30 SEGUNDOS PARA MORIR

Publicado el 4 de noviembre de 2009 en el Diario Montañés

En una carta fechada en 1903, el joven poeta Rilke comentaba al destinatario de su correo que los hombres (y las mujeres añado yo) hemos hecho del comer algo diferenciador: la necesidad por un lado; la sobra por otro lado, haciendo turbias las  profundas necesidades simples con que se renueva la vida. Es una obviedad que cuando Rainer María Rilke escribió tan gran verdad no conocía ninguno de los Datos básicos: las caras de la pobreza” que cuelga en su web el Proyecto del Milenio, auspiciado por el Grupo de la ONU para el Desarrollo. Vale la pena leerlo de cabo a rabo, aunque la comprensión de todo artículo empieza por simplificar y así lo voy a contar. Primer dato: más de 800 millones de personas pasan hambre en el mundo y 300 millones son niños. Segundo dato: 11 millones de niños mueren cada año, la mayoría menores de 5 años; y más de 6 millones mueren a causa de enfermedades totalmente prevenibles como el paludismo, la diarrea y la neumonía. Tercer dato, demoledor: cada 30 segundos un niño africano muere a causa del paludismo, lo que se traduce en más de un millón de muertes infantiles por año. Cada cumbre de los países ricos para tratar el hambre y sufrimientos de los países pobres se convierte en un nuevo bochorno que ya no parece sonrojar a nadie, tan acostumbrados y quietos como estamos ante el incumplimiento sistemático de muchas de las conclusiones acordadas, referidas en su mayor parte a este déficit del mundo consigo mismo.

Los líderes agrupados en el llamado G-20 (países industrializados y emergentes), mejor que las negras estadísticas, debieran de cambiar el caduco método de la cumbre que para poco sirve, por ese otro sistema de presentar en sus webs informativas  lo que son sus pensamientos y, quien sabe si sus soluciones, para combatir de verdad la pobreza, la mala distribución de alimentos de emergencia, de vacunas y medicinas que salven vidas, de agua (idem), con atención especial a los graves problemas de la infancia, la mujer, y llevar la educación allá donde sea necesaria. Cansa hasta el agotamiento emocional oír cómo las nuevas promesas se repiten, cuando las hechas anteriormente no se han cumplido. Tenemos que concienciar más y mejor a las nuevas generaciones, ya que nosotros no hemos sido capaces de pasar de la lamentación o de la crítica tenue acerca de lo mal que se portan los países ricos frente a los pobres. No me refiero tanto a cambiar el mundo como a cuidarlo más entre todos. Creo que sí; que los jóvenes preparados y solidarios tienen más conciencia de lo que sucede realmente a su alrededor, y tienen motivos para comparar y aportar más de si mismos. A saber: en todo el mundo, 114 millones de niños no reciben  enseñanza básica y 584 millones de mujeres son analfabetas.

Si la crisis económica está golpeando tan fuerte a los ciudadanos que antes podían considerarse privilegiados, no queramos pensar lo que pueda estar sucediendo realmente en el mapa del mundo devastado por la pobreza. La última cumbre G-20 no aportó nada nuevo sobre más ayuda a los países en desarrollo y, sobre todo, mejor canalizada. Es un clamor la desconfianza que generan muchos de los países que reciben ayuda en forma de dinero o alimentos, más por el comportamiento de sus gobiernos y a qué o a quiénes destinan realmente esas ayudas, que por cómo se puedan comportar los olvidados que cada 30 segundos, por hambre, dan el paso de la vida a la muerte. El hambre ha sido la gran esclavitud del siglo XX y lo mismo sucede al menos en los principios de este nuevo milenio. Hablar de retos y descubrimientos o del acceso de todos a una nueva sociedad del conocimiento, me parece sencillamente un insulto que el ser humano se autoinfringe para no mirar de cara al cáncer que es la pobreza, el hambre, la sed o la vacuna que puede salvar a ese niño de cinco años que muere todos los días en algún punto de tan hermoso universo a la vez que desigual. “Pero todo lo que quizás sea posible algún día para muchos, el solitario ya puede prepararlo y construirlo con sus manos, que yerran menos”. En otra carta lo comentaba el joven poeta Rilke, quién sabe si pensando en las miserias del ser humano. Al comienzo de su mandato, Barak Obama pronunció unas palabras que me cautivaron. Dijo algo así como que cada uno de los males del mundo y que he citado en este artículo, están más cerca de cada uno de nosotros de lo que pensamos, incluso en nuestro propio barrio. Entre Rilke y Obama, confió mucho más en el compromiso ciudadano contra el hambre, que en lo que se pueda decir sobre la pobreza y la miseria dentro de los grandes discursos que se lleva el viento.

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