De regreso a las calles, ahora los responsables somos nosotros

En el momento más crítico del Covid nos hemos quedado en casa. Observábamos la acción del Gobierno y las autoridades sanitaras para atajar una pandemia que deja miles de muertos. Los ciudadanos estamos de regreso en las calles, y ahora somos los auténticos responsables de lo que pueda pasar. Mientras se nos pide prevención, mucho del protagonismo de esta nueva normalidad se lo llevan necios, insensatos e   incumplidores.

Confiarse siempre ha estado en las conversaciones de lo que nos pasa de habitual. Confías en ti mismo, y sacas adelante el proyecto soñado. Pero también te confías en exceso, y un negocio puede dar al traste y con ello el patrimonio levantado con tanto esfuerzo, para que finalmente se lo quede el banco. Mirando a un lado y a otro de la balanza, entre la seguridad y el riesgo, cada cual somos hijos de una madre y de un padre. Con el Covid-19 ya pasó al inicio de la pandemia. Ahora es cuando se empieza a reconocer que hubo un exceso de confianza, aunque yo siempre me he inclinado por el hecho de que no se quiso ver, porque ya había alarmas suficientes como para tomar medidas urgentes.

Hoy estamos en la nueva normalidad, otro término acuñado por el marketing político, que se suma a esos otros de confinamiento, desescalada y las fases en las que hemos estado, como quien dice, hasta hace tres telediarios. Son muy claros los comportamientos ciudadanos ante el momento que atravesamos. Unos quieren vivir como siempre lo han hecho. Otros, como es mi caso, esperan que las autoridades sanitarias hayan tomado buena nota de los miles de muertos y contagiados, como para no revivirlo. Cuando escribo el artículo salta la alarma en Cataluña, con el cierre a cal y canto de una parte de Lleida, que afecta a más de 200.000 de sus habitantes. ¿Esto es haber superado el coronavirus? Cuando leo la noticia crece mi indignación. Dicen las autoridades de aquella región que además del virus, este pedazo de rebrote se debe a las condiciones en que trabajan los temporeros de la fruta. Ah, ¿pero no teníamos ya solucionados los derechos laborales que deben amparar a estos trabajadores? Asombrado, se resquebraja mi confianza en que realmente vayamos por un camino de seguridad firme en lo que respecta a nuevos contagios.

Vale que la cuarentena sea ya agua pasada, pero no lo mal que se hizo en ciertos aspectos a reforzar, porque los ciudadanos tenemos derecho a estar informados al detalle de lo que nos acecha. Con tres meses de una economía parada, se entiende perfectamente el mensaje de normalidad que se quiere dar desde muchos sectores, donde los puestos de trabajo peligran seriamente. Toca estar con nuestro país y con nuestros trabajadores, caso de los de Nissan Barcelona, pero, eso sí, haciendo las cosas bien. La prevención es una de ellas, el cambio en ciertas costumbres es otra, y la sociedad debe ser autoexigente para no tolerar estupideces que puedan poner en peligro la vida y el bienestar que nos hemos dado (por cierto, legado de muchos de los mayores fallecidos por Covid).

“Toca estar con nuestros trabajadores, caso de Nissan, haciendo las cosas bien. La prevención es una de ellas y el cambio en costumbres”

Este verano no va a ser igual a los anteriores, porque las fiestas principales han sido suspendidas en todo el país. Pero los españoles no necesitamos citas o convocatorias concretas para montar nuestros propios saraos. Los brotes están viniendo mayormente del contacto social, para concretar mejor, de falta total de una pertinente distancia, y con la mascarilla bien puesta. Se ve a diario por las calles y también en los negocios. Opino que la gran mayoría de ciudadanos y empresas cumplen con las normas sanitarias preventivas. Pero a nada que no lo haga una minoría, nos va a dar igual a todos los demás. Hay que ser tajantes: el virus sigue aquí, y por tiempo. Para muchos, pareciera incluso que no ha ocurrido nada, que han disfrutado de unas largas vacaciones en casa, y podrían seguir así, sin pegar un palo al agua. España está en un laberinto y salir de él no es tarea fácil. Somos un país turístico. Con potente industria del automóvil. Con unas pymes capitaneadas por autónomos luchadores como pocos. Con una hostelería envidiada en el resto de Europa. Con un sector empresarial, en definitiva, que es el que puede sacar, de verdad, a España de su atolladero.

Todo está en veremos por la necesidad de prevenir, de anticiparse, lo que no hicimos al principio de la pandemia. Hay que decirlo claramente: somos uno de los países más perjudicados por el Covid-19, aunque prefiramos antes hablar de lo ajeno que de lo que pasa realmente aquí. El futuro tiene que ser distinto, bautizado así porque hagamos realmente las cosas bien. Estamos ya a las puertas del homenaje nacional a las víctimas y héroes de esta pandemia. De no haber sido por los segundos, nuestra sanidad, Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado, y trabajadores en general de los sectores más esenciales, como la alimentación, no sé que hubiera sido de nosotros. Será un buen día, el del homenaje, para plantear a la nación que algo así no puede volver a suceder. Por eso estamos en plena reconstrucción e intentos de pactos políticos para ello. Y, lo importante y definitivo, es que cada español es responsable a partir de este momento de lo que pueda suceder al conjunto de lo que llamamos y sentimos como un gran país. Manos a la obra pues.

“La gran mayoría cumple con las normas sanitarias y preventivas. Pero a nada que no lo haga una minoría, nos va a dar igual a todos los demás”

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Del “Quédate en casa” a no hacer puñetero caso

Hablar tan a la ligera de postcovid es una irresponsabilidad, pero la economía manda. Tras la cuarentena, el desconfinamiento y las fases, asistimos ahora al pasotismo de mucho insensato, que actúa de manera irresponsable frente al coronavirus. Lejos de cambiar en positivo, se aprecia falta de consideración hacia muertos y  contagiados, que no son más por la heroicidad sanitaria y de miles de trabajadores que siguieron en sus puestos, mientras los demás coreábamos el “Quédate en casa”.

No hay postcovid, porque todavía estamos en el ojo del huracán de la pandemia, aunque muchos no lo quieran aceptar. Sucede tal como lo dijo el gran José Saramago: “Cada uno ve el mundo con los ojos que tiene, y los ojos ven lo que quieren, los ojos hacen la diversidad del mundo y fabrican maravillas, aunque sean de piedra, y las altas proas, aunque sean de ilusión”. Ahora toca no dar sensación de shock y colapso por todo lo sucedido, y, verdadera y desgraciadamente, los españoles olvidamos demasiado pronto.

Durante la cuarentena, aunque se habló mucho de ello, especialmente por la multitud de cursiladas emitidas por todas las televisiones españolas, no hemos cambiado, para bien, en nada. Al menos, yo no lo aprecio por ninguna parte. Lo que veo es a mucha gente que no cumple con las recomendaciones de las autoridades sanitarias. Veo muchas mascarillas tiradas por los suelos. Y veo también que algunos negocios actúan bien y otros van a su puñetero aire. Especialmente, lo de las salas de fiestas, es para intervenir ya. Todo esto es mayormente lo que veo.

En medio de todo, tampoco comprendo la actitud de los más jóvenes, corriendo los riesgos que corren. En realidad, a los pocos días de iniciarse el confinamiento, en este mismo periódico, ya predije que íbamos a pagar caro la información tan light que Gobiernos y medios de comunicación estaban haciendo en el día a día del coronavirus. Ahora ya es opinión generalizada  que hubiera sido necesario mostrar las imágenes de la cruda realidad de lo  sucedido realmente en España, porque como mantengo, el mal comportamiento de mucha gente da para pensar que han olvidado todo, si es que alguna vez percibieron el golpe tremendo que multitud de familias, las de los muertos principalmente, se han llevado por causa del Covid-19.

  “No hemos cambiado para bien. Veo a mucha gente que no cumple las recomendaciones y negocios que actúan bien y otros que van a su aire”

Entiendo que hay que abrir la economía porque es la que tira de nuestros empleos, generadores del dinero que necesitamos para vivir. Pero es que este bendito país pasa del todo a la nada, de un día para otro, dando la sensación de no haber aprendido nada de todo lo malo que nos ha sucedido. No es posible olvidarlo porque el coronavirus sigue entre nosotros, al acecho dañino, y nos puede volver a dar un susto morrocotudo que lleva por presagio el nombre de rebrotes.

De ninguna manera se puede permitir que el egoísmo nos lleve a olvidar todo lo que han hecho los héroes sanitarios, el Ejército, las diferentes policías, Protección Civil y toda la relación de trabajadores de diversos sectores estratégicos que se han jugado la piel por los demás, mientras la mayoría disfrutábamos del “Quédate en casa”. Por eso de que estamos en momentos aún muy delicados, no se puede bajar la guardia por nada, ni por fiestas, ni por quedadas, ni por ocupar en multitud espacios urbanos.

 Si algo he aprendido de lo ocurrido es lo esencial de la distancia social, y el uso de mascarillas cuando veamos que la inseguridad es patente. Los malos comportamientos van a ser habituales, porque lo queremos todo. Es nuestra forma de ser, equivocada, pero lo es. Ya que he empezado citando a Saramago, termino igualmente con él. Este Premio Nobel de Literatura apreció que “el humano es un ser que está constantemente en construcción, pero también, y de manera paralela, siempre en un estado de destrucción”. Desolación es Covid o coronavirus y muchos los interrogantes sobre el qué y quién lo ha provocado. Cuando de verdad llegue el postcovid, las preguntas serán muchas en busca de la verdad. Deberíamos exigir a los gobernantes todas las respuestas, para dar un ejemplo a la única manera de cambiar este penoso mundo actual sin rumbo: la educación. Una educación que ha de volver a las aulas con garantías de seguridad y de que realmente todo se ha superado. Pensarlo ahora, creer que el bicho está muerto y enterrado, es un simple espejismo. En cambio, que muchos ciudadanos pasan olímpicamente de extremar los cuidados en las calles, en las empresas, en los bares y en restaurantes, eso sí que es una realidad.

“Trabajadores estratégicos se han jugado la piel por los demás, no se puede bajar la guardia por fiestas, ni por ocupar en multitud espacios”

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El racismo que mutó del siglo XX al XXI

Si Estados Unidos retrocede en derechos entre ciudadanos blancos y negros, el resto del mundo ya puede asistir preocupado a lo que, realmente, toca vivir en este siglo. Antes del Covid-19, coincidente con los disturbios raciales por la violenta muerte del ciudadano afroamericano George Floyd, las alertas habían avisado suficientemente sobre el aumento del racismo. Pero determinada política, representada por nombres muy concretos (el principal hace sus proclamas por Twitter), se basa en tensar la cuerda de la convivencia, hasta romperla.

En teoría, cada generación nueva disfruta de avances políticos, sociales y económicos, dejando atrás momentos en que se vivieron rancios episodios,  acordes a siglos y años en los que el desarrollo a través de los avances estaba por llegar. Repito: en teoría. De consultar hoy a la población adolescente de 2020, si recuerdan que hubo un tiempo, no tan lejano, en que blancos y negros estaban segregrados, de tal manera que no podían relacionarse, ir juntos en autobús o bañarse en mismas playas, es seguro que muchos jóvenes tacharían de flipado a quien les preguntara por esta circunstancia. Esa historia la dan por superada y, con ello, no recordada. Pero el Apartheid, o los blancos imponiendo su ley a los negros, duró en ciertas partes del mundo, como Sudáfrica, hasta el año 1992. Solo han pasado 28 años.

Tampoco me apuesto nada, por eso de que leer hace cultura y desconocimiento no hacerlo, con qué respuesta nos toparíamos si preguntamos por Martin Luther King. Este líder negro fue asesinado por sus ideas (la igualdad de derechos entre blancos y negros en Estados Unidos) en 1968. Hubo grandes disturbios en aquel entonces, al igual que los que acechan hoy hasta la propia Casa Blanca, en respuesta a la brutalidad policial que segó la vida, el 25 de mayo del año en curso, del ciudadano afroamericano, ya mártir, George Floyd.

La superación de todo lo malo acontecido durante el pasado siglo XX, con un colonialismo en la base del racismo al que condujo y dos guerras mundiales impulsadas en gran parte por los fascismos, parecía que desde la ONU y sus postulados el mundo se conducía por la regla de universalizar los derechos junto a la erradicación de las desigualdades. Y de repente, bajo la presidencia más surrealista que ha tenido Estados Unidos, ostentada por el magnate tuitero Donald Trump, las protestas raciales se expanden a lo largo y ancho de la primera potencia mundial, incluso tachada así por su avanzada democracia, sin certeza política de lo que puede ocurrir en lo sucesivo, porque el gigante norteamericano sigue manteniendo una deuda con su propia historia de esclavitud, segregación y racismo, que llega hasta un siglo XXI que fue tachado de periodo marcado por el progreso y la innovación. Espero que los que así lo predijeron no ostenten cargos de auténtica responsabilidad para el futuro de todos, marcado ahora por el Covid-19, una crisis económica y social galopante, y un retroceso bien visible en los derechos como puede ser la perfecta convivencia entre distintas razas.    

“Hubo un tiempo en que blancos y negros no podían bañarse en las mismas playas, pero el Apartheid duró hasta 1992, solo han pasado 28 años”

Cada país tiene lo suyo con el coronavirus; hemos asistido a ocurrencias políticas para frenar la pandemia que no tienen un pase (Trump y Jhonson), pero lo sucedido en Estados Unidos con el caso de George Floyd abre una auténtica grieta que apunta a que el racismo cobra una fuerza inusitada. Lo mismo cabe señalar de aquellos países ricos, principalmente por el petróleo y las energías, pero anclados en unas sociedades que discriminan a sectores de población, a la cabeza de los cuales está la mujer.

No me gusta el papel que juega Europa y lo que se supone que son nuestros  valores esenciales dentro de estas lacras sociales. Se debe a que en todo imperan los intereses. Siempre ha sido así, y con el cambio de siglo nada ha cambiado. Pero además está que la UE ha construido su propio blindaje contra la migración, que considera letal para sus intereses de ser y seguir como siempre, lo que la aleja de todo objetivo del milenio, caso de la Agenda 30 en España, que va de conseguir un mundo más justo desde el decidido apoyo a los países subdesarrollados. Con los graves problemas económicos y sociales que hay en las naciones que pueden impulsar cambios, no es posible albergar optimismos creíbles.

La auténtica agenda que hay que abordar es la que llama a las puertas en este momento. La reconstrucción tras el coronavirus implica también legislar con total convencimiento, contra el racismo, la desigualdad, el maltrato al papel de la mujer en determinadas sociedades, más la seguridad migratoria que se apoya en pagar miles de millones a países (Turquía) que hacen de freno a las personas que huyen o emigran, en busca de una mejor vida. En muchos de estos aspectos no podemos decir que estemos peor a lo conseguido en la última parte del siglo XX, pero si afirmar que no se ha avanzado tanto como pensábamos. Sin ir más lejos, es lo que está demostrando la Administración Trump. A los avisos anteriores, a un lado y otro del Atlántico, sobre que el racismo crecía y la intolerancia aumentaba, nadie contestó debidamente. Vivir al tiempo una epidemia mundial con disturbios en las calles norteamericanas al grito de libertad, igualdad y fuera segregación, nos sitúa en el auténtico pronóstico de por dónde va realmente este maldito, este condenado, siglo XXI.

“Vivir al tiempo una epidemia con disturbios al grito de fuera segregación, nos sitúa en el auténtico pronóstico de por dónde va este maldito siglo”

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Nuevo mazazo al medio ambiente en forma de mascarillas por los suelos

La imagen de mascarillas y guantes usados y tirados por los suelos resulta ya cotidiana. Tan sucio comportamiento encuentra muchos nombres, cerdos, marranos, cochinos… Ningún cambio podemos esperar de los mequetrefes de turno, que no han recibido la debida instrucción en casa para saber vivir en comunidad. Lo verdaderamente importante es insistir a las generaciones educadas en el respeto al medio ambiente, sobre que nada nos desvíe de reclamar respeto sagrado al planeta para que cese su permanente destrucción.

Antes del coronavirus, la crisis mundial que estábamos dilucidando era la del calentamiento global. Como con el Covid, las potencias no estaban de acuerdo en nada, y por eso la pandemia ha dejado ya claramente al descubierto que el mundo no se entiende, ni pone empeño alguno en ello. Incertidumbre es el término más preciso  a la hora de hablar de futuro, de ahí que lo más inteligente sea ver lo que sucederá a corto plazo, día a día, semana a semana, mes a mes, para no incurrir en un excesivo pesimismo, pero tampoco en el optimismo antropológico e iluso de Jean-Jaques Rouseau, ese que nos describe como buenas personas por naturaleza, aunque es la sociedad la que nos corrompe. ¡Ya!

En todo caso, la pedagogía rousseliana conecta con cuestiones que nos pasan de habitual, que nos buscamos, por eso de que nacemos libres, pero por todas partes estamos encadenados, que hoy es mejor explicar como que no aprenderemos nunca de nuestros errores. Incluso con la diferencia de culturas, costumbres, valores mermados y conflictos bélicos permanentes,  hemos alcanzado tal desarrollo, que un golpe como el coronavirus ha roto el esquema, sin saber si habrá un regreso a la normalidad que conocían lospueblos, salvo aquellos que han convivido siempre entre miseria, mierda y enfermedad, como es el caso del Cuerno de África.

Con el Covid-19 vamos a retroceder abruptamente en la economía, pero se nos ha presentado inesperadamente la oportunidad para comprender desde una corriente ante todo social que no debemos seguir así. Estoyde acuerdo con aquello que se propugnaba durante los días de cuarentena obligada, acerca de que la Tierra podía,  por fin, permitirse un respiro en las agresiones habituales por contaminación y devastación en cualquiera de su formas, que son multitud.

“Hemos alcanzado tal desarrollo, que el coronavirus ha roto el esquema, sin saber si habrá un regreso a la normalidad que conocían los pueblos”

El Cambio Climático sigue ahí, no se va a ir, y a los problemas medioambientales del planeta se ha sumado un virus extendido por todas partes, que hay que terminar controlando, por la cuenta que nos trae. Con miles de muertos y contagiados, con una sanidad arrasada, con el bienestar torpedeado, debería ser escarmiento suficiente, pero no estamos hechos para reconocer errores ni pedir perdón. Los líderes actuales del mundo, mucho menos. Solo hay que constatar la actitud soberbia de países como Estados Unidos, China, Rusia, Inglaterra, Corea del Norte o Irán, y sus respectivos representantes políticos. La UE y sus miembros ya no son ejemplo tampoco en nada. La salida a la actual crisis sanitaria acarreará más diferencias, por lo que supondrá el acceso a la vacuna que se investiga (¿quién primero?), sobre lo que hay más noticias fabricadas que evidencias reales de avances científicos.

En la sala de espera del antídoto que llegue, no queda otra que convivir con la prevención que nos proporcionan mascarillas, guantes, caretas y una amalgama de desinfectantes químicos con poco sentido y mucho daño colateral. Es obligación de todos exigir un uso correcto de soluciones coyunturales (esperemos), para no causar más daño al ecosistema debido a este vertiginoso aumento de más residuos incontrolados. Las calles vuelven a albergar vida y bullicio, al tiempo que atravesamos aceras con mascarillas tiradas.El vamos a salir adelante debe contemplar la demanda ciudadana de hacer un uso y desecho correcto de este tipo de protecciones contra el virus asesino, dando por hecho de que los que nunca han cuidado su entorno van a seguir con las mismas cerdadas.  

Todo lo que habíamos conseguido en la protección del medio ambiente va a sufrir un enorme paso atrás. Por eso los llamamientos a no contaminar deberían reforzarse e incluso ampliar su castigo penal. No podemos permitir que las generaciones que ya están educadas en la protección de la naturaleza  lo inunden todo de mascarillas y guantes usados. Aún no existe suficiente reacción social ni mediática a las nuevas imágines que ofrecen ciudades, pueblos y espacios de especial protección, ensuciados con las consecuencias del Covid-19. Puede que al principio del contagio masivo fuera pedir mucho al mismo tiempo que la pandemia truncaba miles de vidas. Pero ahora que no se habla de otra cosa que de la vuelta a la normalidad, debiera de aumentar la implicación de seguir con el cuidado del medio ambiente, la lucha contra el calentamiento del planeta, y la búsqueda de acuerdos que salvaguarden la vida en la tierra. Ha de ser la reivindicación y el activismo social el que imponga a las naciones un freno a la destrucción de los mares, las especies, y los entornos más frágiles, como es el caso del Amazonas. Que el Covid lo ha trastocado todo es evidente, pero no debemos renunciar jamás a proteger la naturaleza. Harespirado tranquila mientras estábamos confinados en casa. Resulta inexplicable destruir lo que nos da todo sin pedir nada a cambio, pero en eso estamos desde el primer día en que poblamos este hermoso planeta, y nada hace presagiar que cambiaremos de actitud, de ahí l necesidad de la voz ciudadana.

“No podemos permitir que las generaciones educadas en la protección de la naturaleza lo inunden todo de mascarillas y guantes usados”

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Lo que el confinamiento deja al descubierto del sistema educativo

El Covid mandó a casa a millones de estudiantes españoles, sin Plan B, para que el curso escolar resultara igual de útil mediante la educación online (quien la haya tenido).  El sistema educativo es una cosa, porque marca la agenda oficial y pone los medios, y el profesorado otra. Este último ha  demostrado que la vocación mueve montañas. Sería bueno escuchar a los educadores, ya que hasta que la enseñanza presencial no mejore atendiendo sus recomendaciones, la formación digital será tan solo un propósito sin base sólida.

Aunque en España nos llevemos las manos a la cabeza solo una vez al año con las malas notas que nos da el Informe PISA sobre evaluación internacional del rendimiento de los estudiantes, la educación se empuña en muchas más ocasiones como causa del vacio que hay de comportamientos éticos adecuados, cuando hay que explicar las cosas inexplicables que suceden de habitual en este país. Es evidente que la gestión de la pandemia de coronavirus no se ha quedado al margen, ya que hay opiniones para todo, que lo único que ponen de manifiesto es nuestra incapacidad para trabajar en común, y amortiguar así la tremenda crisis que tenemos ya encima.

Durante la cuarentena, y en este mismo medio, fui a artículo diario tocando todos los palos de lo que sucedía con el Covid-19. Pero he de reconocer que con la educación, las aulas vacías, los alumnos en casa y las supuestas clases, trabajos y exámenes a distancia, todo a través del ordenador, opté porque se fuera acercando más el final de curso, para tener una visión aproximada, que no nítida, de lo que ha ocurrido con este periodo escolar. Digo lo de aproximada y no nítida, porque para evaluar bien este daño colateral del coronavirus debería tener en mis manos un estudio al detalle de cómo ha actuado cada colegio, cada instituto y cada universidad. Puedo tener una intuición, que no es buena, ya que con todos los padres que he hablado, no pocos, muestran más descontento que otra cosa. Las consejerías de educación de las diferentes comunidades autónomas deberían llevar a cabo este análisis antes de (como ocurrirá), hablar de un curso salvado y provechoso, gracias a todos los implicados, gestores políticos, administración,  profesorado, sindicatos, padres y, por supuesto, alumnos.

Un teorema, por ejemplo en matemáticas, es partir de un supuesto (hipótesis) para afirmar una racionalidad (tesis), no evidente por sí misma. Voy a probar con el siguiente ejemplo. Si en España el teletrabajo durante la pandemia ha demostrado lo mucho que nos queda por hacer como país en este campo, cómo podemos entonces hablar de una educación a distancia desde casa, si, uno, nunca antes la habíamos ejercitado y, dos, muchos centros, profesores y alumnos no tienen los medios adecuados, principalmente ordenadores, para impartir y recibir clases y lecciones.

“Cómo podemos hablar de educación a distancia, si muchos centros, profesores y alumnos no tienen medios para impartir y recibir clases”

Esta evidencia no debe tapar otro hecho consustancial a la educación en España, Cantabria es un ejemplo claro de ello, como es la vocación de los educadores, algo que a su vez lleva a una responsabilidad digna de ser elogiada. Las crisis económicas se ceban siempre con lo público y no va a ser diferente en esta nueva que emprendemos desgraciadamente en  2020, hasta cuando sea. España tiene por delante retos transcendentales, ya que la recesión va a ser amplia en muchos y diversos terrenos. Pero la reconstrucción debe empezar por recuperar a la sanidad, muy tocada, y al sistema educativo, parecido, donde no basta con dotarnos de otra Ley de Educación, acorde a un nuevo Gobierno. Especialmente, deben primar los medios y dotaciones, pagar mejor a nuestros profesores, y unificar de una vez por todas criterios, porque no resultamos competitivos a nivel europeo con una EBAU diferente por comunidad autónoma. Es solo un grave error de muchos más.

No hablo de volver a centralizar la educación. No, no es eso. Lo que mantengo es que hay que hacerla fuerte, útil, con visión de futuro, sin dejar nunca de lado el necesario esfuerzo y dedicación plena por parte del alumnado. Si al tiempo, el sistema educativo español adapta lo presencial a lo digital, mejor que mejor, porque será el resultado de una sociedad tecnológica que avanza con cabeza, responsabilidad y paso firme.

Si en la educación habitual en las aulas, son los profesores los que más demandan que el estudiante deba centrarse en el esfuerzo, la superación y el respeto al docente y las exigencias y metas que establece, ¿cómo se traslada esa visión cuando el alumno está en su casa y ha de cumplir a través de una plataforma educativa? Habría respuestas para todo, según la situación que se ha vivido en cada hogar y durante la cuarentena. Por eso recalco lo de pensar en clave de futuro, porque lo dejado atrás ya no tiene remedio, salvo todas las aportaciones que puedan hacer los docentes tras lo bueno y malo experimentado durante esta pandemia del coronavirus. La enseñanza online no tiene porqué ser negativa o insuficiente, aunque España parte mal de salida, debido a los fallos en que incurre la educación tradicional, que nos pilló antes del Covid en el absurdo debate de menos deberes para los estudiantes. En muchas ocupaciones, teletrabajar es trabajar más, y me atrevo a decir lo mismo de tele-educar. Tengo constancia de ello por las plataformas universitarias, donde la comunicación con el alumnado es continua, y no se para de  pedir y recibir las pruebas para notas programadas en la agenda inicial del curso. Muchos institutos públicos de Cantabria han conseguido con sus estudiantes unos resultados magníficos, fruto de las 3 palabras mágicas para triunfar en la vida: trabajo, trabajo y trabajo.

“Muchos institutos de Cantabria han conseguido resultados magníficos, fruto de las 3 palabras mágicas para triunfar: trabajo, trabajo y trabajo”

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