe VI en el Foro Mundial Económico de Davos encuentra inoportunas, aunque libres, críticas. En todo caso, y aunque un absurdo Puigdemont pregone a los cuatro vientos lo contrario, uno que está muy viajado, encuentra en su país a una gran sociedad libre y plural, con garantías de que quien la hace, la termina pagando.

Bien: tenemos un nuevo problema nacional surgido en 2017, y que amenaza, como la siesta, con hacerse fuerte ya para siempre. Este problema se llama el relato. Aquí lo que importa, como han mostrado (tan bien) Puigdemont, Juqueras, Forcadell, los Jordis, Guardiola y Lluis Llac, es dominar el relato y hacer de él un tema machacante las 24 horas del día y los 365 días de cada año. Si terminas en la cárcel por atentar contra las leyes vigentes, otros sustituirán a los anteriores, como Torrent, el nuevo presidente del Parlamento de Cataluña. Hay algo en lo que no han dejado de ser poderosos que se llama TV3. Y como periodista lo digo: aunque el problema sea el paro, las empresas que emigran o que los organismos internacionales económicos nos miren malamente por el caso catalán, si una tele, como es el caso de TV3, se empeña en que Puigdemont es el presidente de Cataluña, con el 155 o sin el 155, poco hay que hacer, sin decisión firme desde las instancias que deben cortar por lo sano. De ahí que el olfato de antiguo busca noticias y exclusivas me revele que este 2018 va a ser muy parecido al anterior 2017. El problema catalán no está en Bruselas, y no lo digo porque viva allí el pesado de Puigdemont, sino porque el gobierno no se puede meter permanentemente en las faldas de la Comisión Europea. Es aquí donde hay que solucionar el conflicto de una vez por todas, y deben ser todas las comunidades autónomas, junto al gobierno, las que den el paso decisivo para licenciar definitivamente de la política y la ilegalidad a Puigdemont y todo su séquito.  Si este último se ha instalado en el ruido, debe ser mil veces mayor el que se entone a favor de la democracia, las leyes y el desarrollo y prosperidad dinamitados, que solo pueden venir de la mano del empleo, que está antes que todo lo demás.

 ” Si Puigdemnt se ha instalado en el ruido, debe ser mil veces mayor el que se entone en favor de la prosperidad dinamitada”

 

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Valdecilla 44 (y II)

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Todo lo que demandan quienes mejor conocen el Hospital Universitario Marqués de Valdecilla, sus profesionales, es razonable. El Estado tiene con la autonomía una deuda de 44 millones de euros correspondientes a la finalización de las obras por levantar los nuevos edificios de este magnífico complejo sanitario, que cada año sube puestos entre los mejores hospitales públicos españoles. Siendo así, no puede estar sometido a este tipo de vaivenes, ni tampoco a la falta del personal necesario que contribuya a mantener este buen nombre, hoy, mañana y de cara al futuro.

Valdecilla, 44, no es la dirección postal del hospital de referencia de Cantabria, y uno de los más importantes de España. Más bien, el número se refiere al pago pendiente por parte del Estado del dinero comprometido para llevar a cabo en su día la tercera fase del Plan Director de Valdecilla. Quien lo diría: para los signos del cosmos, el número 44 simboliza orden, justicia social, y un ejemplo de actuación que guía el buen camino a seguir por los demás.

El Hospital Universitario Marqués de Valdecilla acabó 2017 en el puesto 16 de los mejores hospitales públicos españoles. Si tenemos en cuenta que por delante solo tiene a centros asistenciales de grandes capitales como  Madrid, Barcelona, Valencia o Sevilla, la valoración del centro cántabro tiene un gran mérito. Además, ¿qué diferencia a Valdecilla de hospitales como
La Paz o el Gregrorio Marañón de Madrid, o el Clinic o Vall d’Hebron de Barcelona? Pues que estos últimos no están pendiente de pagos atrasados por parte de nadie, algo fundamental que no obstaculiza su desarrollo o disminuye su capacidad asistencial.

  “Valdecilla solo tiene por delante a hospitales de grandes capitales como  Madrid o Barcelona, algo que tiene un gran mérito”

Tendemos a hablar y alardear de Valcecilla como una de las vacas sagradas de la Comunidad Autónoma de Cantabria. Pero luego somos incapaces de mantener a este complejo sanitario de primera fuera del debate político-social-económico, generador de consecuencias que pueden contribuir a lastrar un desarrollo, una proyección nacional e internacional, que los componentes del equipo humano médico de antes y de ahora (sin olvidar ningún servicio) han contribuido a situar dentro de este panorama general de reconocimiento a lo que es y supone el Marqués de Valdecilla. El centro es referencia mundial en trasplantes; y nadie le tose en especialidades como Radiodiagnóstico, Cirugía General y del Aparato Digestivo, además de Neumología.

Seguro que si hacemos un estudio comparativo sobre el cómo y el por qué de los diez primeros hospitales públicos españoles nos encontramos, de entrada, con una mayor dotación en personal. Así es: medios y tecnologías no son  el problema de un sistema sanitario nacional que, pese a la insistencia de los recortes de la crisis y la postcrisis, es un ejemplo dentro y fuera de Europa. Lo que ha sufrido de manera extraordinaria en el peor momento de esta crisis tan longeva es sustituir al personal jubilado, aumentar plantillas en los servicios sanitarios más necesitados, y cubrir bajas y periodos vacacionales y de mayor riesgo pandémico como merecen estas situaciones de riesgo para los pacientes y colapso para hospitales y ambulatorios. No hay un razonamiento aplastante a si estamos mejor tras la crisis, porque las infraestructuras públicas del Estado de Bienestar, dependientes del Estado y de las Comunidades Autónomas, están tocadas aunque sea muy difícil encontrar reconocimientos oficiales al respecto.

Valdecilla ha superado etapas, incluida la última que ha colocado al hospital dentro de esa difícil cohabitación de algo convertido en público-privado. En la actual Europa, mucho menos solidaria, se trabaja desde la idea de que para el mantenimiento de las ventajas sanitarias, asistenciales a la dependencia, de pensiones o desempleo, hay que dar entrada a un capital privado que se encargue de determinados servicios que siempre han estado a cargo de los presupuestos generales de los gobiernos. Así, se nos dice que disfrutemos de la sanidad pública, pero con la recomendación machacona de contratar al tiempo un seguro médico privado. Así, se da vueltas y vueltas al el futuro de las pensiones, mientras se desliza permanentemente desde las altas instancias que hay que hacerse  un plan de pensiones que contribuya a asegurar mejor nuestro futuro. Tras este lenguaje tan enredado hay una falta de verdad sobre hacia dónde va el bienestar, y poder asegurar todo lo que ahora disfrutamos a las jóvenes generaciones. Aquí entra Valdecilla y un decidido, continuado y preciso apoyo, pensando siempre en el mañana, y en el hospital de referencia que siempre puede ser. No es admisible mantener deudas con la terminación del Valdecilla actual, porque es un mal antecedente sobre lo que podemos esperar acerca de mantener al complejo sanitario cántabro dentro del mejor ranking nacional hospitalario. Nos podríamos perder en todas y cada una de las necesidades que pueda tener ahora el hospital. Seguro que son reales y, por lo tanto, necesarias de solucionar, atajar o acometer. Porque la visión que debemos tener siempre hacia lo mejor que hemos logrado es sentar las bases hoy, para que dentro de 25, 50 o 100 años, quienes nos sucedan, puedan seguir escribiendo en letras mayúsculas la historia tan brillante atesorada hasta este 2018 por el Hospital Universitario Marqués de Valdecilla.

 “Hay que sentar las bases hoy para que dentro de 50 años se siga escribiendo en letras mayúsculas la historia tan brillante de Valdecilla”

 

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¿Valdecilla a la cabeza, o no? (I)

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Cada país tiene su peculiaridad respecto a lo que presentar como mayor logro dentro de su Estado de Bienestar, y el nuestro es, hoy por hoy, la sanidad. El Hospital Universitario Marqués de Valdecilla puede ser un claro ejemplo de diagnóstico reservado, porque exigimos todo de este referente sanitario, necesitado de más recursos humanos. Como pacientes, deberíamos hacer un reconocimiento explícito al esfuerzo de sus profesionales, y a las posibilidades reales de recibir buena asistencia sanitaria, sin exigir una perfección absoluta que, de no darse, encuentra la crítica inmediata, ¿o no?

Si algo representa y garantiza un estado de bienestar, ese algo es un buen hospital. El bienestar personal pasa a mayúsculas cuando se aborda el Estado de Bienestar y se juntan tres palabras que vienen a explicar la seguridad que debemos de tener hacia el país en que vivimos, capaz de mantener una asistencia pública, pongamos por caso la sanidad, citemos cubrir el desempleo y planteo también facilitar un alquiler de viviendas que se acomode a lo que necesitan nuestros jóvenes en su viaje hacia la independencia de sus progenitores. Muy pocos saben, y me sumo, que el término Estado de Bienestar surgió a finales de los años veinte del siglo pasado. Tampoco es de extrañar el desconocimiento de este dato, si tenemos en cuenta que por aquellas fechas, en concreto en 1929, se produjo la Gran Depresión y los arruinados se tiraban al vacío por las ventanas de los rascacielos neoyorquinos. El origen del concepto es norteamericano, “New Deal”, un país en el que, si no tienes seguro médico, no te atienden y te echan de cualquier hospital. La expresión fue a más en todos los aspectos cuando Suecia, ya en Europa, la bautizó como “WelfareState”, y así se explica la sanidad universal.

Como esos programas informáticos infalibles, que siempre tienen una puerta trasera para el acceso de los malos, la del Estados de Bienestar son las crisis económicas y los hombres de negro enviados desde el Fondo Monetario Internacional para demoler lo que cargue en exceso los presupuestos de los países pertenecientes a dicho organismo. De ahí que estos acechadores pusieran en práctica en 2007 atajar el último gran bache financiero mundial echando la mano al cuello del Estado de Bienestar, hasta estrangularlo. Pagó el pato primeramente la sanidad, se cebó con la educación y se terminó bajando el sueldo a todos, menos a los de arriba. En este y otro segundo articulo voy a pararme en la situación actual del Hospital Universitario Marqués de Valdecilla de Santander, y los avatares anteriores y actuales que hacen de este icono sanitario un centro de mayor o menor referencia nacional y de mayor o menor referencia internacional. ¡Veremos!

 “Si algo representa y garantiza un estado de bienestar, ese algo es un buen hospital”

Como en otros tantos hospitales del denominado Sistema Nacional de Salud, existen diversos diagnósticos cuando un paciente acude a urgencias. Su estado puede ser calificado como un problema agudo de salud (de corta duración), un problema de salud no agudo que entraña gravedad en si mismo, y terminamos con una tercera posibilidad de un problema de urgencia dudosa, de esos que abundan tanto en la actualidad, hasta llegar a colapsar de continuo las consultas médicas de hospitales y ambulatorios. Me llama la atención la explicación que el lenguaje médico da a los problemas que denomina como subagudos, en los que el mal tratamiento previo o su total ausencia ha permitido la evolución del problema a un estado en el que, si no se actúa con diligencia, poco se podrá hacer. ¿Cuál de estos estados cabe aplicar, no a los enfermos ingresados en Valdecilla, sino al hospital en sí? Mucho me temo que la respuesta se dividirá, dependiendo del grupo interesado en aportar su opinión dentro de una lista (me recuerda a lo de la lista de espera)  en la que aparecen la  política y sus gestores sanitarios, los profesionales, los sindicatos representantes de los trabajadores, los pacientes fijos y, finalmente, los usuarios esporádicos de consultas, análisis clínicos y utilizar en un momento dado las Urgencias de Valdecilla.

De entrada, hay una pregunta incómoda, pero que viene muy a cuento por la falta total de concienciación sanitaria que tiene la población, algo que hace que nuestro grado de exigencia desemboque por momentos en total intolerancia. Esta pregunta es: ¿Qué esperamos siempre de Valdecilla? La respuesta es bien clara, todo, esperamos todo. Y no puede ser así. Un hospital acoge a seres humanos, atendidos por otros seres humanos, cuyo trabajo, dotado como está dotado con un Estado de Bienestar muy tocado, hay que saber valorar. Los ciudadanos deberíamos saber y asumir que el personal de Valdecilla está desbordado, unido a una ansiedad laboral que proviene de diferentes situaciones laborales que no reciben solución alguna, pese a la urgencia aplicar un tratamiento. El Valdecilla actual sigue siendo un gran hospital, vale, pero su mayor y mejor valor es el gran equipo humano que lo integra, al que creo honestamente que no se cuida lo suficiente.

La sanidad, como la misma enfermedad, siempre encuentra en la excusa y la culpa ajena la respuesta socorrida a toda crítica. Cuando más se lamenta el enfermo es con el diagnóstico: “¿y si hubiera dejado de fumar antes y cuidado más?”. En Cantabria, como en el resto del país, tenemos una tendencia natural a valorar lo nuestro poco o nada. Tener lo mejor es luchar por ello, y aquí no se hace porque impera un conformismo pandémico. El Hospital Valdecilla es de lo mejor que tenemos, pero se necesita una conciencia social para defender y atajar sus crecientes problemas, que aumentan como el overbooking de pacientes que acuden a la avenida de Valdecilla, número 25, y que esperan siempre la atención rápida, la cama rápida, la visita médica rápida y la presencia inmediata de la enfermera cuando es requerida. A fin de cuentas, siempre nos hemos jactado de que este gigante de la salud es ejemplar, y los usuarios quieran comprobarlo sin demoras, aunque la defensa de la buena sanidad pública abunde por su ausencia. Y es que entre los pacientes, doy el primer paso adelante, cada vez se estila más la exigencia por la exigencia, que el adiós y gracias tras ser atendido y curado, algo que, en esencia, es lo fundamental en el guión del Estado de Bienestar.

  “Los ciudadanos deberíamos asumir que el personal de Valdecilla está desbordado por diferentes situaciones que no reciben solución”

 

 

 

 

 

 

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