Capítulo II de la tragedia Covid y aprender de nuestros errores

El disfrute vacacional del verano ha resultado horroroso para frenar la expansión del Covid. Con suma urgencia, debemos aprender de nuestros errores, al igual que afrontar lo que queda de año con absoluta disciplina en todo lo que acometamos a diario. Es necesario para ello Implicar a la ciudadanía. Debemos asumir una especie de carta social de compromiso con la salud del país y de sus habitantes.

“La noche me confunde”. Es una de esas frases intrascendentes, que surgen en España de cuando en cuando. Poco importa el origen de la expresión, quién la pronunció primero, pero termina por calar entre la gente, que la hace popular, máxime con la mencionada expresión, por lo nocturnos y divertidos que resultamos los españoles, incluso ahora que el Covid regresa en plan tsunami, como la pandemia mundial, no controlada, que es.

Como ya hicimos tantos a mitad del confinamiento, sobre el coronavirus leo lo que leo, porque la falsedad, manipulación y alteración de hechos está a la orden del día. Pese a todo, me hago eco, por estar muy de acuerdo, con esta noticia: “Los expertos creen que España sufre los efectos del ansia de la desescalada”. No van desencaminados los científicos, a quienes tan poco se ha tenido en cuenta hasta ahora, pero es normal por otra parte salir a la calle con ganas de hacer de todo, cuando has estado casi tres meses enclaustrado entre las cuatro paredes que es un hogar. El problema es que no hubo nada de pedagogía, especialmente con los jóvenes, sobre el después al famoso “Quédate en casa”.

El Covid exige una sociedad casi marcial, que no existe, porque el capítulo II que vivimos respecto a la pandemia sucede en todas partes. Por no haber, ya no quedan tampoco países que den ejemplo, como ocurría con Portugal. Este virus exige una mínima y controlada circulación de personas por el mundo, y era predecible que el verano se erigiría en la peor época, porque es cuando más se viaja a los destinos elegidos, caso de nuestro país. Incluso como mejor prevención hubiera sido necesario no permitir traslados entre regiones españolas, pero ¿cómo se hace esto?

Queda y quedará por tanto la acción individual, que es lo que hacemos cada uno a diario para no incurrir en el contagio del virus. Mantengo que vamos a aprender a la fuerza lo de la mascarilla y la distancia social. Volvemos a los peores datos de la cuarentena, que no se va a repetir porque la economía terminaría por romperse del todo. Aseguramos que las tecnologías como el e-mail o el wasap han dado la puntilla a la carta que se envía por correo. Al Gobierno le falta esta misiva con todos los ciudadanos. Una especie de carta social donde se exprese lo que nos jugamos, más el papel que debemos desempeñar cada uno, ahondando en el uso de la mascarilla, la distancia social y la protección de nuestro sistema sanitario y sus miembros.

“Este virus exige una controlada circulación de personas. Hubiera sido necesario no permitir traslados entre regiones, pero ¿cómo se hace esto?”

O el mensaje contra el Covid es el mismo y en todas partes, como también piden los expertos, o paulatinamente pasaremos de la tranquilidad al desasosiego, generado por muertes, contagios, situación de residencias de mayores, a las puertas como estamos de la vuelta al colegio (¡Menudo problema!). El Covid del marketing debe dejar paso al Covid del compromiso. ¿Qué compromiso es este? Actuar responsablemente frente a un coronavirus que no va a dar tregua. Asumir que la vacuna tardará. Y entender que cada familia, con todos sus miembros, debe garantizar su propia seguridad y la de los demás. Aquí es donde se ha perdido un tiempo precioso. En instruir a los ciudadanos en todo lo que han de hacer, y no sólo poner la mirada en las quedadas de los jóvenes, que tienen unos padres que deberían controlar las salidas de sus hijos, y a qué horas lo hacen, con una hostelería nocturna ya cerrada, por mandato  legal.

En lo que resta de verano, y de cara al otoño e invierno, debemos reiniciarnos en lo relativo al coronavirus. Estando inmersos en el confinamiento no resultó creíble que los seres humanos cambiaríamos ciertas actitudes. Lo que no se puede permitir es que muchos no asuman que determinadas cosas ya no puedan ser iguales, por motivos de salud pública. Una sociedad responsable es la que impone coherencia acerca de lo que es mejor para la mayoría, y de ahí surgen  medidas dolorosas pero necesarias. El turismo, la hostelería y miles de empresas no pasan por su mejor momento, aunque me gustaría destacar su labor de intentar hacerlo  bien, para que los españoles disfrutemos del veraneo, vacaciones o salidas. Mientras, la noche no confunde al Covid, que sigue contagiando, porque las concentraciones multitudinarias son el peor comportamiento, el más insolidario de todos, frente al virus. Los ciudadanos no podemos permanecer impasibles ante todo aquello que percibamos se hace mal. Lo de la sociedad española adormecida y paralizada empieza a ser escandaloso, dado el peligro que corremos en la actualidad, además de la demoledora losa que ha caído encima de nuestra economía. La relajación en la prevención contra el coronavirus es algo en lo que no deberíamos haber caído. Ahora más que nunca, los medios de comunicación y las redes sociales deben ser los mayores transmisores de exigir esa responsabilidad. Vale que la cosa se ha puesto nuevamente muy fea, que regresa la emergencia sanitaria y aumentan contagiados y muertos. La lista de culpas y culpables podría llegar a ser interminable. En cambio, hay que tomarlo como una nueva oportunidad de frenar lo que está pasando y actuar todos a una, como es debido.

“Los ciudadanos no podemos permanecer impasibles ante lo que se hace mal. Lo de la sociedad española adormecida empieza a ser escandaloso”

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El dolor que se oculta termina rebrotando

Pocos parecen tener dudas ya sobre que la información, ante todo visual, acerca de los miles de muertos y contagiados del coronavirus, el dolor de sus familias, no fue en España acertada, ni tampoco útil para que muchos ciudadanos tomaran buen ejemplo para esquivar la pandemia. Demasiados malos comportamientos, con los consiguientes rebrotes, lo demuestran. Pero  esto no habría que reprocharlo ahora, si se hubiera hecho antes como es debido, mediante una comunicación cruda y real de todo lo que nos ha pasado, a las puertas de regresar.     

No sé cuantas veces escribí durante el confinamiento que, sobre todo por las generaciones más jóvenes, había que contar las cosas como son, empezando por mostrar las dolorosas imágenes de los estragos del coronavirus en hospitales, residencias, tanatorios o domicilios. Ahora que pintan bastos por la propagación de los rebrotes del Covid, es opinión afianzada que el Gobierno y los medios de comunicación, en especial las televisiones, debieron de mostrar el dolor, en vez de dulcificar tanto la pandemia como se hizo.

De aquel entonces al momento actual, observamos con especial preocupación el comportamiento de la juventud en sus movidas sociales. Les acusamos de no tener cuidado con el virus al, actuar como si fueran inmunes, pero obviamos lo mal que están informados al respecto desde sus ambientes, sea el educativo y, por supuesto, el familiar. De repente, de un día para otro, les queremos meter en el cuerpo un miedo a los contagios, unido al llamamiento constante a que lleven puestas las mascarillas, y cumplan con la prevención más segura que supone mantener la distancia social.

Cuando hubiera sido más fácil contar ya con una población instruida en las recomendaciones sanitarias, el desmadre ha desembocado en tener que endurecer el mensaje oficial hacia los no cumplidores, con sanciones, hasta llegar a rebajar los horarios del ocio nocturno, poniendo a los negocios de hostelería más al borde del abismo de lo que ya están. El verano pinta tan desastroso, que para otoño y Navidades tendremos, pienso yo, aprendido ya cómo tenemos que ir y actuar por esta nueva sociedad.  Aunque mucho de este 2020 se ha perdido en balde, por la improvisación, primero, y la excesiva confianza, después.

“Para otoño tendremos aprendido cómo actuar por esta nueva sociedad, aunque 2020 se ha perdido por improvisación y excesiva confianza”

En este contexto de nueva normalidad con la intranquilidad en el cuerpo,  el nuevo curso escolar es clave en la respuesta formativa frente al coronavirus.  Las administraciones educativas, seguramente desbordadas por la situación, no fueron claras  sobre el final del curso anterior, cómo realmente se educó a los alumnos en sus hogares y evaluó más tarde su esfuerzo.  En esta nueva ocasión la transparencia debe de ser total, ante el reto de impartir en las aulas una asignatura implícita a la grave situación que vivimos, como es la de la responsabilidad individual en la prevención contra el virus.

Hablamos mucho de los jóvenes, pero son nuestros mayores los que vuelven a preocupar. También en el confinamiento se atisbaba que iban a ser muchos más los miles de muertos, que los mostrados en las cifras oficiales. Solo por esto, creo que es insuficiente el homenaje llevado a cabo en memoria de los fallecidos y de los luchadores de primera línea contra esta pandemia. Cuando uno llega a la autocita, les prometo que no es ir de listo, y sí ejercer de edad, experiencia y madurez. Lo justifico porque no hace tanto escribí, y en estos delicados momentos de aumento de casos Covid quiero insistir en ello, que el mejor homenaje que podemos ofrecer a todas las victimas es evitar precisamente más muertes y contagios, y que este mensaje sea comprendido por la totalidad de la población. Ahora mismo no sucede, y es el problema tan grande que tenemos en España: elpeligro en la calle que volvemos a correr, porque hemos recaído en nuestros propios errores.

Me gustaría asegurar que lo podemos hacer mejor, pero voy a dejarlo solo en un deseo. Desde luego, la información veraz, la comunicación fluida, y la divulgación de los casos de coronavirus, como espejo de a lo que nos enfrentamos y del riesgo, son imprescindibles para que este trabajo de prevención en común nos aleje cada vez más del virus, hasta que llegue la tan cacareada vacuna. Sería aconsejable igualmente tomar buena nota de todo lo que se ha hecho mal, que no ha sido poco. Igual que combatieron al coronavirus los héroes sanitarios, y otros tantos trabajadores de muy diversos sectores estratégicos, los ciudadanos debemos implicarnos y participar de esta primera línea que supone pedir y exigir responsabilidad por parte de todos. Ya no valen paños calientes con nada ni con nadie, y se ha visto en el hecho de que el dolor que se trata de ocultar, tarde o temprano, rebrota. Prueba de lo que digo es lo que pasa de nuevo con el descontrol de tantos contagios.

“Información veraz y divulgación de los casos de coronavirus como espejo del riesgo, imprescindibles hasta que llegue la cacareada vacuna”

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Padres e hijos en la lucha común frente al coronavirus

Da igual que sean mayores de edad. Los padres debemos exigir y controlar a nuestros hijos para que extremen las prevenciones frente al coronavirus en sus salidas, sobre todo si son nocturnas. De no darse ese necesario trabajo en equipo de las familias, lo único que podemos esperar son los rebrotes que ya tenemos encima, y mucho antes de lo previsto. Para con este horroroso 2020, solo nos queda extremar cuidados y recomendaciones, hasta que acabe el año y decirle adiós, muy buenas.

No sé muy bien si asistimos ya al “Quédate casa 2”, o a puntito de ello. Con nuestro irresponsable comportamiento, la estamos pifiando bien pifiada en lo de mantener  a raya al Covid. Los unos, por la demostración permanente de que la pandemia no va con ellos. Los otros, por hacer mal uso de la reglamentaria mascarilla y mantener la pertinente distancia social. El caso es que Europa, mientras nos da dinero para la reconstrucción, mira de reojo a España, tan capaces como somos de lograr imposibles, lo mismo que  dispararnos al pie por hacer mal lo fundamental

Conversación recurrente es hoy la responsabilidad que tenemos los padres sobre el comportamiento de nuestros hijos, especialmente en las salidas nocturnas, que dan pie a la fiesta, el jolgorio y el contacto social con amigos habituales y otros por hacer. Que todos hemos sido jóvenes es lo primero que argumentamos. Que ya tienen edad suficiente para ser responsables en su conducta en la calle es lo que sigue. Pero también encuentras cuantiosas opiniones paternas con la pregunta de ¿a ver quién es el guapo que les dice a sus hijos mayores de edad lo que tienen que hacer? Pues nos equivocamos en cada cuestión, de lo que se deriva que los primeros en no enterarnos de que estamos de pandemia, de Covid, de coronavirus, como queramos llamarlo, somos los padres.

En la medida en que nuestros hijos comparten hogar con sus padres, hay en estos momentos unas reglas de convivencia comunes, a cumplir en tiempos de pandemia. De poco sirve la seguridad que se dan los mayores en la prevención contra el virus, si al final se lo traen a casa hijos, nietos o amigos de estos, con una irresponsabilidad que hay que repartir a partes iguales, es decir, la culpa es de toda la familia.

“De poco sirve la seguridad que se dan los mayores contra el virus, si lo traen a casa hijos o nietos, con una irresponsabilidad a partes iguales”

En marzo, cuando la pandemia se encontraba en su peor momento de número diario de muertos y contagiados, no era normal escribir que el Gobierno erraba al mostrar de manera tan bondadosa la crisis sanitaria, sin imágenes de sus consecuencias, como la auténtica realidad vivida en los hospitales, residencias de ancianos y los lugares donde a cientos se almacenaban los ataúdes. Ya pocos albergan dudas de que fue un error contar la pandemia como se ha hecho, precisamente porque una gran parte de la sociedad española no ha asumido la extrema gravedad de lo que pasa en realidad.

Se están tomando medidas drásticas, como el cierre de locales nocturnos a las dos de la madrugada. Va a ser un mazazo brutal en la economía y el empleo del sector turístico y hostelero, pero no podemos dejar de pensar en todo lo que hemos hecho mal, desde que superamos las fases tras el confinamiento, desoyendo, una y otra vez, las recomendaciones político-sanitarias. No hay vacuna aún (que se sepa) contra el Covid, pero sí un antídoto que se ha mostrado eficaz en su control. Ese antídoto es el orden. El verano y su ocio es de por sí un reto titánico en la lucha contra el coronavirus. Hay que reconocerlo: hemos suspendido en el intento.

Lo que queda por delante no es menos peliagudo. Una vuelta segura a las aulas. Un final de los ERTE, con el consiguiente regreso a los puestos de trabajo. Y unas Administraciones Públicas trabajando al máximo de rendimiento y eficacia. La reconstrucción y el reparto de las ayudas europeas al mismo necesitan, en primer lugar, de la responsabilidad de cada ciudadano. De no ser así, no hay nueva normalidad de la que jactarse, ya que seguiremos estancados en las cifras de contagios con el temor de que nuestro sistema sanitario vuelva a vivir un colapso.

Por lo tanto, muchas de las medidas que se están tomando desde la política son impopulares, pero responsables con la situación de rebrotes que padecemos, y eso en verano, sin llegar aún el otoño, como periodo en que el peligro estará nuevamente muy presente. 2020 no hay por donde cogerlo, pero ya solo nos queda terminarlo bien, y esperar mejores tiempos y vacunas. A los españoles nos tiene que entrar en la cabeza que nuestras vidas han cambiado, y con ello adquirimos una nueva responsabilidad cotidiana que se llama mascarilla y prevención. Hemos conocido en muy poco tiempo un confinamiento, una desescalada, unas fases, una vuelta a la normalidad e incluso, antes de lo previsto, los malditos rebrotes del Covid. Creo que deberíamos haber aprendido adecuadamente la lección, y también que nos la hubieran impartido mejor. No se lo hemos sabido explicar bien a los jóvenes, por ejemplo. Que no debemos fijar solo nuestra atención en ellos y su comportamiento, y menos dicho por los padres, no es aceptable. Si antes no lo quisieron o supieron hacer, los poderes públicos deben llegar con su mensaje a toda la población, a toda, y hacer comprender lo que está en juego, empezando y acabando por salvar nuestras vidas.

“El verano y su ocio es de por sí un reto titánico en la lucha contra el coronavirus. Hay que reconocerlo: hemos suspendido en el intento”

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El olvido como antihomenaje a las víctimas y héroes del Covid

Por 4, 40, 400 o 40.000, no podemos echar por tierra todo el trabajo realizado para mantener a raya el avance del coronavirus. La responsabilidad social es el auténtico homenaje a los que hemos perdido, y a quienes lo han combatido, empezando por los sanitarios. Muchos de las irresponsables que no cumplen las prevenciones demuestran dos cosas: olvido a lo ocurrido con las víctimas y creencia estúpida de que el Covid no les hará lo mismo.

Sigue aumentando la cifra de muertos por coronavirus, aunque muchos comportamientos sociales denotan olvido hacia el hecho y sus víctimas, como si no existieran, como si nada hubiera pasado en esta pandemia, que vuelve a preocupar, por los rebrotes, muchísimo. Acaba de producirse un homenaje nacional a todos los fallecidos, y también a todos los que describimos como héroes del Covid, por combatirlo en los hospitales, y también por desempeñar trabajos que resultaron de vital trascendencia para hacer seguro aquel “Quédate en casa”.

Es un hecho en la personalidad española que olvidamos pronto. Elogiamos, hasta llegar al peloteo, los logros de nuestros triunfadores en la materia que sea, principalmente en el deporte. Pero también somos los peores en la comprensión de que un mal día lo tiene cualquiera, lo que nos hace pasar directamente a la crítica feroz y a las descalificaciones más injustas. El coronavirus no está exento de semejante rifirrafe. Tal como ayer, los médicos, enfermeras o celadores eran maravillosos, y hoy ocupan menos espacio en el recuerdo de lo que realmente llegaron a hacer por su país. El tiempo pasa y es mucho lo que queda atrás, aunque hay cuestiones que deberían quedar siempre en la memoria colectiva, y son precisamente de las que debemos sacar conclusiones, cambiar, por favor, para no volver a cometer los mismos errores. El Covid es un gran error, uno más, de la humanidad encaminada hacia su propio desastre. Los homenajes protocolarios ocupan un espacio de tiempo muy concreto, pero hoy necesitamos mucho más ante semejante amenaza que no parece haber enseñado demasiado a los que deben tomar decisiones, mostrando en cambio el mayor individualismo ejercido por las grandes potencias desde la Segunda Guerra Mundial.

El Covid ha roto, variado o cambiado demasiadas cosas. Empezando por la solidaridad. Siguiendo por la unidad y terminando por lo que hemos aprendido, bien poco o nada, de los confinamientos, desescaladas, fases y nueva normalidad que no es tal, porque hemos regresado súbitamente a un escenario de miedo a los contagios y lo que pueden acarrear. Solo una sociedad disciplinada, ordenada y cumplidora, nos puede conducir hacia mejores resultados en el control férreo del coronavirus. No vale que una parte de los ciudadanos actúe con prevención, mientras otra decide estar de fiesta y correr riesgos innecesarios cuyos nefastos resultados conocemos todos.    

“Solo una sociedad disciplinada y cumplidora nos puede conducir hacia mejores resultados en el control férreo del coronavirus”

Aquellos aplausos a nuestros sanitarios, a las ocho de la tarde durante el estado de alarma, los deberíamos cambiar hoy por autoevaluarnos a diario sobre cómo ejercemos las prevenciones básicas de mascarilla y distancia social. Hay que salir a comprar, intentar vivir con normalidad, pero cumpliendo con las recomendaciones políticas y sanitarias, lo que nos lleva a evitar todo aquello que es innecesario, como montar botellones, fiestas o concentraciones que no aportan nada, salvo peligro. Nuestras ciudades y pueblos nos acogen, pero somos ahora sus pobladores los que debemos dar sentido a unas normas de convivencia que las hagan recuperarse, económica y socialmente, del gran shock que es el Covid-19.  

La pandemia es persistente y ha hecho ya un daño terrible a nuestra economía. Del exterior, particularmente no espero mucho, pero sí de los españoles en el trabajo incansable y apoyo común a la recuperación propia. Lo venimos en llamar un gran país. A estas alturas, no nos van a dar lecciones de esfuerzo y superación ni alemanes, ni holandeses, ni austriacos ni daneses. Hagamos las cosas bien. Tenemos las condiciones necesarias para ello: instituciones, empresas, empresarios, trabajadores, comercios, autónomos, emprendedores, estudiantes y jóvenes con ganas de abrirse paso. Debemos recuperar y asegurar nuestra forma de vida, con condiciones. La primera es no olvidar nunca este 2020, a todos los que hemos perdido, y a todos los que han evitado con su trabajo o actividad que fueran más. Y la segunda es alejar el riesgo de nuestras calles, cumpliendo a rajatabla con nuestra sanidad,  hasta que la pesadilla pase finalmente. No habrá mejor homenaje que evitar más muertes y contagios, y que este mensaje sea comprendido en su totalidad por la población. Llegará así el día en que lo que realmente muera se la pregunta sobre ¿algún muerto más, algún contagio nuevo?  

“Aquellos aplausos a nuestros sanitarios los deberíamos cambiar hoy por autoevaluarnos a diario sobre cómo ejercemos las prevenciones básicas”

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Habíamos quedado en que saldríamos del Covid con espíritu renovado

Aunque estemos anunciando a bombo y platillo que saldremos de esta, quizás vivimos momentos de insuficiente espíritu. Entenderlo bien se traduce en trabajar, incansablemente, por la causa. Abrir un debate de todo lo malo que nos ha traído el Covid es perder un precioso tiempo que no tenemos. Si estamos en fase reconstrucción, cada cual debe hacer bien lo suyo, siempre pensando en aportar antes que criticar. Eso es lo que denota un auténtico espíritu de lucha.

Es muy difícil, por no decir imposible, que un joven estudiante se haya colocado este verano en algo, para hacer unos euros con los que costearse pretensiones, incluida la matrícula universitaria del próximo curso. Como respuesta a sus solicitudes, se topa de bruces con una frase conocida: no hay trabajo. El mensaje machacón y mediático acerca de que vamos a salir mejor, no termina de visualizarse.  

El caso es que la economía, de enfriarse, ha pasado a tomar muchas precauciones. Preguntador que es uno, pide explicaciones de lo que pasa a empresarios amigos. “Hay mucho temor a lo que va a ocurrir a medio plazo; de la cuarentena hemos pasado a los ERTE, los despidos, la falta de pedidos,

de ventas, y ante todo de espíritu en la gente, de confianza, vamos”, me resume de esta manera tan concisa uno de ellos. Las decisiones políticas, mejor con grandes acuerdos, están también muy presentes, al igual que lo que venga o no venga de Europa, tras el último mazazo de que la ministra española de economía, Nadia Calviño, tuviera en la mano ser presidenta del Eurogrupo, que controla las ayudas a los países de la Unión, pero al final los votos comprometidos resultaron no ser tales. Los países del Este nunca nos han votado en Eurovisión, y tampoco ahora para el Eurogrupo. En resumen, que lo de España con Europa urge mirarlo, porque quizás sea más evidente en la calle el divorcio, que lo que pueda darse a entender desde las instancias del poder.

De una forma u otra, el motor de la economía española va a medio gas.  Montarse en este vehículo es un tanto arriesgado, a la espera de buenas noticias que sustituyan a las actuales, malas todas, una detrás de otra. Decir que somos un gran país, y que vamos a salir adelante, queda muy bonito, está muy bien, a mí me gusta mucho oírlo, pero falta lo esencial: resultados.

“Decir que somos un gran país, y que vamos a salir adelante está muy bien, a mi me gusta mucho oírlo, pero falta lo esencial: resultados”

De todas formas, viviendo momentos tan imprecisos e incluso presagiando los presagiadores habituales un otoño repleto de paro, creo que saldremos adelante, aunque cueste, como va a ser, sus buenos años.  Tengo acumuladas experiencias de vida suficientes como para pensar así. Sin ir más lejos, lo que sufrimos con la dramática, pero superada, crisis anterior. El mundo entero no vive su mejor etapa. Impera la desunión, las riñas, el coronavirus, pensar solo en el país de uno, sin apenas ganas de reunirse los poderosos para hablar y solucionar algunas cosas.

La generación de mayores que se ha llevado el Covid debe ser nuestra referencia. Vivieron muchas penalidades, hambre incluida. Un virus mortal les ha arrebatado la vida, y creo sinceramente que su deseo sería que los de ahora luchemos igual de fuerte por las generaciones más jóvenes. Con los muchos egoísmos que hay en este país, no diferentes a otras naciones, este es el anhelo que realmente debería alimentar ese espíritu de que lo vamos a conseguir. Por ellos, los que hemos perdido, y por ellos, los que esperan su oportunidad en la vida. Que nadie tenga duda que el coronavirus pasará. Somos muy agoreros esperando como que rebrote, demostrando al tiempo poco espíritu de superación.

Debemos cumplir todas las prevenciones, preferentemente la distancia social y llevar puesta la mascarilla, pero nada de esto impide esforzarnos y esperar cosas buenas para nuestro país, para que realmente sea lo grande que exclamamos. Quiero que Europa eche un cable de verdad, mejor hoy que mañana. Anhelo que las comunidades autónomas que han trabajado juntas en el combate al Covid sigan unidas en el corto, medio y largo plazo. Van a ser tiempo de escaseces, porque hay que empezar por recuperar una sanidad universal que nos ha salvado literalmente el pellejo. También espero que las condiciones laborales de nuestros jóvenes mejoren. Que encuentran trabajo en aquello para lo que se han formado. Y que salgamos fuertes de los ERTE, porque no hay que dar por hecho que nuestras industrias, empresas y empresarios se van a rendir. Exponiéndolo así,  creo acercarme a lo que es la auténtica grandeza de una nación, lo que nos devolverá el bienestar. En nuestro caso, la distinción estriba en unos ciudadanos que no se planteen jamás tirar la toalla.

“La generación que se ha llevado el Covid debe ser nuestra referencia. Su deseo sería que luchemos igual de fuerte por las generaciones jóvenes”

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