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Hartos del culto al yo

egocentrismo-pixabay

La Unión Europea, por citar un ejemplo echado a perder, fue el mejor invento contra el individualismo y personalismo de regímenes y dictadores que nos llevaron al desastre. Las formas actuales de gobernar y gestionar hibernan los problemas y trasladan a un segundo plano lo que realmente desea el ciudadano respecto a su futuro. Prevalece más el  culto al yo, del que estamos hartos, porque provoca no pocas fricciones entre naciones y dentro de las propias naciones, como España.

Los millones de selfies que gentes de todo el mundo se hacen cada día es la demostración más clara de que el culto al yo ha resurgido como la tarjeta de presentación habitual en estos tiempos. Tan mal como se nos da en este país el estudio del idioma inglés, entender un poquito la filosofía o disfrutar de la historia de la literatura leyéndola, quién le iba a decir a los que idearon el Romanticismo que ahondar en el yo como una forma de comprender mejor nuestro interior iba a derivar en semejante egocentrismo a lo largo de la posterior historia. De esta manera nacen desde salvadores de la patria hasta hombres y mujeres que a diario pasan olímpicamente de la máxima de Salomón sobre que sea otro quien te alabe, y no tu propia boca. Y es que España está llena de personajes encantados de haberse conocido. Pasa en la política; sucede con los tertulianos de la tele y la radio; y llega a ocurrir lo mismo a poco que le das alas a alguien que entrevistas para un medio de comunicación. Siempre hay excepciones, como cuando Borges imaginó en vida no estar seguro de que él existiera: “Soy todos los autores que he leído, toda la gente que he conocido, todas las mujeres que he amado, todas las ciudades que he visitado, todos mis antepasados…” ¡Que bien estuvo aquí el genial argentino!

Si viviera esta época de tanta mediocridad, es posible que Jorge Luis Borges dedicara más tiempo a dar estacazos en los periódicos que a escribir poemas. Como futuro que es, hacia dónde nos llevan quienes dirigen el timón es una incógnita en la que da vértigo pensar. No nos queda otra que tener esperanza. Cada siglo es diferente y no se gana nada con explicar por qué este nos lo ameniza y amenaza Donald Trump y su Administración, o qué males hicimos para que nuestros abuelos y padres sufrieran en el XX a dictadores y genocidas que tanta secuela histórica y personal han dejado para siempre. Lo mismo cabe decir sobre el origen de tanto personalismo e individualismo como hay, del que puede que estén contentos sus protagonistas, pero no así los ciudadanos en espera un futuro, un empleo estable y decentemente pagado, y, por supuesto, quedarse a vivir en la tierra en que se nace sin necesidad de emigrar por falta de oportunidades.

¿Qué propicia estar mal y, en cambio, asegurar que todo va bien? La eterna propaganda y un creciente inmovilismo social, que alarma más en la medida en que se es joven y a esta edad lo que toca es comerse el mundo. Una juventud solo tecnologizada, que no sabe ni le importa quién fue Borges, es una masa aborregada que lo mismo le da decir sí o que no, aunque pasar palabra sea ahora lo más habitual. Por eso los listillos cogen ventaja entre tanto pasotismo; esto, y que hemos comprado de todo a nuestros hijos, que sin esfuerzo no valoran los problemas reales y renuncian también a ser protagonistas de una regeneración de las muchas y feas costumbres inherentes a nuestro sistema de convivencia política, social y económica. Pongamos un ejemplo real: los refugiados. Si no hay lideres que defiendan la justicia que supone ayudarnos los unos a los otros, ¿cómo demonios vamos a pedir conciencia y solidaridad ciudadana hacia quienes lo han perdido todo?

 “Estar mal y asegurar que todo va bien lo propicia la eterna propaganda y un creciente inmovilismo social”

Hay una falta de valores tremenda y lo que más sobra es el “yo esto” y el “yo lo otro”, que desemboca a partes iguales en narcisismo y egocentrismo. La surrealista realidad que vivimos a diario por la televisión pone el resto, que no es poco. Ya no vale con decir que hay que buscar distracción y chorradas, ¡que bastantes problemas tenemos ya con llegar a fin de mes y superar cada obstáculo que pueda aparecer en la vida! La respuesta siempre llega tarde cuando las soluciones se aplazan una y otra vez. Es ni más ni menos que lo que pasa hoy en Europa. Predomina el inútil culto al yo de los líderes de las naciones, pero no hay ideas para evitar más crisis económicas, para crear empleos dignos y duraderos, para solucionar viejos conflictos territoriales y nacionalismos trasnochados. Abunda el egoísmo, impera el odio político y el pacto y el dialogo parecen haber muerto. Se está a la cuchillada verbal, a la descalificación por la descalificación y a la mentira si es precisa al servicio de intereses concretos. A fin de cuentas, el culto al yo lo protagonizan mejor todos aquellos que están encantados de haberse conocido, y les va bien, aunque los resultados de su gestión no se vean por ningún lado.

“Hay una falta de valores tremenda y lo que más sobra es el yo esto y el yo lo otro”

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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De cabestros y sexismo

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Ha estado muy bien el gran altavoz que han supuesto los Sanfermines de 2017 contra el sexismo. Hay que mantener por eso esta llama todo el año, con la misma implicación de la sociedad civil, estamentos oficiales y medios de comunicación. Porque el problema crece, más entre la juventud, y es difícil hablar de igualdad cuando no hay semana en que no se produzca la muerte de otra mujer a manos de los cabestros que generan tanta violencia de género.

 El talento consiste en cómo uno vive la vida. Lo dijo Ernest Hemingway, quien escribiera “Por quién doblan las campanas”, un libro que tendrían que leer todos nuestros bachilleres para tener claro como la intolerancia puede desembocar en una guerra civil como la española, imborrable para  generaciones y generaciones. Hemingway es más venerado en cambio como el Premio Nobel de Literatura que puso a Pamplona y los Sanfermines en el mapa mundial de la fama y con ello la atracción masiva cada año de más visitantes, incluidos los cabestros de dos pies, de los que puede albergar la capital navarra. El gran escritor norteamericano llegó por vez primera a los encierros de San Fermín en 1923. En 2016, cinco jóvenes conocidos como “La Manada”, sin talento alguno para vivir la vida, llegaron para violar a una chica de 18 años, y provocar una indignación nacional, que ya no ha parado hasta hacer de los Sanfermines de  este año un encuentro festivo libre de agresiones sexistas.

Las televisiones daban cuenta cada día de los mozos corriendo delante de los toros, los heridos llevados al hospital, y al tiempo se hacían eco de que no se había producido agresión sexual alguna o cualquier tipo de incidente que supusiera vejación para una mujer. Habían tenido que pasar demasiados años y  demasiadas agresiones, en toda España, para ver finalmente a una sociedad concienciada de que la igualdad empieza por este elemental respeto. Los Sanfermines acaban con “El Pobre de mí”, pero no ocurre lo mismo con el gran mensaje lanzado por la consecución de una sociedad que no permita discriminación o agresión alguna hacia las mujeres. Supone también una primera piedra para alcanzar algún día el rechazo total hacia la violencia de género, y poder contar que la lista anual de mujeres asesinadas ha descendido drásticamente. La suma de una fiesta tan internacional y  visualizar millones de personas tan claro mensaje antimachista, ha sido suficiente argumento para acorralar a estos otros cabestros.

  “Los Sanfermines han lanzado un gran mensaje de no permitir agresión alguna hacia las mujeres”

La movilización social no puede ir por delante de una mayor legislación que ahonde en la igualdad y contra el sexismo. Estamos pendientes de un gran pacto nacional contra la violencia de género, que sustituya a las declaraciones individualizadas cada vez que se produce un nuevo asesinato a manos de un machista. Tales manifestaciones públicas están bien, pero no alcanzan suficiente eco. Las mujeres que sufren violencia deben sentirse totalmente protegidas por un sistema de tolerancia cero hacia estos casos. Quedan lagunas en nuestras leyes que se ponen de manifiesto en las denuncias que se interponen por un miedo o temor real, y que no impide que finalmente las amenazas de muerte se cumplan. Es difícil saber lo que hemos avanzado en igualdad, cuando la violencia es constante y no hay semana o mes que los sucesos no hablen de otra mujer maltratada, herida gravemente o acuchillada hasta su muerte. Es de agradecer también la mayor implicación de los medios de comunicación en todo lo concerniente a la violencia sexista, pero creo sinceramente que pueden hacer aún mucho más en dedicar  tiempo y espacio para extirpar este problema que incumbe a todos.

Lo acabamos de ver con los Sanfermines y las abundantes informaciones sobre la buena marcha de la fiesta sin nuevas violaciones. Pues lo mismo cabe hacer el resto del año hasta llegar a saturar si es preciso, porque la causa bien lo vale. Empecemos por aquí y el rechazo será cada día mayor, implicando especialmente a una juventud que no deja de preocuparnos por el incremento entre sus filas del machismo, la tolerancia de las jóvenes y, por lo tanto, de las agresiones. Tenemos que centrarnos en el mensaje, los receptores, y las más altas penas carcelarias que parten precisamente del repudio total hacia el sexismo. Lograrlo no es tarea fácil, ya lo vemos de continuo, pero está claro que no debe disminuir un ápice la tensión de ir contra de los violentos y sus actos. Hagamos por ello que el clamor vivido en los Sanfermines del 2017 no tengan nunca como final “El Pobre de mi” sufrido por una mujer.

 “Es difícil saber lo que hemos avanzado en igualdad, cuando no hay semana en que otra mujer ha sido acuchillada”

 

 

 

 

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El iceberg “partío”

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¡Qué más da un iceberg más que un iceberg menos en la Antártida! A fin de cuentas, nuestra larga lista de barbaridades va desde Chernóbil a Fukushima, y nos trae al pairo hasta el mismísimo término Apocalipsis o que ha llegado el fin del mundo. El cambio climático va en serio, pero no ocurre lo mismo con el Pacto sobre el Clima, un nuevo camelo destinado solo a ganar tiempo, hasta que sea demasiado tarde.

Coincidiendo con los 20 años de “Corazón partío”, la famosa canción de Alejandro Sanz, la misma suerte acaba de correr un gigantesco iceberg de la Antártida, partido por la mitad. La noticia se ha contado en España comparando la extensión rota de aquel territorio gélido como similar a la de  Cantabria. Se trata de una reflexión de mal gusto, si catástrofe natural tan grave se queda en la anécdota de comparar esta inmensa masa de hielo con la “Tierra Infinita” cantábrica, que ahora está en pleno Año Jubilar. Las alarmas sobre el avance a peor del cambio climático se han disparado lo justo, porque se hecha en falta una declaración científica formal, de tal calado que no se pueda cuestionar por un minuto más el deterioro que sufre el planeta que nos da comida, cama y porvenir. Que ciencia e investigación estén tan subvencionadas por gobiernos y multinacionales tiene sus inconvenientes, porque antes de cumbres y pactos del clima en manos políticas debería existir ese manifiesto científico que sea el que realmente nos obligue a cambiar el ADN destructivo que tenemos los seres humanos hacia todo lo que miramos, tocamos y poseemos.

Es tan escaso el interés que nos suscita lo poco que queda limpio en el mundo, que el iceberg partido se denomina A68, como si fuera una simple autovía. La conciencia ecológica y medioambiental tiene en la actualidad más de marketing interesado que de realidad conseguida. Desmotiva que el avance generacional esté más interesado en lo tecnológico a la vez que  contaminante, que en reconducir el pésimo estado de los mares, ahogados en toneladas de plástico que mata a las especies marinas que no subsisten ante semejante trampa mortal. Tenemos asumido como si nada que la humanidad se ha cargado ya la mitad de los árboles, la mitad de las especies o la mitad de los ríos. Es como si no hubiera hecatombe que nos asuste, al pensar que el planeta es indestructible, de ahí que primero sea siempre el avance industrial  (y con él la polución), bajo el chantaje de ser la única manera de alcanzar el suficiente nivel de empleo. La letra pequeña del tratado para el cambio climático es en sí misma autodestructiva. Se trata de que los países más ricos e industrializados paguen a los pequeños e incipientes, para que no acometan los mismos errores medioambientales que nos han llevado a esta situación de un planeta gravemente enfermo.

 “Tenemos asumido que la humanidad se ha cargado la mitad de los árboles, las especies y los ríos”

Hay gobernantes como Donald Trump que niegan la evidencia, y si pueden mentir sin sonrojarse sobre el cambio climático, es porque la ciudadanía mundial no demanda suficientemente la verdad sobre la salud de la Tierra. Porque si el cambio climático es un cambio en la distribución estadística de los patrones meteorológicos durante un periodo prolongado de tiempo, ¿ya pasa, verdad?. O los fenómenos meteorológicos extremos, ¿ocurren también, no?. Y si de manera drástica provoca las perforaciones de núcleos removidos de profundas acumulaciones de hielo, ¡ahí está el A68 como mejor demostración! Entonces, ¿por qué se cuestiona el cambio climático? Pues por lo de siempre, por intereses nacionales que se ponen de manifiesto en los  patrimonios de grandes corporaciones y personajes con nombre y apellidos de magnate. Con su poder, frenan las decisiones que hay que tomar. Esto es, ni más ni menos, lo que hace Trump, un multimillonario industrial que ha llegado a la Casa Blanca, y que nos quiere hacer creer que la Tierra lo aguanta todo, cuando se aprecia claramente, incluido el iceberg A68,  que no es así.

No nos engañemos: no va a cambiar nada hasta que no suceda algo realmente terrible y horroroso. La raza humana, y ha quedado demostrado suficientemente a lo largo de la historia, no escarmienta jamás. No lo hacemos con las guerras, ni tampoco con la energía nuclear que ha provocado las hecatombes de Chernóbil y Fukushima. Sobre este último lugar, nunca se sabrá la verdad, y cabe recordar que en las primera horas del tsunami que se llevó por delante la central nuclear japonesa, se habló de un Apocalipsis total. Si de estas dos tragedias no se han sacado consecuencias ni tomado decisiones, la esperanza de éxito de las cumbres climáticas políticas es cero, bajo la excusa falsa de que está todo controlado y no se ha “partío” nada más.

 “El cambio climático se cuestiona por intereses de grandes corporaciones y magnates”

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Poco o nada de países grandes

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No es porque el concepto sea del mismísimo Aristóteles, pero es verdad que los actos de justicia, los actos de templanza y los actos de valentía, son los que proporcionan de verdad la excelencia moral. En esto se acaba de reunir nuevamente el llamado G20 de los países ricos, que lo controlan todo en el mundo. Que manden tanto no es sinónimo de la grandeza que predican, porque sigue igual de mal lo de Siria, lo del cambio climático y  lo de África y sus eternas penurias. 

 Wall Street es quien decide si un país es grande, mediano, pequeño o nada, como Burundi. En qué consiste la grandeza siempre ha estado en el debate filosófico de la vida misma, pero no las tengo todas conmigo que hayamos resuelto aún este galimatías de cómo alcanzar la excelencia al mismo tiempo que discurren nuestros días sobre la tierra. No cabe discusión sobre que Einstein solo hay uno, pero generación tras generación vive al margen de algo que dejó dicho para uso de todos: “Las  posesiones, el éxito externo, la publicidad, el lujo, han sido siempre para mi despreciables. Creo que una manera de vivir simple y sin pretensiones es mejor para todo el mundo, mejor para la mente y el cuerpo”. Lo que es realmente importante tiene muchas respuestas, según a quien le hagas la pregunta. Y es que también lleva razón Mark Zucherberg, dueño de Fabebook, cuando asevera que “la pregunta no es ¿qué queremos saber de la gente?, sino ¿qué quieren saber las personas de ellas mismas?”.

Como el rumbo de los países está dirigido por personas instaladas dentro de gobiernos, multinacionales y todo tipo de grupos sociales, con las naciones ocurre un tanto de lo que hablamos, porque su presente y futuro está en manos del destino que nos demos los seres humanos. El grupo de los países más industrializados y emergentes se han otorgado la denominación de G20. Se citan con regularidad sus jefes de Estado o gobierno, los gobernadores de sus bancos centrales y ministros de finanzas. Su orden del día es casi siempre el mismo: dar órdenes al resto del mundo. Para ser tan tajante me baso en el resumen de las crónicas que cuentan lo último hablado y decidido por el G20 en la ciudad alemana de Hamburgo, y que vienen a escribir que los países que conforman este selecto grupo (no lo es en realidad) son los llamados a decidir el rumbo del planeta.

 “El G20 se reúne regularmente y su orden del día es siempre el mismo, dar ordenes al resto del mundo”

Mientras se sacan las fotos protocolarias y mediáticas de rigor, antes de sentarse a la mesa para hablar de verdad de todos los problemas acumulados, como el cambio climático, salta la noticia de que uno de los mayores icebergs de la Antártida, tan grande como diez veces la ciudad de Madrid, está a punto de romperse del todo. Donald Trump, como presidente de Estados Unidos, es uno de los anfitriones del G20. Niega el cambio climático; niega gastar fondos para esta causa, y niega las aportaciones de los ricos al desarrollo de los pobres. Su política es la imposición y espera la obediencia sumisa del resto, como su vecino México, al que quiere levantar un muro de separación y que lo paguen como castigo los mexicanos. Como lo habíamos asumido en el siglo XX, ¿son hoy, ahora, Estados Unidos, Inglaterra, Rusia o la misma Unión Europea las grandes potencias de referencia? Opino que este traje ya les queda grande porque alejarse de la política de apoyo mutuo entre los pueblos es tanto como negar la máxima de Voltaire de que el que tiene miedo a la pobreza, no es digno de ser rico. Pues esto mismo les pasa a estos países y sus cerrazones con las guerras, la búsqueda de un rearme sin límites, además de provocar la ruptura de los viejos pero leales lazos que estrechan los continentes del mundo mediante una sociedad de naciones unidas.

Los nuevos líderes, no todos, ya no creen en estos conceptos, y se pone de manifiesto en cada nuevo encuentro que tienen para resolver problemas, una y otra vez aplazados, como es el caso del cambio climático o sacar a África de la encrucijada de pobreza y necesidad en que vive permanentemente. Tampoco hay solución para los refugiados, y una vez más caemos en la tentación de hablar durante un mes de Siria, de pateras y alambradas que se levantan a lo largo y ancho de Europa, de los niños que mueren ahogados a la orilla de una playa, para luego meter todo esto en un saco que abandonar en el más cruel de los olvidos. Huelga decir que desde los medios de comunicación hacemos el juego a los G5, los G10 o los G20. Porque la grandeza auténtica está en la consecución de los valores que podemos resumir en la honestidad, la búsqueda de la paz permanente, la tolerancia entre las culturas, y, la más importante si cabe, la generosidad que aparece y desaparece según vengan los tiempos y sean los gobernantes. Poco o nada de países grandes tienen los que adolecen de esta forma de entender las relaciones internacionales, dejando fuera del orden del día del G20 la consecución de la justicia global mediante la necesaria y desinteresada cooperación al desarrollo de los más pobres.

 “Tampoco hay solución para los refugiados, Siria y alambradas que se levantan a lo largo y ancho de Europa”

 

 

 

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Las buenas enseñanzas

Para la web

No habría que anteponer ninguna enseñanza a otra, por ejemplo, saber más de ordenadores que conocer quiénes son nuestros grandes pensadores, vivos o muertos. Contraría que para resolver problemas y desencuentros  actuales sigamos sin formar a las nuevas generaciones en leer (para aprender), en conversar (para saber dialogar el día de mañana), y en opinar en voz alta (como manera de que surjan los líderes democráticos del futuro).

Hoy se puede cursar el Bachillerato, saber todo lo que puedes hacer con el móvil, moverse en las redes sociales como pez en el agua, y en cambio ser analfabeto. Es así porque ya no se leen libros ni periódicos, porque la educación no refuerza tanto a los filósofos como Sócrates, Platón o Aristóteles, frente a Internet, Google o Instagram. Y digo más: ni padres, ni escuelas, ni universidades, les preparamos para entender la sociedad convulsa que hay ahora y, bueno o malo, lo que ha de venir. Huir del arte, de la música y de todo la belleza ecológica que nos rodea es sencillamente una gran insensatez. En 1995 nos dejó Gilles Deleuze, que escribió “¿qué es la filosofía? Publicó frases como éstas: “Un filósofo no es solamente alguien que inventa nociones, también inventa maneras de percibir”; “El arte es lo que resiste: resiste a la muerte, a la servidumbre, a la infamia, a la vergüenza”. También: “Se escribe siempre para dar vida, para liberar la vida allí donde esté presa, para trazar líneas de fuga”.

He escogido a posta estas tres ideas de Deleuze porque la buena enseñanza debería basarse ante todo en conocer a nuestros grandes pensadores (¡como si fuera fácil pensar hoy!). Tendría que mostrar el arte a todas horas, porque es la mejor resistencia contra la mediocridad dominante, el inmovilismo, la pesadez y unos medios de comunicación que nos cuentan a diario todas estas cuestiones, sin alma ni corazón. Queda escribir para poder siempre compartir las cuestiones interesantes, y aprender de paso un poco más sobre todo aquello que nos crea inquietud y que está efectivamente en los libros. Realmente, ¿qué tipo de formación estamos dando a nuestros hijos? Quieren ser periodistas, ingenieros o relaciones públicas, pero sin verse obligados a leer un solo libro.

 “La educación no refuerza a Sócrates, Platón o Aristóteles frente a Internet, Google o Instagram”

Nos llevamos las manos a la cabeza porque en nuestras aulas se produce desafección hacia los grandes problemas humanos, como las guerras y los refugiados, aumenta el acoso escolar, y se va para atrás en temas tan vitales como la tolerancia, el sexismo y la violencia de género. En vez de desear ser, los jóvenes anhelan tener, sin mayores complicaciones. No hay que echarles tanto la culpa a ellos como a una educación tan vacilante que permite cursar los correspondientes ciclos y no haber leído El Quijote de Cervantes. El momento de reforzar el cosquilleo por aprender hay que generarlo en la infancia. Es habitual escuchar entre los mayores su arrepentimiento por haber abandonado tempranamente los estudios. Hay que dividir los fallos, porque veo que todo ayuda un poco: el estudiante y sus perezas, los centros y sus desmotivaciones internas y hablar de política educativa, cuando la política no tendría que ser decisiva a la hora de enseñar lo que realmente hay que enseñar. Saber hablar, escribir y exponer públicamente las ideas con total soltura, son retos que nuestra forma de enseñar sigue sin cubrir.  Así, llegas a los 20 años, y no sabes escribir una carta, ni tampoco un e-mail. La conversación, que es lo más maravilloso que existe, abunda por su ausencia, porque todo es wasapear. Y cuando se aprecia de verdad lo que has aprendido, es cuando hablas en voz alta para exponer una idea, un proyecto, una queja o una sensación, que diría el filósofo Gilles Deleuze.

El poder es muchas veces la fosa profunda donde se entierra el saber, el conocimiento y la creación. Como botón de muestra tenemos a Donald Trump, al que llaman líder más poderoso del Planeta. Gestiona toda la responsabilidad que tiene en sus manos como si fuera un reality show de televisión. En fin: Son malos tiempos para la lírica, que es tanto como decir que falta verdad, compromiso y liderazgo social. La educación, la enseñanza, la filosofía, los pensadores, el arte y los artistas de cualquier condición siempre van a ser el mejor escape. En muchas de las noticias que nos agotan de habitual falta un poco de todo esto. Triunfan los realitys como forma de cautivar a la audiencia, que por supuesto está en su derecho de elegir su propia diversión. Aunque es opinión igualmente mayoritaria creer que muchos de los problemas habituales conocidos están directamente relacionados con la falta de educación, bien por no saber quién fue Platón, bien porque vas por la vida sin dar los buenos días.

  “Saber hablar, escribir y exponer públicamente, son retos que nuestra forma de enseñar sigue sin cubrir”

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