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Yes, negados para el inglés

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En España se hereda de padres a hijos el desinterés por hablar, al menos, otro idioma. Antes se recomendaba para convivir dentro de un mundo global, en el que la economía diserta mucho en inglés, francés y alemán. Hoy estas lenguas mandan también en Internet y redes sociales, mientras nuestra sociedad se hace cada vez más pequeña de miras por asumir, sin más, que no se le da bien eso de ser bilingüe.  

Solo el sol puede excusar la llegada anual de millones de turistas a España, sin que el país se haya puesto jamás las pilas respecto a hablar otro idioma universal, junto al español, como es el inglés. Hemos asumido con la mayor normalidad ser unos negados para el estudio de los idiomas, estereotipo que trasciende de una generación a otra. Como antes sus mayores, nuestros jóvenes no asumen la importancia de relacionarse con el resto del mundo en las lenguas prefijadas como esenciales a la hora de hacer negocios, sea en inglés, trátese del francés o compréndase en alemán. Llevamos más de treinta años dentro de la Unión Europea y lo más cerca que estamos del entendimiento con otros pueblos de nuestro entorno se llama Erasmus. La crisis económica casi se carga también el intercambio de estudiantes entre los diferentes países europeos, para ahondar así en un mayor sentimiento europeista. La experiencia de estudiar y vivir en Milán, Praga o Nottingham resulta inolvidable, pero hay que reconocer que sirve para hacer de los jóvenes españoles auténticos poliglotas.

Los idiomas se aprenden en el exterior, pisando el propio terreno en el que se habla el idioma que buscamos comprender. En el interior, en la escuela, institutos y universidad, aprender idiomas en España es un desastre. Nunca ha habido convencimiento oficial sobre la importancia de exigir un bilingüismo necesario para entenderse en cualquier continente. El español es un idioma muy fuerte, pero la economía habla en inglés. Nuestro Gobierno Central ha estado siempre más preocupado por abrir sucursales del Instituto Cervantes para el asentamiento y expansión del español, mientras ha infravalorado sistemáticamente la enseñanza del inglés desde el mismo acceso a la escuela, dándole la importancia vital que tiene. Las comunidades autónomas, a través de sus programas educativos, han descuidado igualmente las lenguas extranjeras como proyección imprescindible del estudiante hacia un escenario laboral. Cantabria podría haber sido el mejor ejemplo nacional de comunidad europea bilingüe, y ha perdido también este tren, como otros tantos que dentro de este articulo no vienen a cuento.

  “Cantabria podría haber sido el mejor ejemplo nacional de comunidad bilingüe, y ha perdido también este tren”

Yes, es cierto que somos un país negado para el estudio de otros idiomas, pero no lo es menos que nunca ha habido una exigencia familiar, oficial, educativa o administrativa para cambiar esta conducta. Contamos con una televisión pública y otras privadas, que no contribuyen en absoluto al conocimiento del inglés desde la infancia, mediante la costumbre de ver películas en versión original. Aquí a todo se le pone voz en castellano, catalán, gallego o vasco, mientras que se da la espalda a los idiomas preponderantes en el mundo. Solo un cambio profundo, verdadero, de hechos, no de palabras vacías, dentro del sistema educativo nacional podrá crear generaciones bilingües, que nos hagan olvidar la rareza que ahora nos parece que alguien se desenvuelva perfectamente el inglés. Mientras sigamos perdidos en el laberinto de estudiar una cosa en Galicia o Cantabria y otra diferente en Madrid o Andalucía, no hay nada que hacer, porque el déficit nacional de una población que hable idiomas está provocado precisamente por el individualismo con el que se acometen aquí casi todas las cosas.

Solo con los años de experiencia en turismo ya tendríamos que ser uno de las naciones del mundo donde sus ciudadanos hablaran más de un idioma. Los habitantes de países como Suecia, Finlandia o Noruega se defienden perfectamente en las lenguas que hay que entender, y es que sus niños lo maman desde pequeños, tanto en casa como en los colegios. Así, hasta que van proyectándose en mayor medida en sus estudios para llegar a ocupar  el día de mañana un puesto de trabajo. Aquí no pasa, desgraciadamente. Porque hay condescendencia a la hora de no exigir el estudio y uso de idiomas. Ni siquiera la comunicación global que es Internet y las redes sociales nos hace mejorar notas en inglés, francés o alemán. Estamos permanentemente suspendidos en idiomas, y lo asumimos con total naturalidad porque nos autocalificamos de negados para ello, cuando la realidad es que es falta de trabajo y constancia para ampliar conocimientos, de lo que tiene mucha culpa un sistema educativo nefasto que no obliga a pensar y hablar en diferentes lenguas internacionales. Veríamos lo que cambiarían las cosas si para ocupar cualquier cargo, empezando por los públicos, fuera obligatorio el inglés.

  “Veríamos lo que cambiarían las cosas si para ocupar cualquier cargo, empezando por los públicos, fuera obligatorio el inglés”

 

 

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A lo que se pueda aplicar el VAR

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El VAR o videoarbitraje pretende garantizar la pureza de un juego como el fútbol, evitando errores que deriven en un final del partido injusto. Esta es la clave: aplicar la tecnología en busca de la verdad. Caben las hipótesis de una adaptación futura de este invento a otros campos de la vida. Imaginemos un VAR para la política, para la economía o para  cortar el paso al ejército de injuriadores que hay en Twitter. Por ganas que no quede. 

El VAR me recuerda un poco al guión de El show de Truman, pero aplicado a todo lo que sucede dentro de un campo de fútbol durante la disputa de un partido. En la película, Jim Carrey interpreta a un ciudadano, Truman Burbank, cuya vida cotidiana forma parte de un reality televisivo al que los espectadores están totalmente enganchados. El Gran Hermano, que describe un mundo repleto de cámaras y micrófonos, se hace cada vez más real. Es evidente: vamos hacia un escenario en el que las tecnologías suplen la labor humana, y el tratamiento de la imagen se adapta, como en el balompié, a muchos aspectos de nuestro ocio y quehacer.

Hay tantas cuestiones a las que se puede aplicar el VAR, que es mejor no enunciarlas y esperar sentados a que el hecho se vaya imponiendo por si solo en política, economía, cultura, deporte o relaciones personales. Por culpa de las fake news o noticias falsas, vivimos un periodo que reivindica las pruebas para luego calificar determinados hechos, como si un penalti ha sido o no. Es chocante que el VAR se estrene precisamente en Rusia, un país acusado de desestabilizar a otros, entre ellos España, a través de Internet y las redes sociales. El gesto con las manos de dibujar en el aire la forma de una televisión se perfila como la nueva llamada social a la verdadera transparencia. Aquí gana puntos el VAR.

 “El gesto de dibujar en el aire una televisión se perfila como la nueva llamada social a la verdadera transparencia”

Y es que la justicia deportiva instantánea, que supone esta nueva asistencia arbitral mediante el vídeo, se emite además por el medio global que es la televisión.  No le vendría nada mal a Twitter acompañarse de un VAR. Así podría sacar tarjeta roja a tantos injuriosos que provocan un terrible daño que no se cura. Si lo ves por este lado, no es mal invento. Las peores pandemias sociales son la mentira generalizada, las falsas promesas, la manipulación, el egoísmo, la envidia y la insolidaridad. Pensar que se pueda aplicar a todo esto un antídoto como el usado ahora por el fútbol, con sus pros y contras, genera expectativas si tenemos en cuenta que soñar es gratis.

Nuestra forma de convivir necesita aparcar shows y realitys para reordenar relaciones a todos los niveles. Las generaciones surgidas a partir de los años 60 no habíamos conocido tanto desorden mundial como el que percibimos ahora. Ello deriva en un hartazgo generalizado por lo mal que se hacen las cosas en determinadas materias que antes no eran un problema. La lista es larga: nacionalismos, separatismos, pobreza laboral, falta de oportunidades para los jóvenes, sin concreción ni soluciones en nada (paz, crisis, paro, emigración), a lo que se une la falta habitual de entendimiento hacia las decisiones tomadas desde el poder, ya que se adoptan en beneficio de grupos concretos y no de la mayoría.

Las esperanzas llegan de los cambios, y ahora se barruntan muchos que van a afectar en mayor medida a la cuestión política y económica. Es un hecho que se percibe en la descomposición de los bloques geopolíticos y comerciales entre países que ayer eran aliados y hoy son tan solo amiguetes. Siempre nos quedará el deporte, porque es un hecho que sigue uniendo, y no muestra síntomas de agotamientos como sucede con otros asuntos trascendentales. Así será mientras tengamos Olimpiadas. Al igual que el Mundial de Fútbol está siendo todo un salvavidas para una Rusia muy cuestionada por su injerencia en la política interior de otros países, con fines además muy poco claros que están por investigar. El debate del VAR viene que ni pintado en medio de tantos disgustos en política internacional, nacional, regional y local. ¿En qué y quién creer? Dará más de sí en la medida que vayamos viendo que la moviola de los hechos se incorpora a otros campos diferentes al fútbol, en busca de la verdad que tanto necesitamos para reconstruir todo lo bueno que vamos perdiendo.

 “Hay hartazgo generalizado por lo mal que se hacen las cosas en determinadas materias que antes no eran un problema”

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Llámame presidente

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No somos del todo precisos cuando los adultos criticamos la mala educación de los jóvenes. Hablo de saber comportarse en sociedad, y de señalar con el dedo a un mal sistema educativo que asumimos, olvidando el papel fundamental de las familias a la hora de transmitir modales. En todo lo que sucede a nuestro alrededor, bueno o malo, el componente educativo es esencial. Dentro de la maltrecha Europa, el presidente francés, Emmanuel Macrón, que no “Manu”,  acaba de dar un buen ejemplo de cómo recuperar el respeto perdido.

En abril de 2002, hace ahora dieciséis años, Nelson Mandela y su mujer Graça Machel, que había sido ministra de Educación de Mozambique, redactaron un texto para sumarse a la Campaña Global por la Educación. Resumieron lo que querían difundir mediante una premonición: “La educación es el arma más poderosa que puedes usar para cambiar el mundo“. Como todo ha ido a peor desde que lo escribieron, incluida la llegada al poder de Trump o Putin, debemos dar por hecho que el interés de los Gobiernos por la educación y la cultura ha decaído, y la prueba más palpable de este hecho es el comportamiento habitual de los escolares que, valga la redundancia, no saben comportarse. Un hecho reciente entre un crío y el presidente de Francia echa más leña al fuego del eterno debate educativo. Emmanuel Macrón acudió a un acto oficial y entre el público asistente oyó la voz de un joven que se dirigió así a él: “¿Qué pasa, Manu?” La reacción del mandatario francés fue inmediata: “A mí me llamas señor presidente de la República o señor”, aunque no lo dejó ahí porque el asunto no iba de protocolo y sí de saber estar. “El día que quieras hacer la revolución aprende primero a tener un diploma y a alimentarte por ti mismo, ¿de acuerdo? Entonces ya podrás ir a dar lecciones a los demás”, le recomendó Macrón, quien encontró por respuesta del escolar un  “sí, señor presidente”.

¿Qué hubiera sucedido en España con un caso semejante? Pues, seguramente, que se le reiría la gracia al chaval, primero porque las cámaras están presentes y, segundo, porque nos hemos convertido en auténticos improvisadores, dejando de lado los valores básicos que, como la educación, nos aseguran la mejor convivencia posible en sociedad. Nuestros jóvenes, y en este caso hablo de universitarios – que lo mismo da que estén en primero que en cuarto curso -, no saben lo que significan términos como civismo, urbanidad o tolerancia.  La educación no debe ser ni de derechas ni de izquierdas, porque educación es educación, punto. Por si no soy suficientemente claro, apelo al significado literal de la palabra: Formación destinada a desarrollar la capacidad intelectual, moral y afectiva de las personas de acuerdo con la cultura y las normas de convivencia de la sociedad a la que pertenecen”. Mi admirado Borges lo tenía muy claro: “La universidad debiera insistirnos en lo antiguo y en lo ajeno, no en lo propio y  contemporáneo, ampliando una función que ya cumple la prensa.” Es exactamente lo que pasa. ¿De qué sirve tener muchos conocimientos, si no sabemos cómo tratar a una persona a la que nunca antes hemos visto o goza del respeto que proporciona la edad, la reputación o el alto cargo institucional que se desempeña, como en el caso de Macrón? De nada, no sirve de nada, porque siempre pareceremos unos paletos a los ojos de la lógica, la razón y las relaciones sociales.

  “¿De qué sirve tener conocimientos, si no sabemos cómo tratar a una persona por su edad, reputación o alto cargo institucional?”

Como siempre mantengo, los jóvenes no tienen tantas culpas como los mayores queremos hacer creer, a la hora de evadir lo que son nuestras incompetencias. El respeto empieza en casa, en la misma familia. Los padres debemos asumir que nuestros hijos no siempre tienen razón en las cuestiones escolares, que precisamente empiezan por el respeto personal a los profesores y la labor que llevan a cabo. Si todo el mundo, ciudadanos y sus representantes políticos, habla de recuperar el valor del trato y el esfuerzo, no alcanzo a comprender a qué tantas vueltas a lo obvio de nuestros problemas actuales, y el aplazamiento sine die de decisiones que reconviertan el mal rendimiento actual de nuestros estudiantes.

Si el debate no sobrepasa, como ocurre en la España actual, lo que se estudia en cada comunidad autónoma, el contenido de los libros para que nadie se sienta agraviado o el calendario escolar, estamos apañados. Una buena educación jamás puede dejar de lado el comportamiento que ponemos a prueba a diario. Sucede en la escuela, en la universidad, en el trabajo, en la calle, conduciendo el coche o dentro del transporte público. Gárrulos siempre va a haber, pero no tienen porque ser un ejército invencible surgido de la inoperancia del sistema educativo. No, porque así es como se llega a llamar “Manu” a un tal Emmanuel Macrón, presidente de la República francesa, y precisamente en el día en que este dirigente homenajea con su presencia la figura de los resistentes contra la  ocupación nazi en la Segunda Guerra Mundial. Mi respeto, agradecimiento y admiración, siempre, a lo que hicieron estos hombres y mujeres por la libertad de todos los demás.

  “Gárrulos siempre va a haber, pero no tienen porque ser un ejército invencible surgido de la inoperancia del sistema educativo”

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Unos por otros, la casa sin barrer

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En un mismo día nos podemos quedar sin seleccionador de La Roja y sin ministro de Cultura y Deporte. Somos una democracia robusta, aunque  últimamente nos ocurren cosas que solo provocan perplejidad interior y exterior. Más nos valdría releernos la cartilla, y dejar de marear sobre las formas adecuadas en que se debe fichar a un entrenador, dejar un cargo o explicar mediante a un vídeo el sí a la oferta de un club y no a la de otro.

Cada vez amanecen más días en que lo que sucede en este país es de  auténtico esperpento. Cuarenta y ocho horas antes de que se inicie un Mundial de Fútbol nos quedamos sin seleccionador. Realmente, no son maneras las utilizadas por Florentino Pérez, presidente del Real Madrid, para fichar como entrenador a Julen Lopetegui. El 13 de junio de 2018 hicimos  igualmente historia con respecto a nuestros propios despropósitos de la mano de un ministro de Cultura y Deporte que ocupa el cargo tan solo una semana, debido a sus fantasmas fiscales. Tampoco se libran los datos falsos en los curriculums, que no cesan de aparecer pese a los escarmientos. Y un jugador de fútbol francés, que a lo que se ve se ha hecho ya muy español, concluye su vacile particular a dos clubs, anunciando a través de un patético video la decisión que ha tomado finalmente. Imposible apreciar como casualidad que el testimonio televisivo de Antoine Griezmann lo haya producido Gerard Piqué, que siempre está al plato y a las tajadas. Por eso cobra tanto protagonismo algo que señaló el presidente de la Federación Española de Fútbol a la hora de defender su drástica decisión de cese de Lopetegui. Dijo que las formas deben ser las formas. También lo creo.

Las Olimpiadas y el Mundial de Fútbol son los dos grandes eventos deportivos por excelencia. Hay algo que me gusta más de las primeras que del segundo, como es el juramento de los deportistas en favor de la gloria del deporte y el honor de sus equipos.  Cuando estos dos términos, gloria y honor, no están suficientemente transmitidos, es entonces cuando llegan las interpretaciones interesadas. Quiero decir que hay cuestiones que no tienen debate, o se hacen bien, o se hacen mal, y no debería haber término medio. Nos introducen en polémicas que jamás tendrían que producirse si realmente se actúa en todo momento con honestidad. Muchas de las zanganadas que vivimos de habitual se escudan en que no están prohibidas por ley alguna, aunque, como dijo Séneca, choquen frontalmente con ser honestas.

 “Muchas de las zanganadas que vivimos de habitual no están prohibidas por ley, aunque chocan con ser honestas”

Cuando tenemos tan grandes dudas y diferencias de opinión sobre cuestiones de ética elemental, luego no nos rasguemos las vestiduras frente a otros sucesos, como que padres de niños jugadores de fútbol se peguen delante de sus hijos por un supuesto penalti, y otros pésimos comportamientos y manifestaciones racistas de aficionados en los campos. La manipulación de hechos para crear confusión, marear la perdiz o distraer el foco del auténtico problema, es la auténtica causante del mal momento por el que atravesamos. Hemos escuchado hasta la saciedad de supuestas regeneraciones. Todo indica que se ha quedado en un concepto, nada más, porque sistemáticamente se aplazan las decisiones que nos conviertan en una sociedad más equilibrada, que sepa extirpar corrupciones, arbitrariedades o malos comportamientos sociales. La sensación es que estamos atascados en un bucle que nos hace empezar y terminar siempre en un desconcertante escenario de mal rollito.

Al suceder lo de Lopetegui, Rubiales, Florentino, Màxim Huerta, Griezmann y Piqué, por artículos y tertulias se comprueba la división de opiniones, siempre sana por otra parte. Sin embargo, y para no perderme en este laberinto, suelo acudir a las fuentes más jóvenes para preguntarles su opinión. Estoy en condiciones de asegurar que, de entrada, no ven bien los casos en que se han visto inmersos estas personalidades del fútbol, la empresa, la política y lo deportivo. Es lo que más vale a fin de cuentas, ya que entre unos y otros, la casa que es España está sin barrer. Quienes con total acierto no atienden a comprender las cosas que pasan hoy en este país, tienen todo un futuro por delante para cambiarlas. Pareceré ingenuo y lo asumo. Porque creo que mucho de lo que nos sucede es por el agotamiento de ideas, y porque una misma generación, incluso de padres, hijos y nietos, lleva dirigiendo los destinos de esta gran nación desde hace demasiado tiempo. Solo así se entiende la falta de principios y formas en muchos momentos, y que luego se explican como ataques de la jauría u odio a un determinado club de fútbol. Que yo lo rechace por falso, no significa que estas explicaciones calen, y calen mucho.

 “Estamos atascados en un bucle que nos hace empezar y terminar siempre en un desconcertante escenario de mal rollito”

 

 

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La banca digital se olvida de los clientes

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Con el avance siempre hay debate cuando unos lo disfrutan y otros no. Alardeamos de que todo sea digital, pero a la pobreza y estrecheces se ha sumado poseer móvil y ordenador con los que poder acceder a los nuevos servicios. Todo se hace inteligente, menos ganar el dinero. Muy a nuestro pesar, cada vez es mas difícil recuperarlo, con miles de oficinas y cajeros bancarios que desaparecen, sin previo aviso de concienciación y alternativas.

 Albert Einstein tenía muy buena intención cuando llegó a la conclusión de que la imaginación es más importante que el conocimiento, ya que el conocimiento es limitado y la imaginación inmensa. Supongo que ya imaginaba lo que llegaría con el tiempo, como que alguien decida por nosotros lo que tenemos que comprar. Es lo que en el lenguaje habitual  conocemos como seguir las modas. El teléfono móvil lleva tanto tiempo cambiando de tamaño, que ya nadie se atreve a vaticinar si el año que viene su forma será cuadrada o redonda. El marketing se lo monta bien, y los demás nos convertimos en rebaño hasta llegar a configurar en nuestra cabeza que si no tienes el smartphone de última generación, no eres nadie. Lo mismo pasa con hacerse digital. Hoy  estamos en la era digital, y todo lo que supone acceso superveloz, aunque marcando con los dedos, a datos, información y servicios. Apruebo ir hacia la luz digital, entre otras cosas porque vía móvil ya accedes a Internet, lees las noticias, ves televisión, pagas la comida en un restaurante o le das la paga a tu hijo mediante el movimiento de cuentas bancarias. Pero mucho me temo que dinero sigue siendo dinero. En Inglaterra ya piensan en eliminar el papel en billetes y el metal en monedas, para crear una forma de pago que se adapte mejor a todo esto de hacerse cada día más digital.

En la situación de ahora mismo resulta que va más rápido pronunciar la palabra digital que hacerla equitativa. Un ejemplo son los bancos. Cada vez cierran más oficinas, cuentan con menos personal y lo mismo pasa con sus cajeros. Todo va a menos, incluido el aumento vertiginoso de impedimentos para los clientes a la hora de hacer trámites, ser atendidos como Dios manda, y poder rescatar un dinero que, a fin de cuentas, nos pertenece. En la crisis económica se aportó a bancos y cajas algo así como 50.000 millones de euros de dinero público para poner sus cuentas al día, tras lo que ha venido un adelgazamiento en todas sus estructuras que provoca un deficiente servicio a clientes y usuarios. A los problemas habituales que tenemos los ciudadanos, sumamos de repente encontrar una sucursal donde nos atienda un ser humano en vez de una máquina, y la suerte de localizar en el callejero urbano la ubicación exacta de algún cajero automático, aunque nadie te asegura que desaparezcan de un día para otro.

  “A los problemas habituales sumamos encontrar una sucursal donde nos atienda un ser humano, y la suerte de localizar un cajero automático”

En las zonas rurales el asunto se ha convertido en todo un problema. Hay  muchos pueblos en los que si quieres sacar dinero de tu cuenta has de emprender un viaje a localidades situadas a muchos kilómetros de donde vives. Aquí es donde llega la duda de si lo digital te hace evolucionar o retrasar, según sea el caso. Por si acaso, tienes que llevar dinero en el bolsillo para todo, como hacían nuestros abuelos y padres. Empezar la casa por el tejado, como ha hecho en muchos casos la banca, les genera beneficios a ellos, pero no al resto de la sociedad. Una ciudad de 200.000 habitantes no puede tener tan solo una veintena de cajeros, ubicados además en las zonas más dispares y desconocidas para los usuarios. Coger un número para hacer una cola siempre ha formado parte de nuestro sistema para comprar y vender. Lo extraño es que la poderosa banca se sume también a este sistema, que rápidamente encuentra explicación en que cada vez somos más ciudadanos y cada vez menos los servicios y trabajadores bancarios. A nadie se ha preguntado – especialmente a las personas mayores a quienes les gusta cobrar su pensión en mano-, si les parece adecuado cambio tan drástico llevado a cabo de la noche a la mañana. Hace poco le pregunté a un profesional bancario si no tenían problemas las personas mayores con tanta automatización. Como muy seguro, me contestó que no, que a más edad, más y mejor comprensión de oficinas tan inteligentes y de mobiliario tan escaso que no merece siquiera el calificativo de minimalista. Particularmente, no creo que sea así.

En este país, al final, se consiguen las mejores gestas, pero la improvisación y desinformación forma parte de nuestra manera de funcionar, especialmente hablando de Administraciones, banca y determinados servicios que se ofrecen a la ciudadanía. Es algo así como lo tomas o lo dejas. Y esto no es. En nuestras programaciones de vida contemplamos acudir al médico, la cita para la declaración de la renta o hablar con el profesor de inglés de nuestros hijos para ver si la lengua de shakespeare les entra de una vez por todas. Con lo que no contábamos era con la cita bancaria o salir pronto de casa para encontrar un cajero que no esté fuera de servicio, y poder llegar a tiempo al  trabajo. A esto se le quiere llamar digital, cuando no es más que ir para atrás. Todo cliente debería tener máxima facilidad para ingresar o sacar su dinero. Así es de manera informática, porque no se pude negar que aquello que haces con tu móvil, tablet u ordenador funciona a las mil maravillas. El problema viene con la brecha digital, que es lo que tienen o no tienen tecnologías en su casa o en su trabajo. El asunto es la alfabetización digital, que es que nos enseñen. El caso es lo caro que resulta en España todo lo relacionado con la informática y la electrónica. Lo dicho, la casa empezada por el tejado, aunque un hecho resume nuestro concepto digital: quinceañeros que piensan  que para ser alguien dentro del grupo, hay que tener un móvil de  1000 euros. Se empieza por aquí, sin saber cómo se acabará.

  “Un hecho resume el concepto digital, quinceañeros que piensan que para ser alguien hay que tener un móvil de 1000 euros”

 

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