Doblegar la cuesta de enero, la económica y la del Covid

Todos parecemos saber lo mal que pintará en el primer trimestre del año entrante, vaticinando una tercera y mortal ola de Covid. Y digo yo: ¿no sería mejor pasar unas Navidades tranquilas y seguras, para que no se cumplan semejantes predicciones? A la hora de plantarle cara al coronavirus, ha sido una constante pretender hacer de todo, y a la vez no contagiarse. Pero no puede ser. A ver si nos enteramos de una vez.

El Covid ha cambiado muchas facetas de nuestra forma de vivir y pensar. En un año cualquiera, celebraríamos las Navidades, y luego ya nos preocuparíamos de la cuesta de enero, pensando únicamente en lo monetario. Ahora, el coronavirus ha quitado protagonismo a la flaca economía que solemos tener pasado el Día de Reyes, tras el dispendio de gastos en las fiestas, y se habla de otra cuesta, la de que aumenten los contagios y las muertes, de no hacer lo debido, algo que pongo en duda, ya que somos como somos.

Es un amigo médico al que profeso un especial cariño el que, refiriéndose a lo que está por venir en asuntos del Covid, me habla de doblegar la cuesta de enero. Admiro a buen número de doctores que trato y velan al tiempo por mi salud, y no les veo demasiado optimistas con respecto a lo que va a pasar durante los meses iniciales de 2021 e, incluso, el año entero. De todas formas, aún es pronto para previsiones, porque tendremos que esperar a cómo se dan estas fiestas navideñas, y el porcentaje de población, de todas las edades, que decide correr riesgos y poner en peligro a los demás.

Dentro de Europa ha habido demasiada desinformación con lo que es el coronavirus, todo lo que destruye, y decir las cosas claras a los ciudadanos para saber realmente a qué atenerse. Aunque hay excepciones. La canciller alemana Ángela Merkel ha representado desde el principio de la pandemia esa política que va con la verdad por delante, sean las que sean las consecuencias. En esta última ocasión, con motivo de las Navidades, ha dicho a sus compatriotas que unas fiestas tan tradicionales y entrañables como estas no son aceptables, si el precio a pagar son casi 600 muertes diarias, como sucede ahora en uno de los países principales de la Unión Europea.

“Admiro a buen número de doctores que trato, y no les veo optimistas con lo que va a pasar durante los meses iniciales de 2021”

¡Cómo no!, tenemos las esperanzas puestas en la vacuna, aunque crece la población, por ejemplo en España, que desconfía de ella y abiertamente anuncia que no se la pondrá. Creo sinceramente que hay que apostar por ella, porque de otra forma estaremos apañados. 2021 debe ser el año de la vacuna y de la reconstrucción de la sanidad, por ejemplo aquí, tan dañada, y dando a sus profesionales un trato preferencial en todas y cada una de sus necesidades y demandas.

Hablar de una similar sanidad a la que había antes del Covid-19, es practicar esa desinformación que pretende que pensemos que estamos bien, cuando mucha de la seguridad que antes teníamos en materia económica y el soporte estatal de  servicios ya no es lo mismo, derribado directamente por las consecuencias de la pandemia. Investigar por ejemplo las enfermedades  más preocupantes, como el cáncer, necesita de impulso y, sobre todo, dinero para conseguir los logros que esperan muchos ciudadanos afectados.

El Covid, con una vacuna tan rápida, es la prueba de que cuando la maquinaría investigadora se lo propone hay respuesta a los gigantescos retos que a veces se nos presentan. La humanidad no tiene arreglo, es lo que demuestra, pero hemos logrado ser únicos en innovación, y la medicina es todo un ejemplo en este sentido. Por eso hay que seguir apostando por ella, y hacerlo más generosamente que en el pasado. Nos sentimos orgullosos de nuestros médicos y demás profesionales que conforman el Sistema Nacional de Salud. Pero no les sabemos apoyar como es debido  en sus justas demandas. Esto sí sería reconocer de verdad todo lo que han hecho para contener el virus en España. Mejores hospitales, bien dotados, con unos profesionales recocidos, para empezar, con mejores sueldos. El coronavirus también nos ha enseñado la necesidad de contar con protocolos en el caso de que nos sucedan otras cosas tan graves. Nadie contaba con la expansión de un virus mortal por todo el mundo, y no había un solo país preparado para semejante hecatombe. Hacer fuerte a nuestra sanidad, a nuestra ciencia e investigación, es apostar de verdad por un futuro seguro que nos haga olvidar la pesadilla actual. ¡A saber cómo conviviremos de habitual con el Covid!, una vez que la vacuna haya cumplido con su finalidad. Ese será otro episodio, ya que lo primero es que Europa y resto del mundo empiecen el año nuevo vacunando a sus ciudadanos, como ya ha hecho el Reino Unido, y mira que es un país que empezó rematadamente mal, con un primer ministro incrédulo, nada más declararse la enfermedad. Aunque es de justicia reconocer que ha dado todo un golpe de efecto con la vacunación masiva a la que está sometiendo a su población. Bienvenidos sean los cambios y giros a mejor, si con ello recuperamos calma y tranquilidad, nuestra vida en definitiva, porque hay un antídoto que nos protegerá de la mayor vileza que puede existir como es propagar este virus. De ahí que quede aún mucho por indagar con respecto al Covid, y hacer pagar a los culpables todas sus consecuencias, ante todo de vidas arrebatadas, que han causado con su inhumana atrocidad. 

“Investigar las enfermedades preocupantes, como el cáncer, necesita de impulso y dinero. El Covid, con una vacuna tan rápida, es la prueba”

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Deseos envenenados para el año entrante

Ni los mejores adivinos saben lo que nos depara el futuro cercano. Para recoger, primero hay que sembrar. Esto no se hace hoy en España, ni tampoco en otros muchos países, inmersos en duras confrontaciones internas. Por lo tanto, hablar de economía, empleo y desarrollo, especialmente mirando a  los jóvenes, exige recuperar sosiego y diálogo, que desemboquen en acuerdos constructivos. Si no es así, las predicciones se quedarán solo en meros deseos.

Quien afirme que no le importa cómo le va a ir en el siguiente año, una de dos, o es un descreído, o miente. Despejar los acontecimientos que pueden venir en el futuro ha estado siempre en la agenda de Gobiernos, científicos, estudiosos, magnates, pitonisas y periodistas. De esta manera se inventaron los planes. Los hay a corto, medio y largo plazo. Cierto: también hay muchos que no se hacen, no existen, y por eso hemos entrado en el gigantesco agujero de crisis creado por el Covid-19, que no tenía protocolo gubernamental alguno, y, de ahí, estar  organizada la protección sanitaria y civil. Para no agradecerlo, como siempre ocurre en este país, los nervios disparados en marzo con la declaración de pandemia, y la gran subida de muertes y contagios en España, en medio de una gran desorganización, no empezaron a calmarse hasta que el Ejército se sumó a los sanitarios, tomando parte en la contención del virus en las calles.

A mí, los reconocimientos en España, principalmente a los sanitarios, pero también al resto de profesionales que han estado en primera línea, plantando cara al  coronavirus, me han dejado muy frio.  Lo bueno o malo que hagamos en el pasado, indudablemente, va a marcar el futuro. Basta revisar nuestra historia como pobladores de este bello planeta para confirmar lo que digo. Siempre hemos sido belicistas, colonizadores de lo ajeno, inconformistas, avaros y especialmente exagerados sobre lo que creemos que somos frente a todos los demás. Algo así como autoproclamarse los mejores del mundo mundial. Hasta que llegan acontecimientos como el aún investigable coronavirus (por qué se ha propagado), y nos damos cuenta, a base de tragedia, que somos una sociedad con pies de barro.

Puestos a elegir una palabra que resuma lo que nos espera en 2021, elijo incertidumbre. España empezará a recibir fondos de ayuda de la Unión Europea, previa presentación de proyectos concretos que se quieran llevar a cabo en cada comunidad autónoma. Lo elegido no es más que la reactivación de la inversión pública, tan falta de recursos económicos, para que nuevas infraestructuras sean visibles e inauguradas como es menester. Pero queda la gran duda de cómo le irá a las empresas, y a los trabajadores cuando concluyan los actuales ERTE en vigor, que pueden desembocar en un paro insostenible para nuestro país. Antes de la primera crisis económica del 2008, y esta nueva del coronavirus, que no se sabe cuándo acabará, la UE tenía pendiente hacer mejor los deberes sobre planes de empleo, con  fuerte inversión en ellos, para que la juventud tenga su futuro asegurado. Este es sin duda uno de los grandes retos a los que nos enfrentamos de manera inmediata, mejorar el trabajo y el sueldo de los profesionales noveles o si lo quieren más claro, terminar con las partes injustas de la Reforma Laboral española.

“Puestos a elegir una palabra que abarque lo que nos espera, elijo incertidumbre. Queda la duda de cómo le irá a empresas y trabajadores”

En esto debería centrarse especialmente España, aunque mucho me temo que la economía y el impulso de la sociedad no resultan prioritarios, a tenor de tantos y tantos debates estériles dentro de un país marcado sobre todo por la confrontación. Últimamente, no dejan de ser curiosos los anuncios publicitarios de grandes marcas, emitidos por televisión, donde, al hablar de su producto, critican abiertamente la falta de acuerdos políticos sobre aquellas cuestiones de Estado que son las más urgentes, y poniendo a los ciudadanos como prioridad de las decisiones y gestión de crisis tan seria y profunda.

No me consuela, pero el otro virus que sufre ahora España, el del surrealismo, se repite en otros puntos del mundo, se hable español, inglés o francés. Nadie sabe a ciencia cierta lo que nos va a deparar este irritante siglo XXI. Ha empezado por quebrar la economía. Ha seguido con la declaración de una pandemia. Y ha continuado con el deterioro de la sanidad general de los países, y quién sabe si se podrá reponer para seguir ofreciendo a los ciudadanos el estado del bienestar al que nos habíamos acostumbrado. ¿Puede haber un año peor a 2020? Pues, francamente, y con los antecedentes que cito, no lo sé. No es cuestión de mostrar optimismo sin datos concretos en que apoyarse, pero sí de hacer un llamamiento a todos los líderes y sociedades mundiales, de cara a sentar nuevas bases que establezcan por dónde debemos ir, en paz, concordia y acuerdo político. De no hacerse, los sobresaltos seguirán siendo la tónica en nuestras vidas, y no se nos puede olvidar lo bello que, de por sí, es vivir.

No dudo que tendrán que surgir nuevas corrientes que impulsen el modelo de concordia perdido,  a la hora de afrontar cualquier cuestión nacional o internacional. Lo cierto es que, hoy por hoy, los deseos de cara al futuro que nos espera están demasiado envenenados. Los ciudadanos somos muy dados a echar la culpa de todo lo que nos pasa a quienes ya saben, pero ¿qué hacemos nosotros?, ¿en qué nos implicamos?, ¿somos realmente lo reivindicativos que requieren los tiempos actuales y los que están por venir? Estas son algunas de las preguntas y las respuestas que interesa abordar, si queremos que el 2021, y más allá, sea mejor que este tétrico 2020.

  “Los ciudadanos somos muy dados a echar la culpa de todo lo que nos pasa a quienes ya saben, pero ¿qué hacemos?, ¿en qué nos implicamos?”

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2020 SE PUEDE IR, TRANQUILAMENTE, A LA MIERDA

Si algo bueno ha pasado en este año, que será conocido por siempre como el del Covid, no me viene en este momento. Pienso mejor en el recuerdo a los miles de muertos, en sus familias, y en el agradecimiento permanente a los sanitarios, lo mucho y bien que han hecho para proteger a la población del bicho. En el punto final de este 2020, mi último pensamiento será para ellos, por el alto precio que han pagado para que los demás sigamos teniendo salud.  

Necesito estrujarme demasiado el cerebro, para encontrar noticias buenas en este maldito 2020. Paso pues de pensar al respecto, antes de nada,  porque no está uno para desperdiciar neuronas, y también porque no vale la pena escarbar demasiado en este año de mierda. Para lo que están haciendo muchos Gobiernos en todas partes, a la hora de meterse en berenjenales de todo tipo, antes de centrarse al ciento por ciento en el Covid, podrían declarar este 2020 como que no ha existido.

Todos hemos cumplido un año más en estos doce meses de asco, y en la mayoría de ocasiones no lo hemos podido ni celebrar. Por lo tanto, sería mejor que no contara y siguiéramos teniendo la misma edad que al terminar 2019. ¡Como se nota que mi cumpleaños ha caído, y es hoy precisamente! No podré hacer lo que quiera, como volverá a pasarme esta Navidad, en la que dejaré de ver a muchos buenos amigos y disfrutar de su compañía en torno a una mesa, en la que echar risas rememorando anécdotas de todo tipo.

Antes de la llegada del coronavirus, la felicidad de la comunidad ciudadana se definía utilizando la conocida expresión de Estado de Bienestar. El bicho ha herido gravemente el concepto, tanto en lo mental como en lo práctico, que es disfrutar de salud, trabajo, un sueldo, techo y comida. Ni el propio Aristóteles contaba con una pandemia futura tan devastadora para el mundo, cuando pensó aquello de que “solo hay felicidad donde hay virtud y esfuerzo serio, pues la vida no es un juego”. Pero semejante verdad no ha convencido nunca a la raza humana para huir de los experimentos bélicos y bacteriológicos, que, tarde o temprano, solo pueden derivar en nuestra autodestrucción.

“La vida no es un juego. Semejante verdad no ha convencido para huir de experimentos, que pueden derivar en nuestra autodestrucción”

Consecuencia de una insaciable avaricia, falta de moral, ética y valores, en 2020 llegó el coronavirus para matar a miles de ciudadanos, contagiar a muchos más, y devastar un sistema sanitario que era lo mejor de ese estado de bienestar. ¡Gracias una vez más, sanitarios! Al tiempo que ocurría todo esto (y en ello seguimos), la unidad exterior y también interior abandonaba a las naciones y sus pobladores, ya que tampoco se estaba preparado para vivir con mascarilla, distancia social, estados de alarma o toques de queda. Los diferentes Gobiernos y gobernantes han afrontado esta crisis, antes desconocida, como mejor han podido. Sería este un tema para abordar más ampliamente, pero baste adelantar que el malestar y la desconfianza crecen en la medida de que se hacen anuncios sobre el Covid-19 que luego no se cumplen.

Los dos semestres de este maldito año los hemos pasado entre olas, la primera y la segunda por coronavirus. No sabemos realmente lo que nos depara, a corto plazo, el futuro. Se platean dudas sobre cómo viviremos, y si se dará un cambio radical en costumbres sociales, porque la distancia de dos metros entre personas marque el quehacer diario en el trabajo, en la calle y en nuestras compras cotidianas. Por cierto, sin esperarlo, estamos inmersos en un cambio digital total, lo que implica que nos traen más la compra a casa en vez de hacerlo nosotros en los pequeños, medianos y hasta grandes superficies. Nadie se libra de esta nueva economía, que acarreará un desempleo nunca antes conocido, acabando con elgran desarrollo que tuvo el mundo en la última parte del siglo XX.

A groso modo y por lo expuesto, así esperamos al 2021. Nada impide apelar a la esperanza, siempre y cuando sepamos reconstruir un mundo a mejor, presidido por la idea de hacerlo más justo y equitativo, y regresando, esta vez de verdad, a las premisas de frenar el calentamiento global, cumplir los objetivos del milenio, sobre todo con el hambre, o erradicar las enfermedades que no padecen los pueblos ricos pero sí los pobres.  Acabar con una pandemia como la del coronavirus genera montañas de mensajes, lo que ha traído a nuestras vidas un aumento vertiginoso de de  las noticias falsas, que nos hacen cada vez más huir de los informativos. Este 2020 bien que lo ha demostrado, con los datos, reales, falseados, manipulados o maquillados. Con importantes mandatarios señalados ya como negacionistas, entre los que encontramos nombres tan destacados como Trump, Jhonson o Bolsonaro. El primero ya ha sido apeado del poder por los norteamericanos, hecho que habrá que tener en cuenta para lo que ocurra en sucesivas citas electorales, según el país del que se trate, y lo que haya padecido por el Covid.  Importará mucho a la hora del voto la gestión llevada a cabo con la pandemia. En todo caso, lo que tenga que ser, será a su tiempo y en su momento. Porque lo que está claro, ahora, es que el 2020 se pude ir, tranquilamente, a la mierda.

“Consecuencia de una insaciable avaricia, falta de moral, ética y valores, en 2020 llegó el coronavirus para matar a miles de ciudadanos”

Nota: Felicidades a quienes han cumplido hoy un año más, entre ellos mi querido sobrino Gabi.

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La Organización Mundial de la Salud debe ser la primera en vacunarse

Habemus vacuna. O, al menos, nos lo aseguran. Me gusta pensar que la humanidad tiene remedio. Evidentemente, soy un  ingenuo, que es como más feliz se vive. Sin embargo, esta nueva oportunidad que se nos ofrece debiera provocar cambios radicales, como terminar con el exterminio de la naturaleza, y reconocer la evidencia de que el mundo no goza de buena salud como decía la OMS, tan desacreditada, incluido en el momento actual  en que poderosas farmaceútidas anuncian que tienen  antídoto.

La gestión de la pandemia por el virus Covid-19 ha estado teñida en todo el mundo de despropósitos, uno tras otro, y al frente de la gran mayoría de ellos estaba la OMS, la Organización Mundial de la Salud, organismo dependiente de la ONU. Desde el confinamiento en España y otros países, la sigla OMS, nos retumba en los oídos por lo que ha dicho, no ha hecho, por dudar en las recomendaciones, y también por sus numerosos errores, que incitan a preguntarse: ¿Dónde están los científicos?

La OMS tiene hasta su propia bandera: un mapa del mundo sobre fondo azul claro, que preside una vara con serpiente enroscada a la misma. Aciertan si piensan que es el símbolo de la profesión médica. En la constitución de este mastodonte burocrático sanitario, se alude a su especialización en gestionar políticas de prevención, promoción e intervención a nivel mundial en la salud. Por cierto, definen la salud “como un estado completo de bienestar físico, mental y social”. Hasta que llegó el Coronavirus en 2020, y se fue todo al garete.

A punto de entrar en el mes 12 del año, ese en el que decimos adiós a un tiempo ya pasado y nos tomamos las uvas o brindamos porque lo que venga sea próspero en general, tenemos en el mundo más de 55 millones de contagios y 1,34 millones de muertos. Las cifras de España, en cuanto a positivos, es de 1,54 millones, y en cuanto a fallecidos, 42.291, cifra esta última del Gobierno, cuestionada desde hace tiempo por muchos medios de comunicación que hacen sus propios cálculos, y que por supuesto superan ampliamente los datos gubernamentales (El País lo titulaba así el 17 de septiembre de 2020: “Una crisis con 50.000 muertos. Los registros civiles han observado un 25% más de fallecimientos de lo normal”).

“A punto de entrar en el mes 12, ese en el que brindamos porque lo que venga sea próspero, tenemos en el mundo 1,34 millones de muertos”

El actual es un nuevo periodo negro del Covid-19, pese a lo cual, de repente, abundan los anuncios de vacunas efectivas por parte de grandes multinacionales farmaúticas, como Pfizer o Moderna, que lo presentan a bombo y platillo. No es para menos. Dicen que estarán inyectadas en los pacientes en los primeros meses de 2021. Un hallazgo tan importante no ha sido difundido por la Organización Mundial de la Salud, sino a través de campañas publicitarias de las propias compañías, que aseguran tener ya en sus neveras el remedio a la expansión del coronavirus. La pregunta se repite: ¿Dónde están los científicos? Los datos son ofrecidos por Gobiernos y farmacéuticas, pero no por comités de expertos, que han sido solicitados hasta la saciedad, empezando por aquí, y la reciente petición de los Colegios de Médicos en toda España.

Necesitamos creer en la vacuna, y que la gente no extienda ya el temor, como sucede, de ¡a ver quién es el guapo que se la pone primero! Planteo que lo hagan los ejecutivos de la OMS, que siempre tarda en dar su opinión sobre todo, y cuando no son las mascarillas, son las distancias, y cuando no los antídotos eficaces. No es de extrañar, así, las burradas de información que han circulado (aún lo hacen) por Internet. Desde remedios, a causas ocultas, intrigas, intereses, etcétera, que al final han hecho más famosas a las fake news o noticias falsas de lo que ya lo eran. Esto es una cosa, y tratar de regular la información, otra muy distinta. A todas luces, es inaceptable, porque la libertad de pensamiento y de opinión forma uno de los pilares de la Constitución Española de 1978.

Evidentemente, y cuando todo esto pase, la OMS debe redefinirse de abajo a arriba. Cabría decir lo mismo de los sistemas sanitarios nacionales, y no digamos nada con la necesaria potenciación de las áreas de investigación epidemiológica. Desde el principio de la declaración de esta gravísima pandemia han faltado nombres de investigadores, y sus opiniones y valoraciones, que, todo hay que decirlo, han dejado solos en muchos momentos a los responsables gubernamentales de la enfermedad. Ha faltado diálogo y unión. Es lo que ha pasado y aún seguimos en ello. De la improvisación frente al virus, ya hemos visto como resultados los contagios de poderosos mandatarios negacionistas. Y no olvidemos, cuando a Donald Trump se le pase el cabreo de perder las elecciones, el resultado de las investigaciones sociológicas, sobre lo mucho que ha inclinado el voto hacia el lado Demócrata la parálisis de los Republicanos ante todo lo relacionado con el contagio de millones de norteamericanos, sin ayuda ni respuetas.  Pero habemus vacuna. O eso creo.

“Necesitamos creer en la vacuna, y que la gente no extienda el temor de  quién se la pone primero. Planteo que lo hagan los ejecutivos de la OMS”

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Es de cortesía (y alegría) decir adiós a Donald Trump

Las relaciones internacionales, el respeto a organismos decisivos, como Naciones Unidas, rechazar el racismo en cualquiera de sus formas o su afición a levantar muros entre países. Son solo algunos de los conflictos que deja la mala gestión de Donald Trump, después de perder las elecciones, no asumirlo, y preferir más la bronca a la diplomacia en todo momento y lugar. Desde el conocimiento de sus muchos seguidores, sin él en la Casa Blanca, creo que el mundo gana.

A partir de aquel 20 de enero de 2017 en que Donald Trump jurara el cargo como presidente de los Estados Unidos, se han sucedido mis escritos, en los que dejo patente mi nula empatía hacia cualquier cosa que hiciera el 45 inquilino de la Casa Blanca, que tanto ha desprestigiado. El poder, a través de quienes lo representan, debe mostrarse siempre amable, ejemplarizante, igualitario y respetuoso hacia las culturas, ideas y valores de los demás, virtud de la que el magnate-presidente adolece por completo.

El devenir del siglo XXI habla un lenguaje de crisis económicas constantes,  toxicidad que se extiende perversamente hacia lo político, social, y también de relaciones y equilibrios internacionales que creíamos haber dejado bien atados en el siglo anterior, tan teñido de tragedias y dictadores que las llevaron a cabo. Como está el mundo, para nada es necesario echarle más leña al fuego, y Donald Trump lo hacía permanentemente (lo sigue haciendo al no reconocer que ha perdido las elecciones), preferentemente tuiteando de madrugada.

Dentro e incluso fuera del país se soportaban los continuos desplantes de Trump, digamos que a todos y así nos ahorramos enumerar nada, aunque siempre se deslizaba a su favor lo de crear empleo y defender a las empresas norteamericanas, con esa política de regreso de las fábricas a suelo norteamericano y hacer así totalmente visible el gran lema de su campaña y de de su política, tan representado en la idea-lema de “América para los americanos”. Pronto se vería una Administración Trump metida en escándalos en los que la diferencia racial se erigía como un gran problema de convivencia para la sociedad norteamericana en su conjunto. Era lo que les decía antes, si hemos superado ya problemas, ¿por qué darle las riendas del poder a alguien que nos va a hacer retroceder en derechos que vienen bien al conjunto del mundo? Un mundo que Trump no ha dejado de torpedear, fuera mediante el abandono de EE.UU. de los principales organismos internacionales, fuera negando en todo momento la gravedad de los problemas actuales como el Covid-19, el Calentamiento Global, o superar todos juntos esta nueva crisis económica, que va para largo.

“Pronto se vería una Administración Trump metida en escándalos en los que la diferencia racial se erigía como un gran problema de convivencia”

Más que nunca, el mundo tiene que reconstruirse en base a tres motivos principales: el coronavirus, la era Trump y sus destrozos, y los nacionalismos que tanto daño hicieron en Europa, y que vuelven a asomar cabeza por causas diferentes, pero la crisis económica prolongada en el tiempo está creando unas terribles desigualdades. Todo aquello que despreciaba el todavía presidente norteamericano, hasta la toma de posesión de Joe Biden, necesita de la pertinente reconstrucción, y no hay que renegar de  reformas que se ven necesarias. En este caso está la ONU, la OMS o la UE, con una reciente y dolorosa salida del Reino Unido, muy celebrada por Donald Trump, aunque el Covid ha metido a los británicos en una seria encrucijada sobre su futuro.

Al nuevo presidente de Estados Unidos le toca recomponer las relaciones internacionales del todavía país más poderoso, seguido ya de cerca por China, potencia rica donde las hubiera, pero que está sacando un ingente beneficio económico del virus salido de su propio territorio. Esto causa indignación.

El daño infringido por el mandato de Trump va más allá de no respetar la necesaria diplomacia, y tenerla en vilo constante, por declaraciones y actos, como cuando estuvo a punto de declarar la guerra a Irán. Le toca a la política recomponer esos terrenos que precisamente ha pisoteado Donald Jhon Trump, entre los que me gustaría destacar la igualdad que supone respetar siempre a nuestros semejantes, rechazando de plano cualquier conato de racismo. Estados Unidos queda muy tocado en este sentido, y los primeros gestos del nuevo presidente deberían ir dirigidos a negros e hispanos, terminando con esa vieja política de levantar muros entre países, y no olvidar así jamás todo lo que supuso para nuestra historia el Muro de Berlín. Y es que Trump ha sido una muralla para la tolerancia, las relaciones amistosas, y el propio Covid, del que a mi juicio queda mucho aún por contar, como resulta el hecho del tratamiento único que él solo recibió, mientras millones de norteamericanos viven en el más absoluto desamparo ante la pandemia.

“Los primeros gestos del nuevo presidente deberían ir dirigidos a negros e hispanos, terminando con esa política de levantar muros entre países”

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